– No actúo por gratitud hacia usted, Ashton, sino porque comparto su punto de vista. Es demasiado pronto para que el mundo conozca la verdad, demasiado pronto. No estamos preparados.
Isabel cogió su bolso y se dirigió a la puerta.
– ¿Debemos recuperar el fragmento que nos pertenece? -preguntó antes de salir.
– No, está muy seguro allí donde se encuentra, quizá más aún incluso ahora que Vackeers ha muerto. Además, nadie sabe cómo acceder al lugar, que es lo que todos queríamos. Se ha llevado su secreto a la tumba, mejor que mejor.
Isabel asintió con la cabeza y se marchó. Mientras el mayordomo la acompañaba hasta la puerta del palacete de sir Ashton, su secretario entró en el despacho con un sobre en la mano. Ashton lo abrió y levantó la cabeza.
– ¿Cuándo han obtenido estos visados?
– Anteayer, señor, así que a estas horas ya deben de estar en el avión. Bueno, no -rectificó el secretario al consultar su reloj-, ya habrán aterrizado en Sheremetyevo.
– ¿Y cómo es que no nos han avisado antes?
– No lo sé, si lo desea puedo abrir una investigación. ¿Quiere que llame a su invitada si aún no ha salido de la casa?
– No, no es necesario. En cambio sí quiero que alerte a nuestros hombres allí. Los dos pajaritos no deben, en ningún caso, pasar de Moscú. Ya estoy más que harto. Que eliminen a la chica. Sin ella, el astrofísico es inofensivo.
– Después de la experiencia tan desagradable que tuvimos en China, ¿está seguro de querer actuar así?
– Si pudiera librarme de Ivory no lo dudaría ni un segundo, pero es imposible, y no estoy seguro de que eso zanjara definitivamente nuestro problema. Haga lo que le he pedido y diga a nuestros hombres que no escatimen medios. Esta vez prefiero la eficacia antes que la discreción.
– En ese caso, ¿debemos avisar a nuestros amigos rusos?
– De eso me ocupo yo.
El secretario se retiró.
Isabel dio las gracias al mayordomo por abrirle la puerta del taxi. Se volvió para admirar la majestuosa fachada de la residencia londinense de sir Ashton y le pidió al taxista que la llevara al aeropuerto de la City.
Sentado en un banco del pequeño parque situado justo en frente de la casa victoriana, Ivory siguió al taxi con la mirada mientras se alejaba. Había empezado a lloviznar, se apoyó en su paraguas para ponerse de pie y se marchó a su vez.
Moscú
La habitación del hotel Intercontinental olía a tabaco. Nada más llegar, y pese a una temperatura de apenas cero grados, Keira abrió la ventana de par en par.
– Lo siento, es la única habitación libre de todo el hotel.
– Apesta a puro, es horroroso.
– Y de mala calidad, además -añadí yo-, ¿Quieres que cambiemos de hotel? Si no, también puedo pedir más mantas o unos anoraks, ¿quieres?
– No perdamos tiempo, vamos en seguida a la Sociedad de Arqueología; cuanto antes demos con ese tal Egorov, antes nos marcharemos de aquí. Ay, Dios, cuánto echo de menos los aromas del valle del Omo…
– Te prometí que volveríamos algún día, cuando todo esto haya terminado.
– A veces me pregunto si todo esto, como tú dices, terminará algún día -masculló Keira, y cerró la puerta de la habitación.
– ¿Tienes la dirección de la Sociedad de Arqueología? -le pregunté en el ascensor.
– No sé por qué Thornsten sigue llamándola así. Al final de la década de 1950 la rebautizaron como Academia de las Ciencias.
– ¿Academia de las Ciencias? Qué nombre más bonito, a lo mejor encuentro trabajo allí, nunca se sabe.
– ¿En Moscú? ¡Sí, hombre, lo que faltaba!
– Pues ¿sabes?, en Atacama habría podido trabajar perfectamente en el seno de una delegación rusa. A las estrellas eso les trae al pairo por completo.
– Claro, sería muy práctico para tus artículos. Ya me dirás cómo te las ibas a apañar con un teclado en alfabeto cirílico.
– Tener razón para ti, ¿qué es, una necesidad o una obsesión?
– ¡Ambas cosas no son incompatibles! Bueno, qué, ¿nos vamos ya?
El viento era helador, así que nos refugiamos rápidamente en un taxi. Keira le explicó cómo pudo al conductor dónde íbamos, pero como éste no entendía una palabra, desplegó un plano de la ciudad y le señaló el lugar. Quienes dicen que los taxistas de París no son amables es porque nunca han cogido un taxi en Moscú. Las calles de la ciudad ya estaban cubiertas por una buena capa de hielo, pero eso no parecía molestar a nuestro conductor. Su viejo Lada daba bandazos, pero cada vez lo enderezaba sin problemas de un volantazo.
Keira se presentó en la puerta de la Academia, dijo quién era y que era arqueóloga. El portero la dirigió hacia la administración. Una joven asistente investigadora, que hablaba un inglés más que correcto, nos recibió con mucha amabilidad. Keira le explicó que queríamos contactar con un tal Egorov, que era profesor y que había dirigido la Sociedad de Arqueología en la década de 1950.
La joven parecía extrañada, nunca había oído hablar de esa sociedad, y los archivos de la Academia de las Ciencias sólo se remontaban al año de su creación, 1958. Nos pidió que la esperáramos un momento y volvió media hora después con uno de sus superiores, un hombre de unos sesenta años por lo menos. Se presentó y nos pidió que lo acompañáramos a su despacho. La joven, que respondía al nombre de Svetlana y que era preciosa, dicho sea de paso, se despidió de nosotros antes de retirarse. Keira me dio una patada mientras me preguntaba si necesitaba su ayuda para averiguar el teléfono de la chica.
– No sé de qué me hablas -suspiré, frotándome la pantorrilla.
– ¡Encima no me tomes por tonta!
El despacho en el que entramos habría hecho palidecer de envidia a Walter. Un gran ventanal dejaba entrar una luz muy bonita, y se veían caer gruesos copos de nieve al otro lado del cristal.
– No es la mejor época del año para visitarnos -dijo el hombre a la vez que nos invitaba a sentarnos-. Prevén una buena tormenta de nieve para esta noche o mañana por la mañana como muy tarde.
El hombre abrió un termo y nos sirvió un vasito de té ahumado.
– Puede que haya dado con este tal Egorov al que buscan -nos dijo-, ¿Puedo saber por qué quieren entrevistarse con él?
– Investigo las migraciones humanas en Siberia en el IV milenio y me han dicho que él conoce muy bien el tema.
– Es posible -dijo el hombre-, aunque tengo mis reservas.
– ¿Por qué? -quiso saber Keira.
– La Sociedad de Arqueología era un nombre ficticio atribuido a una rama muy particular de los servicios secretos. En época de la Unión Soviética, los científicos no eran menos vigilados que los demás ciudadanos, al contrario. Al amparo de tan bonito nombre, esta célula tenía la misión de controlar las investigaciones llevadas a cabo en el ámbito de la arqueología, y en especial de hacer inventario y confiscar todo aquello que pudiera encontrarse bajo tierra. Muchos tesoros arqueológicos desaparecieron… La corrupción y la codicia -añadió el hombre ante nuestro aire extrañado-. La vida era difícil en este país entonces, y lo sigue siendo ahora, pero comprendan que, entonces, una moneda de oro encontrada en una excavación podía asegurarle meses de supervivencia a su propietario, y lo mismo ocurría con los fósiles, que cruzaban las fronteras con más facilidad que las personas. Desde el reinado de Pedro el Grande, que fue el que verdaderamente impulsó las excavaciones arqueológicas en Rusia, nuestro patrimonio ha sufrido un saqueo continuo. Por desgracia, la loable organización que Kruchev instauró para protegerlo se saldó con uno de los mayores tráficos de antigüedades de la historia. En cuanto se desenterraban, los tesoros que ocultaba nuestra tierra se repartían entre los apparatchiks y salían del país para engrosar las colecciones de los ricos museos occidentales, cuando no se vendían a particulares. Todo el mundo sacaba partido, desde el arqueólogo más ramplón hasta el jefe de la misión, pasando por los agentes de la Sociedad de Arqueología que supuestamente debían vigilarlos. Este tal Vladenko Egorov al que buscan probablemente fuera uno de los peces más gordos de estas siniestras redes en las que todo valía, incluso matar, por supuesto. Si hablamos del mismo hombre, ése con el que piensan entrevistarse es un antiguo criminal que sólo debe su libertad a las personalidades influyentes que siguen aún en el poder, excelentes clientes que sentirían mucho que se jubilara ya. Si quieren enemistarse con todos los arqueólogos honrados de mi generación, no tienen más que mencionarles el nombre de Egorov. Por ello, antes de darles su dirección, querría saber qué objeto esperaban sacar de Rusia. Estoy seguro de que la policía estará muy interesada, a no ser que prefieran decírselo ustedes mismos -nos sugirió el hombre al tiempo que descolgaba el teléfono.