En la garita central de seguridad de la estación, los empleados que controlaban las transacciones automáticas no prestarían ninguna atención a la que yo acababa de realizar.
– ¿Qué vamos a hacer en Mongolia? -preguntó Keira, preocupada al ver el billete que le tendía.
– Vamos a tomar el Transiberiano como teníamos previsto y, una vez a bordo, le explicaré al revisor que nos hemos equivocado y si es necesario le pagaré la diferencia.
Pero todavía no podíamos cantar victoria, aún teníamos que acceder a los vagones. Los policías no debían de tener más que una simple descripción nuestra, como mucho una fotocopia de la foto de nuestros pasaportes, pero el cerco no tardaría en cerrarse en cuanto nos aproximáramos al tren. No debíamos atraer su atención, las fuerzas del orden buscaban a una pareja, de modo que Keira se separó de mí y echó a andar cincuenta metros por delante. El Transiberiano número 10 con destino a Irkutsk salía de la estación a las 23.24 horas, no nos quedaba mucho tiempo. La agitación confería al lugar un aspecto como de aldea campesina en un día de mercado. Jaulas con aves, puestos de quesos, de carne ahumada y de viandas de toda clase se mezclaban con las maletas, los paquetes y los bultos que atestaban el andén. Los viajeros del viejo tren que cruzaría el continente asiático en seis días trataban de abrirse camino entre el jaleo de vendedores ambulantes instalados en la estación. La multitud se peleaba y se insultaba en mil lenguas distintas, chino, ruso, manchuriano y mongol, entre otras muchas. Unos chiquillos vendían a escondidas lotes de artículos de primera necesidad: gorros, bufandas, maquinillas de afeitar, cepillos y pasta de dientes. Un policía se fijó en Keira y se acercó a ella, yo apreté el paso y lo empujé, disculpándome con mucha educación. El policía me regañó, pero cuando se volvió hacia la multitud Keira había desaparecido de su campo visual y, de hecho, también del mío.
La megafonía anunció la salida inminente del tren, los viajeros que seguían en el andén se apiñaron aún más. Los revisores estaban desbordados. Seguía sin ver a Keira. Me dejé llevar por la multitud hasta una cola ante el vagón número 7. Por las ventanillas veía el pasillo, abarrotado de gente, donde cada uno buscaba su asiento, pero seguía sin distinguir el rostro de Keira. Me tocaba ya subir al tren, eché un último vistazo al andén, pero ya no tenía más remedio que dejarme llevar por la corriente humana que se aglomeraba en el interior del vagón. Si Keira no iba a bordo del tren, me apearía en la estación siguiente y ya encontraría la manera de volver a Moscú. Lamenté que no hubiéramos convenido un lugar de encuentro por si nos perdíamos, y me puse a pensar en el que se le podría ocurrir a ella. Recorrí el pasillo, un policía venía a mi encuentro en sentido contrario. Me metí en un compartimento, pero no me prestó atención. Cada uno se iba acomodando a bordo del tren y los dos revisores del vagón estaban por ahora muy ocupados como para comprobar los billetes. Me instalé al lado de una pareja italiana, el compartimento contiguo estaba ocupado por franceses, y también habría de encontrarme con numerosos compatriotas a lo largo del viaje. Ese tren atraía durante todo el año a muchos turistas extranjeros, lo cual nos beneficiaba. El convoy echó a andar despacio, algunos policías recorrían aún el andén desierto. La estación de Moscú pronto quedó atrás, dejando paso a un paisaje de arrabal, siniestro y gris.
Mis vecinos me prometieron que vigilarían mi maleta, y me fui en busca de Keira. No la encontré ni en el vagón siguiente, ni en el de después. El arrabal había dejado paso a la llanura. El tren avanzaba de prisa. Tercer vagón, ni rastro de Keira. Recorrer los pasillos atestados de gente requería bastante paciencia. En los vagones de segunda, la fiesta era total, los rusos habían abierto botellas de cerveza y de vodka, y brindaban entre gritos y canciones. El vagón-restaurante estaba igual de animado.
Se había formado un corrillo de seis ucranianos fortachones como armarios roperos que alzaban su copa gritando: «¡Viva Francia!» Me acerqué y descubría Keira, bastante achispada.
– ¡No me mires así! -protestó-. ¡Son muy simpáticos!
Se hizo a un lado para dejarme sitio alrededor de la mesa y me explicó que sus nuevos compañeros de viaje la habían ayudado a subir al tren, tapándola con sus cuerpos para protegerla de un policía que prestaba demasiado interés por su fisonomía. De no haber sido por ellos, la habrían detenido. Así que ¿cómo no agradecérselo invitándolos a una ronda? Nunca antes había visto a Keira así, les di las gracias a sus nuevos amigos y traté de convencerla de que se viniera conmigo.
– Tengo hambre, y estamos en el vagón-restaurante, ¡además, estoy harta de correr de aquí para allá, siéntate y come!
Pidió un plato de patatas y de salmón ahumado para los dos, se bebió dos vasos más de vodka y, un cuarto de hora más tarde, se quedó dormida sobre mi hombro.
Ayudado por uno de los tiarrones, la llevé hasta nuestro compartimento. A nuestros vecinos italianos les hizo gracia la situación. Tendida en su litera, Keira masculló algunas palabras inaudibles y no tardó en volver a dormirse.
Pasé parte de esa primera noche a bordo del Transiberiano mirando el cielo por la ventanilla. En cada extremo del vagón había un pequeño local a cargo de una provonitsa. La empleada responsable del vagón se pasaba el día delante de un samovar, ofreciendo agua caliente y té a los viajeros. Fui a servirme y aproveché para preguntarle cuánto duraba el viaje hasta Irkutsk. Tardaríamos tres días y cuatro noches, contando con ésa, en recorrer los cuatro mil quinientos kilómetros que nos separaban de nuestro destino.
Madrid
Sir Ashton dejó su móvil sobre la mesa del salón, se desató el cinturón del albornoz y volvió a la cama.
– ¿Cuáles son las últimas noticias? -preguntó Isabel, cerrando el periódico.
– Los han visto en Moscú.
– ¿En qué circunstancias?
– Han ido a la Academia de las Ciencias a informarse sobre un antiguo traficante de antigüedades. Al director le ha parecido sospechoso y ha avisado a la policía.
Isabel se incorporó en la cama y encendió un cigarrillo.
– ¿Los han detenido?
– No. La policía ha seguido su pista hasta el hotel en el que se alojaban, pero ha llegado demasiado tarde.
– ¿Les han perdido el rastro?
– Pues a decir verdad, no tengo ni idea, han tratado de subir a bordo del Transiberiano.
– ¿Cómo que han tratado?
– Los rusos han detenido a un tipo que estaba sacando unos billetes a su nombre.
– ¿Entonces están a bordo de ese tren?
– La estación estaba llena de policías, pero nadie los ha visto subir.
– Si se sienten perseguidos, quizá hayan desviado la atención de los policías hacia una pista falsa. La policía rusa no debe inmiscuirse en nuestros asuntos, eso no haría sino complicarnos la tarea.
– Dudo que nuestros científicos sean tan listos como supone usted, yo creo que van a bordo de ese tren, el tipo al que buscan vive a orillas del lago Baikal.
– ¿Para qué quieren ver a ese traficante de antigüedades? Vaya una idea, ¿cree usted que…?
– ¿… que posee alguno de los fragmentos? No, hace tiempo que nos habríamos enterado, pero si se toman tantas molestias en ir a verlo es porque ese tipo debe de tener alguna información muy valiosa para ellos.
– Pues entonces, querido, no le queda más opción que callarle la boca a ese tipo antes de que consigan llegar hasta él.
– No es tan sencillo; el individuo en cuestión es un antiguo miembro del Partido y, teniendo en cuenta sus antecedentes, si vive una jubilación dorada en una dacha a orillas de un lago es porque disfrutará de una sólida protección. A no ser que enviemos nosotros a alguien, no encontraremos a nadie allí que se atreva a intentar nada contra ese hombre.