En cuanto te marchaste del taller volví a mi casa, abrí libros que llevaba años sin mirar, saqué mis cuadernos archivados y repasé mis apuntes. Sabes lo maníaco que soy, lo ordenado y clasificado que está todo en mi despacho, donde hemos pasado momentos tan hermosos. Encontré en un cuaderno unas notas de un hombre cuyas investigaciones podrían serte útiles. Dedicó su vida a estudiar las grandes migraciones de los pueblos y escribió numerosos textos sobre los asiánicos, aunque publicó muy pocos, contentándose con dar conferencias en salas oscuras y poco conocidas, a una de las cuales yo asistí hace mucho tiempo. Él también tenía ideas innovado ras sobre los viajes emprendidos por las primeras civilizaciones de la cuenca mediterránea. Tenía muchos detractores, pero en nuestra profesión, ¿quién no los tiene? Hay tanta envidia entre nuestros colegas… Este hombre del que te hablo es un gran erudito, le tengo un respeto infinito. Ve a verlo, Keira. Me he enterado de que se ha retirado en Yell, una pequeña isla del archipiélago de las Shetland, en el extremo norte de Escocia. Según parece, vive recluido allí y se niega a hablar de sus investigaciones con nadie, es un hombre herido, pero quizá, con tu encanto, logres sacarlo de su ostracismo y acceda a hablarte de todo ello.
Ese famoso descubrimiento al que aspiras desde siempre, el que sueñas con bautizar con tu nombre, quizá esté por fin a tu alcance. Confío en ti, lograrás lo que te propongas.
Buena suerte.
Max.
Keira volvió a doblar la carta y la guardó en el sobre. Se levantó, dejó su plato y su taza de desayuno en el fregadero y abrió el grifo.
– ¿Quieres que te haga un café? -preguntó, de espaldas a mí.
Yo no contesté.
– Lo siento, Adrian.
– ¿Qué es lo que sientes? ¿Que este hombre siga enamorado de ti?
– No, lo que dice de mí.
– ¿Te reconoces en la mujer que describe?
– No lo sé, ahora quizá ya no, pero su sinceridad me dice que debe de haber un fondo de verdad.
– Lo que te reprocha es que te sea menos difícil herir a quien te quiere que dañar tu imagen.
– ¿Tú también piensas que soy una egoísta?
– Yo no soy el que ha escrito esa carta. Pero seguir con tu vida diciéndote que si tú estás bien, el otro estará bien también, que todo es cuestión de tiempo, quizá sea un poco cobarde. No voy a explicarte a ti, que eres antropóloga, el maravilloso instinto de supervivencia del hombre.
– No te pega nada ponerte en plan cínico.
– Soy inglés, supongo que lo llevo en la sangre. Vamos a cambiar de tema si no te importa. Me voy andando a la agencia de viajes, tengo ganas de tomar un poco el aire. Quieres ir a Yell, ¿verdad?
Keira decidió acompañarme. Nos marchábamos al día siguiente. Haríamos escala en Glasgow antes de aterrizar en Sumburgh, en la isla principal del archipiélago de las Shetland. Después cogeríamos un ferry hasta Yell.
Con los billetes en el bolsillo, fuimos a dar una vuelta por King's Road. Tengo mis costumbres en el barrio, me gusta subir esta gran arteria comercial hasta Sidney Street para después ir a pasear por el Chelsea Farmer's Market. Habíamos quedado allí con Walter. El largo paseo me abrió el apetito.
Después de estudiar escrupulosamente la carta y pedir una hamburguesa de dos pisos, Walter me susurró al oído:
– La Academia me ha dado un talón para ti, el equivalente de seis meses de sueldo.
– ¿Y eso a santo de qué? -le pregunté.
– Ésa es la mala noticia. Dadas tus ausencias reiteradas, tu puesto será sólo honorario a partir de ahora, ya no eres titular.
– ¿Me han echado?
– No exactamente, te he defendido lo mejor que he podido, pero estamos en pleno período de recortes presupuestarios, y el consejo de administración ha recibido la orden de suprimír todo gasto innecesario.
– ¿Debo concluir que, a ojos del consejo, soy un gasto in necesario?
– Adrian, los administradores ni siquiera te han visto la cara, prácticamente ni has puesto los pies en la Academia desde que volviste de Chile; tienes que comprenderlos.
Walter puso una cara más larga todavía.
– ¿Qué más malas noticias hay?
– Debes liberar tu despacho, me han pedido que te mandara tus cosas a casa, alguien lo ocupará la semana que viene.
– ¿Ya han contratado a mi sustituto?
– No, no es eso exactamente, digamos que han atribuido la clase que te correspondía a ti a uno de tus colegas de irreprochable asiduidad; necesita un sitio donde prepararse las clases, corregir los exámenes, recibir a sus alumnos en las tutorías… Tu despacho le parece perfecto.
– ¿Puedo saber quién es ese amable colega que me pone de patitas en la calle en cuanto me descuido un momento?
– No lo conoces, sólo lleva tres años en la Academia.
La última frase de Walter me hizo comprender que la administración me hacía pagar hoy la libertad de la que había abusado en el pasado. Walter lo sentía muchísimo, Keira evitaba cruzarse con mi mirada. Cogí el talón, decidido a cobrarlo ese mismo día. Estaba furioso, pero el único culpable era yo.
– El shamal ha soplado hasta Inglaterra -murmuró Keira.
Esa pequeña alusión agridulce al viento que la había expulsado de sus excavaciones en Etiopía era señal de que la tensión de nuestra discusión de la mañana no se había disipado del todo.
– ¿Qué piensas hacer ahora? -me preguntó Walter.
– Bueno, ya que estoy en paro, vamos a poder viajar.
Keira luchaba con un trozo de carne que se le resistía, creo que habría hecho cualquier cosa, hasta arremeter contra la porcelana de su plato, con tal de no participar en nuestra conversación.
– Hemos tenido noticias de Max -le dije a Walter.
– ¿Max?
– Un viejo amigo de mi novia…
La rodaja de rosbif resbaló bajo la hoja del cuchillo de Keira y recorrió una distancia considerable antes de aterrizar entre las piernas de un camarero.
– No tenía mucha hambre -dijo ella-, he desayunado tarde.
– ¿Es la carta que os entregué ayer? -quiso saber Walter.
Keira se atragantó con un sorbo de cerveza y se puso a toser ruidosamente.
– Nada, nada, vosotros seguid hablando, haced como si yo no estuviera aquí… -dijo, limpiándose la boca.
– Sí, de esa carta se trata.
– ¿Y tiene algo que ver con vuestros proyectos de viaje? ¿Os vais lejos?
– Al norte de Escocia, a las islas Shetland.
– Conozco muy bien esa zona, solía veranear allí cuando era niño, mi padre nos llevaba a toda la familia a Whalsay. Es una tierra árida pero fantástica en verano, nunca hace calor, mi padre odiaba el calor. El invierno allí es crudo, pero a mi padre le encantaba el invierno, aunque nunca fuimos en esa época del año. ¿A qué isla vais a ir?
– A Yell.
– También he ido por allí, en el extremo norte está la casa más embrujada de todo el Reino Unido. Windhouse, unas ruinas que, como su nombre indica, están azotadas por el viento. Pero ¿por qué ahí precisamente?
– Vamos a visitar a un conocido de Max.
– ¿Ah, sí? ¿Y a qué se dedica?
– Está jubilado.
– Ah, claro, comprendo, os vais al norte de Escocia para ver al amigo jubilado de un viejo amigo de Keira. Seguro que tiene que tener un sentido. Os encuentro muy raros a los dos, ¿de verdad que no me ocultáis nada?
– ¿Sabías que Adrian tiene un carácter de mierda, Walter? -preguntó de pronto Keira.
– Sí -contestó él-, ya me había fijado.
– Entonces, si ya lo sabes, no te ocultamos nada más.