El chamán empezó calentando la piel del tambor acariciándola con la llama de una antorcha.
– Tendrás que reconocer que es un poquito más complicado que llamar al número de información telefónica -le murmuré al oído a Keira.
El chamán alzó las manos y su cuerpo empezó a ondular al ritmo de los golpes del tambor. Su canto producía un efecto embrujador: se me habían quitado por completo las ganas de mostrarme irónico, y Keira estaba totalmente absorta en la escena que se desarrollaba ante nuestros ojos. El chamán entró en trance, su cuerpo era sacudido por violentos espasmos. Durante la ceremonia, el rostro de la joven se metamorfoseó, como si le hubiera bajado la fiebre, y sus mejillas volvieron a colorearse de rosa. Keira estaba fascinada, y yo también. El redoble de tambor cesó y el chamán se desplomó sobre el suelo. Nadie hablaba, ni un solo ruido rompió el silencio. Teníamos los ojos fijos en su cuerpo inerte, y así permanecimos largo rato. Cuando el hombre volvió en sí y se incorporó, se acercó a la joven, le impuso las manos en el rostro y le pidió que se levantara. Ya de pie, aunque tambaleante, parecía sanada del mal que la aquejaba hacía tan sólo un momento. La asamblea aclamó al chamán, la magia había obrado.
Nunca he sabido qué poderes reales tenía ese hombre, y lo que presencié aquel día en la casa del chamán de Listvianka para mí será siempre un misterio.
Una vez concluida la ceremonia, los asistentes se dispersaron. Keira abordó al chamán y le pidió audiencia; éste la invitó a sentarse y a hacerle las preguntas que la habían llevado hasta allí.
Nos dijo que la persona a la que buscábamos era un notable de la región. Un hombre generoso que donaba mucho dinero a los pobres para construir escuelas, hasta había financiado las obras de reforma de un dispensario que, desde entonces, se había convertido en un auténtico pequeño hospital. El chamán no se decidía a darnos su dirección, pues no tenía claras nuestras intenciones. Keira le prometió que sólo queríamos conseguir unas informaciones. Le explicó a qué se dedicaba y en qué podía sernos útil Egorov. Nuestra búsqueda era estrictamente científica.
El chamán miró con suma atención el colgante de Keira y le preguntó de dónde venía.
– Es un objeto muy antiguo -le confió ella sin la más mínima reserva-, un fragmento de un mapa celeste. Estamos buscando las partes que faltan para completarlo.
– ¿Qué edad tiene este objeto? -preguntó el chamán, que le pidió también a Keira que se lo dejara ver más de cerca.
– Millones de años -respondió ella al tendérselo.
El chamán acarició el colgante con delicadeza y, al instante, su rostro se ensombreció.
– No deben proseguir su viaje -dijo con voz grave.
Keira se volvió hacia mí. ¿Qué preocupaba a este hombre de pronto?
– No lo lleve encima, no sabe lo que hace -añadió.
– ¿Ya ha visto alguna vez un objeto así antes? -quiso saber Keira.
– ¡No comprenden lo que implica! -exclamó el chamán.
Su mirada se había ensombrecido aún más.
– No sé a qué se refiere -respondió Keira, recuperando su colgante-, nosotros somos científicos…
– L. Unos ignorantes, eso es lo que son ustedes! ¿Saben siquiera qué es lo que mueve el mundo? ¿Quieren exponerse a alterar su equilibrio?
– Pero ¿de qué está usted hablando? -protestó Keira, molesta.
– ¡Váyanse de aquí! El hombre al que quieren ver vive a dos kilómetros de aquí, en una dacha rosa con tres torrecillas, no puede pasarles inadvertida.
Unos jóvenes patinaban en el lago Baikal, lejos de la orilla donde las olas, sorprendidas por el invierno, se habían congelado, formando esculturas de aspecto más que inquietante. Prisionero del hielo, un viejo carguero de casco oxidado yacía tumbado de lado. Keira se había metido las manos en los bolsillos.
– ¿Qué intentaba decirnos ese hombre? -me preguntó.
– No tengo ni la menor idea, tú eres la experta en chamanes. Yo creo que la ciencia lo inquieta, nada más.
– Su miedo no me parecía irracional, y parecía como si supiera de lo que hablaba… como si quisiera advertirnos de un peligro.
– Keira, no somos aprendices de brujo. En nuestras disciplinas no hay lugar para la magia ni el esoterismo. Ambos procedemos de manera totalmente científica. Disponemos de dos fragmentos de un mapa que buscamos completar, nada más.
– De un mapa que, según tú, se hizo hace cuatrocientos millones de años, y no sabemos nada de lo que nos revelaría si lo completáramos…
– Cuando lo hayamos completado, entonces podremos considerar de manera científica la posibilidad de que una civilización dada tuviera un conocimiento astronómico en tiempos en que, a nuestro juicio, no es posible que dicho conocimiento existiera en la Tierra. Un descubrimiento así cambiaría bastante la perspectiva que tenemos sobre la historia de la humanidad. ¿No es eso lo que te apasiona desde siempre?
– ¿Y tú, qué esperas tú descubrir?
– Que este mapa me enseñe una estrella que aún no conozco ya me parecería fantástico. ¿Por qué pones esa cara?
– Tengo miedo, Adrian. Hasta ahora mis investigaciones nunca me habían hecho enfrentarme a la violencia de los hombres, y sigo sin comprender las motivaciones de esas personas que tanto se están ensañando con nosotros. Ese chamán no sabía nada de ti ni de mí, pero la manera en que ha reaccionado al tocar mi colgante me ha… asustado mucho.
– Pero ¿te das cuenta de lo que le has revelado y de lo que eso implica para él? Ese hombre es un oráculo, su poder y su aura dependen de su saber y de la ignorancia de quienes lo veneran. Irrumpimos en su casa y le plantamos delante de las narices el testigo de un conocimiento que supera con mucho los suyos. Lo pones a él en peligro. No espero una reacción mejor por parte de los miembros de la Academia si compartiésemos con ellos una revelación así. Si un médico va a un pueblo aislado del mundo, donde la modernidad aún no ha llegado, y sana a un enfermo con medicinas, los demás lo considerarían un brujo de infinitos poderes. El hombre venera a todo aquel cuyo saber es mayor que el suyo.
– Gracias por la lección, Adrian, pero es nuestra ignorancia lo que me asusta, no la de los autóctonos.
Llegamos delante de la dacha rosa. Era tal y como nos la había descrito el chamán, y tenía razón, era imposible confundirla con otra casa de los alrededores, tan ostentosa como era su arquitectura. El que allí vivía no había hecho nada por disimular su riqueza, al contrario, la exhibía, como testimonio de su poder y su éxito en la vida.
Dos hombres con un Kalashnikov en bandolera custodiaban la entrada de la propiedad. Me presenté y expresé mi deseo de ser recibido por el dueño del lugar. Veníamos de parte de Thornsten, un viejo amigo suyo, que nos enviaba para saldar una antigua deuda. El guardián nos ordenó que esperásemos en la puerta. Keira daba saltitos para entrar en calor ante la mirada divertida del otro tipo, que no le quitaba ojo de encima y tenía una expresión que no me gustaba en absoluto. La abracé y le froté la espalda con fuerza. El hombre volvió unos momentos más tarde, nos registró minuciosamente y por fin nos dejaron entrar en la fastuosa mansión de Egorov.
El suelo era de mármol de Carrara y las paredes estaban revestidas de madera importada de Inglaterra, nos explicó nuestro anfitrión al recibirnos en su salón. En cuanto a las alfombras, eran de Irán, piezas de gran valor, según afirmó.
– Creía que ese cabronazo de Thornsten hacía tiempo que había muerto -exclamó Egorov mientras nos servía vodka-. ¡Beban, así entrarán en calor! -dijo.
– Pues siento decepcionarlo -replicó Keira-, pero está vivito y coleando.