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– Siento lo del otro día -me dijo.

– No pasa nada, me preocupaba qué era lo que podía ponerte de tan mal humor.

– Por poco pierdo mi trabajo, Adrian. Por tu culpa, en fin, por culpa de la pequeña visita que me hiciste en el observatorio y de las investigaciones que realicé para ti con los medios de que disponemos en Jodrell.

– Pero ¿qué me estás contando?

– Con la excusa de que dejé entrar a alguien que no formaba parte del personal, tu amigo Walter, me amenazaron con despedirme argumentando que se trataba de una falta profesional grave.

– Pero ¿quiénes?

– Los que financian el observatorio, nuestro gobierno.

– ¡Pero Martyn, esa visita no tenía ninguna importancia, y Walter y yo somos miembros de la Academia, no tiene ningún sentido!

– Sí, Adrian, sí que lo tiene, por eso he tardado en llamarte, y por eso también lo hago esta mañana desde una cabina. Me han dado a entender sin rodeos que a partir de ahora me está prohibido complacerte en nada que me pidas, y que el acceso a nuestros locales está estrictamente prohibido para ti. No me enteré hasta ayer de que te habían despedido. No sé lo que habrás hecho, Adrian, ¡pero joder, no se puede echar a alguien como tú, no así, de esta manera, o si no es que entonces mi carrera pende de un hilo, si tú eres diez veces más competente que yo!

– Es muy amable por tu parte, Martyn, y muy halagador también, pero si te tranquiliza en algo, que sepas que eres el único que lo ve así. No sé lo que está pasando, nadie me ha dicho que estuviera despedido, sólo que he perdido temporalmente mi plaza como titular.

– Abre los ojos, Adrian, te han puesto en la calle y ya está. He recibido dos llamadas en relación contigo, ya ni siquiera tengo autorización para hablar contigo por teléfono, nuestros superiores se han vuelto locos.

– A base de comer asado todos los domingos y fish and chips año tras año, era inevitable -dije sin reírme.

– Esto no tiene nada de gracia, Adrian, ¿qué vas a hacer ahora?

– No te preocupes, Martyn, no tengo ningún otro trabajo a la vista, y casi no me queda dinero en el banco, pero desde hace algún tiempo me despierto junto a la mujer a la que quiero, me sorprende, me hace reír, me altera y me apasiona. Su entusiasmo me fascina todo el día, y de noche, cuando se desnuda, me… cómo decirte… me conmueve. Ya ves que no puedo quejarme de nada y no lo digo por fanfarronear, sinceramente, nunca había sido tan feliz como ahora.

– Pues me alegro mucho por ti, Adrian. Soy tu amigo, me siento culpable de haber cedido a las presiones y de haber roto el contacto contigo. Entiéndelo, no puedo permitirme perder mi puesto de trabajo, yo no comparto mi cama con nadie y no tengo más pasión que mi profesión para acompañarme en la vida. Si por casualidad necesitaras hablar conmigo, déjame un recado en el observatorio bajo el nombre de Gilligan, y yo te llamaré en cuanto pueda.

– ¿Quién es Gilligan?

– Mi perro, un maravilloso basset artesiano. Por desgracia tuve que sacrificarlo el año pasado. Hasta pronto, Adrian.

Acababa de colgar tras una conversación que me había dejado pensativo cuando una voz a mi espalda me hizo dar un respingo en plena calle.

– ¿De verdad piensas todo eso de mí?

Me volví y vi a Keira. Había vuelto a ponerse uno de mis jerséis y me había robado un abrigo.

– He visto tu notita en la cocina, me ha apetecido reunirme contigo en la agencia para que me lleves a algún sitio a desayunar; en tu nevera no hay más que verdura, y a mí los calabacines, por la mañana, como que no… Parecías tan enfrascado en la conversación que me he acercado sin hacer ruido para sorprenderte en plena charla con tu amante.

La llevé a un café donde servían unos deliciosos croissants; los pasaportes podían esperar.

– ¿De modo que, de noche, cuando me desnudo, te pongo?

– ¿No tienes ropa propia, o es que la mía tiene algo especial que te atrae?

– ¿Con quién hablabas antes al teléfono para darle tantos detalles sobre mí?

– Con un viejo amigo. Sé que te parecerá extraño, pero el caso es que estaba preocupado de que me hubieran despedido.

Entramos en el café, y mientras Keira se atiborraba a croissants con almendras, yo me preguntaba si era sensato compartir con ella mi inquietud, que no tenía nada que ver con mi situación profesional.

Dentro de dos días estaríamos a bordo de un avión con destino a Moscú; la idea de alejarnos de Londres no me disgustaba en absoluto.

Amsterdam

No había por así decir casi nadie esa mañana en ese cementerio, casi nadie para seguir el coche fúnebre que albergaba un largo féretro de madera brillante. Un hombre y una mujer caminaban despacio detrás. Ningún sacerdote oficiaba delante de la tumba, cuatro empleados municipales bajaron el ataúd con unas largas cuerdas. Cuando tocó el fondo, la mujer lanzó una rosa blanca y un puñado de tierra; el hombre que la acompañaba la imitó. Se despidieron, y cada uno se fue por su lado.

Londres

Sir Ashton reunió la serie de fotografías colocadas en hilera sobre su escritorio. Las guardó en un sobre y cerró la carpeta.

– Está muy guapa en estas fotos, Isabel. El luto le sienta de maravilla.

– Ivory no es tonto.

– Eso espero, se trataba de hacerle llegar un mensaje.

– Ashton, no sé si ha…

– ¡Le pedí que eligiera entre Vackeers y los dos científicos, y usted eligió al viejo! Ahora no me venga con reproches.

– ¿De verdad era necesario?

– ¡No entiendo que todavía pueda dudarlo siquiera! ¿Es que soy el único verdaderamente consciente de las consecuencias de sus actos? ¿Se da usted cuenta de lo que ocurriría si los dos protegidos de Ivory lograran sus fines? ¿No cree que lo que está en juego bien vale sacrificar los últimos años de un anciano?

– Ya lo sé, Ashton, ya me lo ha dicho.

– Isabel, no soy un viejo loco sanguinario, pero cuando lo exige la razón de Estado, no vacilo. Ninguno de nosotros, incluida usted, vacila. La decisión que hemos tomado tal vez salve muchas vidas, empezando por la de estos dos exploradores, si es que Ivory se decide por fin a renunciar. No me mire así, Isabel, nunca he actuado más que por el interés de la mayoría. Mi carrera tal vez no me abra las puertas del cielo, pero…

– Por favor, Ashton, no sea sarcàstico, hoy no. Yo apreciaba mucho a Vackeers, de verdad.

– Yo también lo apreciaba, aunque hayamos tenido algún encontronazo que otro en el pasado. Lo respetaba, y quiero pensar que este sacrificio, tan difícil para mí como para usted, dará el fruto que esperamos.

– Ivory parecía hundido ayer por la mañana, nunca lo había visto así, ha envejecido diez años en una sola noche.

– Si pudiera envejecer diez más y dejar esta vida, nos vendría muy bien a todos.

– Entonces, ¿por qué no haberlo sacrificado a él en lugar de a Vackeers?

– ¡Tengo mis razones!

– ¿No me diga que ha conseguido protegerse de usted? Yo que lo creía intocable…

– Si Ivory muriera, ello reforzaría la motivación de la arqueóloga. Es impetuosa y demasiado lista como para creer que fuera un accidente. No, estoy seguro de que ha elegido usted bien, hemos retirado de la partida el peón adecuado, pero se lo advierto, si luego el curso de los acontecimientos no le diera la razón, si prosiguieran las investigaciones, no necesito precisarle quién estaría a continuación en nuestra línea de mira.

– Estoy segura de que Ivory habrá comprendido el mensaje -suspiró Isabel.

– En caso contrario, usted, Isabel, sería la primera en saberlo, es la única en quien confía todavía.

– Nuestro numerito en Madrid estuvo bien.

– Le he permitido acceder a la presidencia del consejo, me lo debía, creo yo.