– Tendrá que prestarme los cien dólares… Egorov es uno de los pocos arqueólogos rusos, vivos todavía, o al menos así lo espero, que pudo investigar, al amparo de su gobierno, en una época en que todo estaba prohibido. Dirigió durante varios años la Sociedad de Arqueología y sabe mucho más de lo que nunca ha querido reconocer. En tiempos de Kruchev no era bueno destacar demasiado, y mucho menos tener uno sus propias teorías sobre los orígenes de la población de la madre patria. Si alguna excavación reveló rastros del paso de sus mensajeros junto al mar de Kara, en el IV o el V milenio, él tiene que saberlo. No se me ocurre nadie más que él para decirle si está usted bien encaminada o no. Bueno, y ahora que ha anochecido -exclamó Thornsten, volviendo a dar un puñetazo en la mesa-, les voy a prestar algo de abrigo para que no se congelen y vamos a salir. El cielo está claro esta noche; hace mucho tiempo que observo estas malditas estrellas y a algunas me gustaría poder ponerles nombre de una vez.
Cogió dos parkas del perchero y nos las lanzó.
– Pónganse esto. Cuando hayamos terminado, ¡abriré unos tarros de arenques como nunca los han probado!
No se puede faltar a una promesa, mucho menos si estás en un rincón perdido del mundo y la única alma a diez kilómetros a la redonda se encuentra precisamente a tu lado y tiene una escopeta cargada.
– No me miren como si tuviera intención de llenarles el trasero de perdigones. Esta landa es salvaje, nunca se sabe con qué animales se puede cruzar uno de noche. De hecho, no se alejen de mí. ¡Vamos, mire ésa de ahí arriba, esa que tanto brilla, y dígame cómo se llama!
Estuvimos largo rato paseando de noche. De vez en cuando, Thornsten extendía el brazo y me señalaba una estrella, una constelación o una nebulosa. Yo se las nombraba, incluidas algunas que no podemos ver. Parecía feliz, ya no era el mismo hombre que el que nos habíamos encontrado por la tarde.
Los arenques no estaban tan malos, la pulpa de las patatas que asó en las brasas aplacó el ardor de la sal. Durante la cena, Thornsten no apartó los ojos de Keira; debía de hacer mucho tiempo que no entraba en su casa una mujer tan guapa, si es que alguna vez había recibido a alguna en ese lugar tan lejos de todo. Un poco más tarde, delante de la chimenea, mientras saboreábamos un licor que nos despellejó el paladar y la garganta, Thornsten volvió a inclinarse sobre el mapa que había extendido en la alfombra y le indicó a Keira con un gesto que se sentara a su lado en el suelo.
– ¡Dígame lo que está buscando de verdad!
Keira no le contestó. Thornsten le tomó las manos y observó sus palmas.
– La tierra no les ha hecho ningún regalo.
Él volvió las suyas para mostrarle las palmas.
– Éstas también excavaron hace mucho tiempo.
– ¿En qué parte del mundo excavó usted? -le preguntó Keira.
– Tanto da, de verdad fue hace mucho tiempo.
Ya tarde, nos llevó hasta su granero y nos indicó que montáramos en su camioneta. Nos dejó a doscientos metros de la granja en la que nos alojábamos. Llegamos a nuestra habitación sin hacer ruido, a la luz de un mechero que nos había vendido por cien dólares… ni uno más. Un viejo Zippo que valía al menos el doble, nos juró, antes de desearnos buen viaje.
Acababa de apagar la vela y trataba de entrar en calor entre las sábanas heladas y húmedas cuando Keira se volvió hacia mí para hacerme una extraña pregunta.
– ¿Recuerdas haberme oído mencionarle el pueblo de los pelasgos?
– No sé, quizá… ¿por qué?
– Porque antes de pedirnos que fuéramos a saldar sus deudas con su viejo amigo ruso, me ha dicho: «Olvídese de los pelasgos, va desencaminada.» Por más que repaso toda la conversación, estoy casi segura de no haberlos mencionado.
– Lo habrás hecho sin darte cuenta. Habéis hablado mucho rato.
– ¿Te has aburrido?
– No, en absoluto; es un tipo curioso, apasionante incluso. Lo que me hubiera gustado saber es por qué un holandés ha ido a exilarse a una isla tan apartada del norte de Escocia.
– A mí también. Tendríamos que habérselo preguntado.
– No creo que nos hubiera contestado.
Keira sintió un escalofrío y se acurrucó contra mí. Yo le daba vueltas a su pregunta. Por más que repasaba mentalmente su conversación con Thornsten, en efecto no veía en qué momento le había hablado Keira de los pelasgos. Pero eso ya no parecía inquietarla, su respiración se había hecho regular y dormía plácidamente.
París
Ivory paseaba a la orilla del río. Vio un banco junto a un gran sauce y fue a sentarse. Una brisa gélida se elevaba del Sena. El viejo profesor se subió el cuello del abrigo y se frotó los brazos para entrar en calor. Le vibró el móvil en el bolsillo, llevaba toda la tarde esperando esa llamada.
– ¡Ya está!
– ¿Dieron con usted sin mucha dificultad?
– Su amiga quizá sea la brillante arqueóloga que tanto me ha ensalzado, pero estaba apañado si tenía que esperar a que esos dos dieran con mi casa ellos solitos. He tenido que hacerme el encontradizo…
– ¿Y cómo ha ido todo?
– Exactamente como me pidió.
– ¿Y cree…?
– ¿Que si los he convencido? Sí, creo que sí.
– Gracias, Thornsten.
– No hay de qué, considero que ahora ya estamos en paz.
– Nunca le he dicho que estuviera en deuda conmigo.
– Me salvó la vida, Ivory. Hacía tiempo que quería saldar mi deuda con usted. Mi existencia no ha sido siempre fácil en este exilio obligado, pero desde luego habrá sido menos aburrida que en el cementerio.
– Vamos, Thornsten, de nada sirve volver a hablar de todo eso.
– Desde luego que sí, y aún no he terminado, va a tener que escucharme hasta el final. Me salvó de las garras de esos tipos que querían matarme cuando encontré esa maldita piedra en la selva amazónica. Me salvó de un atentado en Ginebra; si no me hubiera avisado a tiempo, si no me hubiera dado los medios para desaparecer…
– Todo eso es agua pasada -lo interrumpió Ivory con voz triste.
– No tan pasada, si no, no me habría enviado a sus dos ovejas descarriadas para que les indicara el camino correcto. Pero ¿ha sopesado los riesgos a los que los expone? Los manda al matadero, y lo sabe perfectamente. Los que se esforzaron tanto por tratar de quitarme de en medio harán lo mismo con ellos si se acercan demasiado a la verdad. Me ha convertido en su cómplice, y desde que me despedí de ellos, me siento mal.
– No les pasará nada, se lo aseguro, los tiempos han cambiado.
– ¿Ah, sí? ¿Entonces por qué sigo yo pudriéndome aquí? Y cuando haya conseguido lo que quiere, ¿a ellos también les hará cambiar de identidad? ¿Ellos también tendrán que ir a enterrarse en un agujero perdido para que nadie los encuentre nunca? ¿Es ése su plan? Hiciera lo que hiciera por mí en el pasado, ahora estamos en paz, es todo lo que quería decirle. Ya no le debo nada.
Ivory oyó un clic, Thornsten había puesto fin a su conversación. El viejo profesor suspiró y tiró su móvil al río.
Londres
De vuelta en Londres tuvimos que esperar unos días hasta que nos concedieran el visado para Rusia. El talón que los administradores me habían otorgado tan generosamente para saldar las cuentas conmigo me permitía seguir financiando ese viaje. Keira se pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca de la Academia; gracias a Walter, había conservado mi pase para entrar cuando quisiera. Dado que mi trabajo consistía principalmente en ir a buscarle en los estantes los libros que me pedía y devolverlos a su sitio cuando ya no los necesitaba, estaba empezando a aburrirme seriamente. Me cogí una tarde libre y me instalé frente al ordenador para retomar el contacto con dos amigos muy queridos a los que no había dado noticias mías desde hacía tiempo. A Erwan le mandé un enigma por correo electrónico. Sabía que, cuando lo descubriera, sólo ver mi nombre en el remitente ya le haría soltar una ristra de insultos. Sin duda se negaría a leerlo, pero antes de que anocheciera su curiosidad sería más fuerte que nada. Volvería a encender el ordenador y su naturaleza lo obligaría a pensar en la pregunta que le había hecho.