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– ¿Por qué no desvelaron nada?

– Por extraño que pueda parecerle, lo volvimos a enterrar todo y dejamos el yacimiento tal y como lo habíamos encontrado. Borramos voluntariamente toda huella de nuestro paso. En esa época, al Partido le traían sin cuidado nuestras investigaciones. Los funcionarios incompetentes de Moscú no habrían hecho ni caso de nuestros extraordinarios descubrimientos. En el mejor de los casos, los habrían archivado sin elaborar ningún análisis, y no habrían puesto ningún empeño en preservarlos. Habrían terminado por pudrirse en simples cajas, olvidados en los sótanos de un edificio cualquiera.

– ¿Y qué habían encontrado? -preguntó Keira.

– Numerosos restos humanos que databan del IV milenio, unos cincuenta cuerpos que el hielo había conservado perfectamente. Entre ellos se encontraba la piedra sumeria, enterrada en su tumba. Los hombres cuyo rastro sigue usted se vieron sorprendidos por el invierno y la nieve, murieron todos de hambre.

Keira se volvió hacia mí, extremadamente agitada.

– ¡Pero si es un descubrimiento importantísimo! Nadie ha podido demostrar nunca que los sumerios llegaran tan lejos. Si hubiera publicado su investigación con esas pruebas para respaldarla, la comunidad científica internacional lo habría aclamado.

– Es usted encantadora, pero demasiado joven para saber de lo que habla. Aún suponiendo que el alcance de este descubrimiento hubiera tenido el más mínimo eco entre nuestros superiores, habríamos sido de inmediato deportados a un gulag, y nuestras investigaciones se las habrían atribuido a algún apparatchik del Partido. La palabra «internacional» no existía por aquel entonces en la Unión Soviética.

– ¿Por eso volvieron a enterrarlo todo?

– ¿Qué habría hecho usted en nuestro lugar?

– Volvieron a enterrarlo casi todo… si me permite precisar -intervine yo-. Imagino que esta piedra no es el único objeto que se trajo consigo en su equipaje…

Egorov me lanzó una mirada asesina.

– Había también algunos efectos personales que pertenecieron a estos viajeros. Nos llevamos muy pocos, era vital para todos nosotros ser lo más discretos posible.

– Adrian -me dijo Keira-, si el periplo de los sumerios concluyó en esas condiciones, entonces es probable que el fragmento se encuentre en algún lugar en la meseta de Ma-Pupu-Nyor.

– Man-Pupu-Nyor -corrigió Egorov-, pero también puede decir Manpupuner, así es como lo pronuncian los occidentales. ¿De qué fragmento habla?

Keira me miró y, sin esperar respuesta a una pregunta que no me había hecho, se desató el cordón de cuero, le enseñó el colgante a Egorov y le contó casi todo de la búsqueda que habíamos emprendido.

Fascinado por lo que le relatábamos, Egorov nos invitó a cenar, y al ver que la velada se prolongaba, también puso un dormitorio a nuestra disposición que nos vino de perlas, porque ni se nos había pasado por la cabeza la idea de buscar dónde alojarnos esa noche.

En el transcurso de la cena que nos sirvieron en una habitación que, por el tamaño, más parecía una cancha de bádminton que un comedor, Egorov nos acribilló a preguntas. Cuando me decidí por fin a revelarle lo que ocurría cuando se reunían los fragmentos, nos suplicó que le permitiéramos asistir al fenómeno. Resultaba difícil negarle nada. Keira y yo reunimos nuestros dos fragmentos, y al instante recobraron su color azulado, aunque éste era aún más pálido que la última vez. Egorov abrió unos ojos como platos, su rostro parecía más joven de pronto. Tan tranquilo hasta entonces, de repente se mostraba muy nervioso, como un niño la víspera de Reyes.

– ¿Qué ocurriría, en su opinión, si se reunieran todos los fragmentos?

– No tengo ni idea -contesté antes que Keira.

– ¿Y están los dos seguros de que estas piedras tienen cuatrocientos millones de años?

– No son piedras -corrigió Keira-, pero sí, estamos seguros de su antigüedad.

– Su superficie es porosa y presenta millones de microperforaciones. Cuando los fragmentos están expuestos a una fuente de luz de extrema potencia, proyectan un mapa celeste. La posición de los astros que aparecen corresponde exactamente a la que había en el cielo en esa época -proseguí yo-. Si dispusiéramos de un láser de la potencia adecuada, podría hacerle una demostración.

– Me hubiera encantado ver algo así, pero es una lástima, no tengo un aparato así en mi casa.

– Lo contrario me habría inquietado bastante -reconocí.

Cuando terminamos el postre -un bizcocho muy borracho-, Egorov se levantó de la mesa y empezó a recorrer la habitación de un extremo a otro.

– ¿Y piensan -prosiguió- que alguno de los fragmentos que faltan podría encontrarse en el emplazamiento de Los Siete Gigantes de los Urales? ¡Sí, claro que lo piensan, qué pregunta!

– ¡Me gustaría tanto poder responderle con certeza! -exclamó Keira.

– ¡Ingenua y optimista! Es usted verdaderamente encantadora.

– Y usted es…

Le di un suave rodillazo por debajo de la mesa antes de que llegara a terminar la frase.

– Estamos en invierno -prosiguió Egorov-, la meseta de Man-Pupu-Nyor está azotada por vientos tan fríos y secos que la nieve casi no se acumula en el suelo. La tierra está helada, ¿piensan llevar a cabo las excavaciones con dos palitas y un detector de metales?

– Deje ya ese tono condescendiente, es exasperante. Y para su información, los fragmentos no son metálicos -replicó Keira.

– Lo que yo les ofrezco no es un detector de metales para aficionados, uno de esos para buscar las monedas que se les caen a sus dueños en las playas -dijo Egorov-, sino un proyecto mucho más ambicioso…

El ruso nos hizo pasar al salón, cuyas dimensiones no tenían nada que envidiar a las del comedor. El suelo de mármol había dejado paso a un parquet de roble y el mobiliario era importado de Italia y de Francia. Nos instalamos en unos cómodos sofás frente a una chimenea monumental donde crepitaba un fuego imponente. Las llamas lamían el fondo del hogar y subían muy alto por el conducto.

Egorov nos ofreció poner a nuestra disposición una veintena de hombres y todo el material que pudiera necesitar Keira para sus excavaciones. Le prometió más medios de los que había disfrutado nunca hasta entonces. La única contrapartida a esa ayuda inesperada consistía en que lo asociáramos a todos los descubrimientos.

Keira le precisó que no había ningún beneficio financiero a la vista. Lo que soñábamos con encontrar no tenía ningún valor económico, tan sólo el más puro interés científico. Egorov se ofuscó.

– ¿Quién habla de dinero? -preguntó, enfadado-. Son ustedes los que no hacen más que mencionar esa palabra. ¿Acaso les he hablado yo de dinero?

– No -contestó Keira, confusa, y creo que era sincera-, pero ambos sabemos que los medios que me ofrece suponen una enorme inversión, y hasta ahora no me he cruzado con muchos filántropos en mi carrera -dijo, casi disculpándose.

Egorov abrió una caja de puros y nos ofreció. Estuve a punto de dejarme tentar, pero una mirada de Keira me disuadió.

– He dedicado la mayor parte de mi vida a excavaciones arqueológicas -continuó Egorov-, y lo he hecho en condiciones muy difíciles. Usted no se enfrentará en toda su vida a condiciones de trabajo tan terribles. He arriesgado mi vida, tanto física como políticamente, he salvado muchísimos tesoros, ya le he explicado en qué circunstancias, y el único reconocimiento que me atribuyen esos desgraciados de la Academia de las Ciencias es el de considerarme un vulgar traficante. ¡Como si las cosas hubieran cambiado mucho hoy en día! ¡Qué hipócritas! Hace ya tres decenios que manchan mi nombre. Si su proyecto llega a buen puerto, ganaré mucho más que dinero. El tiempo en que enterraban a los muertos con sus bienes hace mucho que quedó atrás, yo no me llevaré a la tumba ni estas alfombras persas, ni los cuadros del siglo xix que adornan las paredes de mi casa. Les hablo de devolverme cierta respetabilidad. Hace treinta años, si no hubiéramos temido tanto a nuestros superiores, la publicación de nuestras investigaciones, como usted bien decía antes, me habría valido para convertirme en un científico reconocido y respetado. No volveré a desperdiciar una oportunidad así. Por eso, si están de acuerdo, llevaremos a cabo juntos esta campaña de excavaciones y si encontramos las pruebas necesarias para corroborar sus teorías, si la suerte nos sonríe, entonces presentaremos a la comunidad científica el producto de nuestros descubrimientos. ¿Le conviene el trato, sí o no?