Keira vaciló. Era difícil, en la situación en la que estábamos, darle la espalda a un aliado de esa índole. Yo era del todo consciente del valor de la protección que nos ofrecería esa asociación. Si Egorov no tenía inconveniente en llevarse también a los dos gorilas armados que nos habían recibido en la puerta de su casa, tendríamos más fuerza la próxima vez que alguien buscara atentar contra nuestras vidas. Keira cambió muchas miradas conmigo. La decisión era de ambos, pero soy un hombre galante y quería que fuera la primera en pronunciarse.
Egorov le dedicó a Keira una sonrisa de oreja a oreja.
– Devuélvame esos cien dólares -le dijo en un tono muy serio.
Keira sacó el billete, y Egorov se lo echó en seguida al bolsillo.
– Ya está, han contribuido a la financiación del viaje, a partir de este momento somos socios. Ahora que están zanjadas las cuestiones de dinero que tanto parecían preocuparlos, ¿podemos, entre científicos, concentrarnos en los detalles de nuestra organización para que esta prodigiosa campaña de excavaciones sea un éxito?
Se instalaron alrededor de la mesa baja. Durante una hora entera hicieron una lista con todo el material que iban a necesitar. No me incluyo, porque me sentía fuera de su conversación. De hecho, aproveché que no me prestaban ninguna atención para echar un vistazo a los estantes de la biblioteca. Encontré numerosos libros sobre arqueología, un antiguo manual de alquimia del siglo xvn, otro de anatomía igual de antiguo, las obras completas de Alejandro Dumas y una edición original de El rojo y el negro, de Stendhal. La colección de volúmenes que barría con la mirada debía de valer una verdadera fortuna. Me entretuve con un curioso tratado de astronomía del siglo XIV mientras Egorov y Keira hacían los deberes.
Cuando se dio cuenta de mi ausencia -tuve que esperar hasta la una de la madrugada-, Keira fue a buscarme y tuvo la caradura de preguntarme qué estaba haciendo. Deduje que la pregunta equivalía a un reproche y me reuní con ella ante la chimenea.
– Es fabuloso, Adrian, dispondremos de todo el material necesario, vamos a poder realizar excavaciones de gran envergadura. No sé cuánto tiempo nos llevará, pero con este despliegue de medios, si el fragmento se encuentra de verdad en algún lugar entre esos menhires, tenemos muchas probabilidades de encontrarlo.
Ojeé la lista que había hecho con Egorov: paletas, espátulas, plomadas, pinceles, GPS, metros, estacas de cuadriculación, rejillas, tamices, pesos, aparatos de medición antropométrica, compresores, aspiradores, grupos electrógenos, antorchas y tederos para trabajar de noche, tiendas, rotuladores, cámaras de fotos; nada parecía faltar en ese fastuoso inventario digno de un almacén especializado. Egorov descolgó el teléfono que había en un velador. Unos instantes después, dos hombres entraron en su salón, el ruso les entregó la lista y se retiraron inmediatamente.
– Todo estará listo mañana antes de mediodía -dijo Egorov, desperezándose.
– ¿Cómo va a lograr un prodigio así? -me aventuré a preguntar.
Keira se volvió hacia Egorov, que me miró con una expresión triunfal.
– Es una sorpresa. Bueno, es tarde, y necesitamos descansar, así que buenas noches, los veré para desayunar. Estén preparados, nos marcharemos al final de la mañana.
Un guardaespaldas nos llevó hasta nuestro dormitorio. La habitación de invitados era digna de un palacio. Nunca había estado en ninguno, pero me parecía que sólo en un palacio podría haber estancias tan grandes como aquella en la que íbamos a dormir esa noche. La cama era tan grande que uno podía tenderse atravesado. Keira saltó sobre el grueso edredón y me invitó a hacer lo mismo. No la había visto tan feliz desde… Pensándolo bien, nunca la había visto tan feliz. Había arriesgado mi vida varias veces y recorrido miles de kilómetros para reunirme con ella. ¡De haberlo sabido, me habría contentado con regalarle una pala y un tamiz! Después de todo, tenía que ser consciente de lo afortunado que era: no se necesitaba mucho para hacer feliz a la mujer a la que amaba. Se estiró cuan larga era, se quitó el jersey, se desabrochó el sujetador y, con una mirada coqueta, me dio a entender que no la hiciera esperar. Yo no tenía la más mínima intención de defraudarla.
Kent
El Jaguar recorría a toda velocidad la pequeña carretera que llevaba a la casa solariega. En el asiento de atrás, con la lucecita del techo, sir Ashton estudiaba un expediente. Cerró la carpeta bostezando. Entonces sonó el teléfono del coche y su chófer anunció una llamada de Moscú que le pasó.
– No hemos podido interceptar a sus amigos en la estación de Irkutsk, no sé cómo lo han hecho, pero han escapado a la vigilancia de nuestros hombres -explicó Moscú.
– ¡Qué mala noticia! -se irritó Ashton.
– Están a orillas del lago Baikal, alojados en casa de un traficante de antigüedades -prosiguió Moscú.
– ¿Y a qué espera para ir a por ellos?
– A que salgan de allí. Egorov tiene poder en la región, su dacha está protegida por un pequeño ejército, no tengo ganas de que una simple detención degenere en un baño de sangre.
– Lo he conocido menos cauto.
– Sé que le cuesta acostumbrarse, pero tenemos leyes en este país. Si mis hombres intervienen y los de Egorov repelen el ataque, será difícil explicarles a las autoridades federales las razones de un asalto así en mitad de la noche, sobre todo sin antes haber pedido una orden judicial. Después de todo, desde un punto de vista legal, no tenemos nada que reprocharles a estos dos científicos.
– ¿Su presencia en la casa de un traficante de antigüedades no es suficiente?
– No, eso no es ningún delito. Tenga paciencia. En cuanto salgan de su madriguera iremos a por ellos, sin armar el menor escándalo. Le prometo que se los mandaré por avión mañana por la noche.
El Jaguar dio un fuerte bandazo, sir Ashton resbaló sobre el asiento y a punto estuvo de soltar el teléfono. Se agarró al reposabrazos, se incorporó y llamó con los nudillos en el cristal de separación para manifestarle su irritación al chófer.
– Una pregunta -añadió Moscú-: ¿Por casualidad no habrá intentado usted algo sin avisarme?
– ¿A qué se refiere?
– A un pequeño incidente que se produjo en el Transiberiano. Una empleada de la compañía recibió un violento golpe en la cabeza. Sigue en el hospital, con un traumatismo cerebral grave.
– Sus noticias me afligen, mi querido amigo. Golpear a una mujer es un acto indigno.
– Si su arqueóloga y su amigo no hubieran estado a bordo de ese mismo tren, no dudaría de su sinceridad, pero da la casualidad de que esa agresión infame se produjo en el mismo vagón que ellos ocupaban. ¿Imagino que no debo ver más que una mera coincidencia? Nunca se habría permitido actuar a mis espaldas y menos aún en mi territorio, ¿verdad, sir Ashton?
– Por supuesto que no -contestó éste-, el simple hecho de que lo sugiera me ofende.