– Sigo la pista de un pueblo nómada que quizá emprendiera un largo viaje, cuatro mil años antes de nuestra era.
– ¿Para ir de dónde a dónde?
– Estos nómadas salieron de África y llegaron a China, de eso tengo pruebas; después, todo son hipótesis. Supongo que tomaron hacia Mongolia y cruzaron Siberia, subiendo por el río Yeniséi hasta el mar de Kara.
– Tremendo viaje, ¿y con qué fin habría recorrido tantos kilómetros ese grupo de nómadas?
– Para superar la ruta de los Polos y llegar hasta el continente americano.
– Eso no contesta verdaderamente a mi pregunta.
– Para llevar un mensaje.
– ¿Y piensa que yo podría ayudarla a demostrar una aventura así? ¿Quién le ha metido esa idea en la cabeza?
– Thornsten. Él pretende que era usted un especialista en las civilizaciones sumerias, supongo que la piedra que acaba de enseñarnos confirma lo que nos dijo.
– ¿Cómo han conocido a Thornsten? -preguntó Egorov con aire malicioso.
– Por medio de un amigo que nos recomendó que fuéramos a verlo.
– Tiene gracia.
– Pues yo no se la veo.
– ¿Y su amigo no conoce a Ivory?
– ¡Que yo sepa, no!
– ¿Estaría usted dispuesta a jurar que no se conocen?
Egorov le tendió su teléfono a Keira, desafiándola con la mirada.
– O es usted idiota, o los dos son de una ingenuidad pasmosa. ¡Llame a ese amigo y pregúnteselo!
Keira y yo mirábamos a Egorov sin comprender dónde quería ir a parar. Keira cogió el teléfono, marcó el número de Max y se alejó -lo que, debo reconocer, me molestó muchísimo-; volvió unos segundos más tarde, muy abatida.
– De modo que te sabes su número de memoria… -le dije.
– Adrian, por favor, no es el momento.
– ¿Te ha dado recuerdos para mí?
– Me ha mentido. Le he hecho la pregunta directamente y me ha jurado que no conocía a Ivory, pero sé que me ha mentido.
Egorov fue a su biblioteca, recorrió los estantes con la mirada y sacó un gran libro.
– Si he comprendido bien -dijo-, su viejo profesor los lleva hasta un amigo que a su vez los encamina hasta Thornsten, que a su vez los envía hasta mí. Y casualmente, hace treinta años ese mismo profesor Ivory buscaba adquirir esta piedra que yo poseo en la que hay grabado un texto en sumerio, un texto del que ya les ha entregado una traducción. Y todo eso, por supuesto, según ustedes no es más que mera casualidad…
– ¿Qué sobrentiende? -pregunté yo.
– Son ustedes dos marionetas cuyos hilos mueve Ivory a su antojo, los hace ir de norte a sur y de este a oeste, a su capricho. Si todavía no se han dado cuenta de que los ha utilizado, entonces son aún más tontos de lo que imaginaba.
– Bueno, ya nos hemos enterado de que nos considera unos estúpidos -dijo Keira entre dientes-, sobre ese punto ha sido usted muy claro, pero ¿por qué haría Ivory una cosa así? ¿Qué ganaría él con eso?
– No sé lo que buscan ustedes exactamente, pero supongo que el resultado debe de interesarle muchísimo. Están continuando una tarea que él dejó inacabada. Bueno, no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que están trabajando para él sin tan siquiera darse cuenta.
Egorov abrió el gran libro y extendió un mapa antiguo de Asia.
– Esa prueba que esperaba usted encontrar -dijo-, la tiene delante de sus narices, es la piedra con el texto en lengua sumeria. Su amigo el profesor Ivory esperaba que todavía obrara en mi poder y se las ha arreglado para hacerlos llegar hasta mí.
Egorov se acomodó ante su escritorio y nos invitó a sentarnos en dos butacas frente a él.
– Las excavaciones arqueológicas en Siberia se iniciaron en el siglo xvm por iniciativa de Pedro el Grande. Hasta entonces los rusos no se habían interesado nunca por su pasado. Cuando yo dirigía la rama siberiana de la Academia, me las veía y me las deseaba para convencer a las autoridades de salvaguardar tesoros de valor incalculable; no soy el vulgar traficante que ustedes imaginan. Es cierto que tenía mis redes de comercio de antigüedades, pero gracias a ellas salvé miles de piezas e hice restaurar otras tantas que, de no haber sido por mí, se habrían destruido sin más. ¿Creen que esta piedra sumeria seguiría existiendo de no haber sido por mí? Sin duda habría servido, junto con cien más, para reforzar las paredes de un cuartel o para allanar un camino. No digo que ese pequeño comercio no me resultara rentable, pero siempre he actuado sabiendo muy bien lo que hacía. No vendía los vestigios de nuestra Siberia a cualquiera. Bueno, sea como fuere, ese profesor no les ha hecho perder el tiempo. En efecto, más que ningún otro arqueólogo en Rusia, he estudiado la civilización sumeria y siempre he estado convencido de que ese pueblo viajó mucho más lejos de lo que se supone que hizo. Nadie otorgaba la más mínima credibilidad a mis teorías, me tildaron de iluminado y de incapaz. El objeto que buscan y que da fe de que este grupo de nómadas llegó a la zona del Ártico lo tienen ante sus narices. ¿Y saben de cuándo es el texto grabado en esta piedra? Del año 4004 antes de nuestra era. Constátenlo ustedes mismos -dijo, señalando una línea más corta que las demás en la parte superior de la piedra-, no hay ninguna duda sobre la datación. Y ahora, ¿pueden compartir conmigo las razones por las que, según ustedes, estos nómadas trataron de alcanzar el continente americano? Porque imagino que si están aquí es porque las conocen.
– Ya se lo he dicho -repitió Keira-, para llevar un mensaje.
– Gracias, no estoy sordo, pero ¿qué mensaje?
– No tengo ni idea, era un mensaje destinado a los magisterios de las civilizaciones antiguas.
– ¿Y creen que estos mensajeros suyos alcanzaron su objetivo?
Keira se inclinó sobre el mapa, señaló con el dedo el angosto paso del estrecho de Bering y luego lo deslizó a lo largo de la costa de Siberia.
– No tengo ni idea -dijo en voz baja-, por eso necesito seguir su rastro.
Egorov cogió la mano de Keira y la desplazó despacio por el mapa.
– Man-Pupu-Nyor -dijo, y la dejó al este de la cordillera de los Urales, en un punto situado al norte de la república de los Komis-. El emplazamiento de Los Siete Gigantes de los Urales, allí es donde sus mensajeros de los magisterios hicieron su última escala.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó Keira.
– Porque es ahí precisamente, en Siberia occidental, donde se encontró la piedra. No era el río Yeniséi por el que bajaban sus nómadas, sino el Ob, y no era el mar de Kara hacia el que se dirigían, sino el mar Blanco. Para llegar a su destino, la ruta de Noruega era más corta, más accesible.
– ¿Por qué ha dicho «su última escala»?
– Porque tengo buenas razones para creer que su viaje no pasó de allí. Lo que voy a contarle no se lo hemos revelado nunca a nadie. Hace treinta años dirigíamos una campaña de excavaciones en esa región. En Man-Pupu-Nyor, sobre una vasta meseta situada en la cumbre de una montaña azotada por los vientos, se elevan siete pilares de piedra de entre treinta y cuarenta y dos metros de altura cada uno. Parecen inmensos menhires. Seis forman un semicírculo, y el séptimo parece mirar a los otros seis. Los Siete Gigantes de los Urales son un misterio cuyo secreto aún no conocemos. Nadie sabe por qué están ahí, y la erosión no puede ser la única responsable de una arquitectura de esas características. Ese yacimiento es el equivalente ruso de su Stonehenge, salvo que estas rocas tienen una altura sin igual.