El coche dio un nuevo bandazo, tan violento como el anterior. Ashton se ajustó el nudo de su pajarita y volvió a llamar con los nudillos en la luna que lo separaba de su chófer. Cuando volvió a coger el teléfono, Moscú ya había colgado.
Ashton apretó un botón, y la luna de separación bajó.
– Ya está bien de estas sacudidas, ¿no le parece? ¿Y por qué conduce tan de prisa? ¡Esto no es un circuito de carreras que yo sepa!
– ¡No, señor, pero bajamos una pendiente con bastante desnivel y no funcionan los frenos! Hago lo que puedo, pero le invito a abrocharse el cinturón, temo que tendré que saltar una zanja en cuanto me sea posible si quiero detener esta condenada berlina.
Ashton esbozó un gesto de irritación pero hizo lo que su chófer le había pedido. Éste consiguió tomar de manera razonable la siguiente curva, pero no tuvo más remedio que salirse de la carretera y meterse en un campo para evitar al camión que venía de frente.
Una vez detenida la berlina, el chófer abrió la puerta de sir Ashton y se disculpó por el contratiempo. No entendía nada, el coche acababa de pasar la revisión, había ido a recogerlo al taller justo antes de salir. Ashton le preguntó si tenía una linterna en el maletero, el chófer abrió la caja de herramientas y le tendió una en seguida.
– ¡Pues ¿a qué espera para ir a comprobar bajo el chasis lo que ha pasado?! -le espetó sir Ashton.
El chófer se quitó la chaqueta y obedeció. No era fácil meterse por debajo del vehículo, pero lo consiguió desde la parte trasera. Reapareció unos instantes después, manchado de barro de los pies a la cabeza, y anunció, muy incómodo y nervioso, que el cárter del circuito de frenos había sido perforado.
Ashton vaciló un momento, era impensable que alguien quisiera atentar contra su vida de manera tan deliberada y tan burda. Pero entonces se acordó de la fotografía que le había enseñado su jefe de seguridad. Sentado en su banco, Ivory parecía mirar fijamente a la cámara y, por si eso fuera poco, también sonreía.
París
Ivory hojeaba por enésima vez el libro que le había regalado su difunto adversario de ajedrez. Volvió a la portadilla y leyó una y otra vez la dedicatoria:
Sé que esta obra le gustará, no le falta nada puesto que lo tiene todo, hasta la prueba de nuestra amistad.
Su más entregado adversario de ajedrez,
Vackeers.
Ivory no entendía nada. Consultó la hora en su reloj y sonrió. Se puso la gabardina, se cubrió el cuello con una bufanda y bajó a dar su paseo nocturno a orillas del Sena.
Cuando llegó al Pont-Marie, llamó a Walter.
– ¿Ha intentado llamarme?
– Varias veces, pero sin éxito, ya pensaba que no iba a conseguir hablar con usted. Adrian me ha llamado desde Irkutsk, parece que han tenido algún contratiempo por el camino.
– ¿Qué clase de contratiempo?
– Bastante desagradable, puesto que han intentado asesinarlos.
Ivory contempló el río, tratando por todos los medios de conservar la calma.
– Tiene que conseguir que vuelvan -prosiguió Walter-, Al final va a terminar por ocurrirles algo, y yo nunca me lo perdonaría.
– Yo tampoco me lo perdonaría nunca, Walter. ¿Sabe si se han entrevistado con Egorov?
– Supongo que sí, iban a buscarlo cuando colgamos. Adrian parecía terriblemente preocupado. Si Keira no fuera tan decidida, seguramente habría dado marcha atrás.
– ¿Le ha dicho que tuviera intención de hacerlo?
– Sí, me ha dicho varias veces que eso es lo que quería hacer, y me ha costado mucho no animarlo en ese sentido.
– Walter, ya sólo es cuestión de días, de semanas como mucho, no podemos abandonar. Ahora no.
– ¿No tiene ninguna manera de protegerlos?
– Mañana mismo me pondré en contacto con Madrid, sólo ella puede tener cierta influencia sobre Ashton. No tengo la más mínima duda de que es él quien está detrás de este nuevo acto de barbarie. Me las he apañado para hacerle llegar un pequeño mensaje esta noche, pero no creo que sea suficiente.
– Entonces déjeme que le diga a Adrian que vuelva a Inglaterra, no esperemos hasta que sea demasiado tarde.
– Ya es demasiado tarde, Walter; ya se lo he dicho, no podemos abandonar ahora.
Ivory colgó. Enfrascado en sus pensamientos, se guardó la tarjeta del teléfono móvil en el bolsillo del abrigo y volvió a su casa.
Rusia
Un mayordomo entró en nuestra habitación y descorrió las cortinas. Hacía buen tiempo, la claridad del día nos deslumbró.
Keira escondió la cabeza bajo las sábanas. El mayordomo dejó una bandeja con el desayuno al pie de la cama y nos indicó que eran casi las once y que nos esperaban a mediodía en el vestíbulo con el equipaje hecho. Dicho esto, se retiró.
Vi reaparecer la frente de Keira y los ojos, que no se apartaban del cestito de bollería. Tendió el brazo, atrapó un croissant y se lo zampó en dos bocados.
– ¿No podríamos quedarnos aquí un par de días? -gimió tras tomarse el té que acababa de servirle.
– Volvamos a Londres, te invito una semana a un palacio… y no saldremos de la habitación.
– Ya no quieres seguir, ¿verdad? Con Egorov estamos a salvo -dijo, atacando un trozo de brioche.
– Me parece que haces mal en confiar tan pronto en este tipo. Ayer todavía ni lo conocíamos, y hoy ya nos hemos convertido en sus socios. No sé ni dónde vamos, ni lo que nos espera allí.
– Yo tampoco, pero siento que estamos cerca de nuestro objetivo.
– ¿De qué objetivo, Keira? ¿De las tumbas sumerias o de las nuestras?
– Vale -dijo, apartando las sábanas y levantándose de un salto-. ¡Volvamos a Inglaterra! Voy a explicarle a Egorov que renunciamos y, si sus guardaespaldas nos dejan salir, cogeremos un taxi en dirección al aeropuerto y, una vez allí, tomaremos el primer avión a Londres. Yo me daré una vueltecita por París para ir a apuntarme a las listas del paro. Por cierto… ¿en Inglaterra tenéis subsidios por desempleo?
– ¡No hace falta que te pongas en plan cínico! De acuerdo, sigamos la búsqueda, pero antes prométeme una cosa: si se nos presenta el más mínimo peligro, lo paramos todo.
– Defíneme lo que entiendes por peligro -dijo, y volvió a sentarse en la cama.
Tomé su rostro entre mis manos y le contesté:
– ¡Cuando alguien trata de asesinarte, estás en peligro! Sé que tu hambre de descubrimientos es más fuerte que nada, pero tienes que tomar conciencia de los riesgos a los que nos exponemos antes de que sea demasiado tarde.
Egorov nos esperaba en el vestíbulo de su casa. Llevaba una larga pelliza blanca y, en la cabeza, el típico gorro ruso de piel. Si mi deseo era conocer a Miguel Strogoff, se había cumplido. Nos dio gorros, guantes y sombreros, así como dos parkas forradas de piel, nada que ver con nuestros abrigos.
– Hace de verdad mucho frío allí donde vamos, equípense, salimos dentro de diez minutos, mis hombres se ocuparán de sus maletas. Síganme y bajemos al aparcamiento.
El ascensor se detuvo en la segunda planta, donde había aparcada toda una colección de vehículos que iba desde el cupé deportivo hasta la limusina presidencial.
– Veo que lo suyo no es sólo el comercio de antiguallas -le dije a Egorov.
– No, en efecto -contestó éste mientras me abría la puerta del coche.
Dos berlinas nos precedían y otras dos cerraban la marcha. Salimos a la calle a toda velocidad y el cortejo tomó por la carretera que bordeaba el lago.
– Si no me equivoco -dije un poco más tarde-, la Siberia occidental está a tres mil kilómetros de aquí, ¿ha previsto una paradita para ir al cuarto de baño, o vamos de un tirón?
Egorov le hizo una seña a su chófer, que frenó bruscamente. El ruso se volvió hacia mí.