– ¿Es tu forma de decirme que quieres que tengamos hijos?
Hotel Baltschug Kempinski
Al otro lado del puente que cruzaba el Moscova y llegaba hasta la plaza Roja, Moscú tomaba un té en compañía de una joven que no era su mujer. El vestíbulo del palacio estaba abarrotado. Los camareros de uniforme zigzagueaban entre los sillones, llevando bandejas con teteras y pastelitos a los turistas y los hombres de negocios que frecuentaban ese lugar, el más elegante y codiciado de toda la ciudad.
Un hombre se instaló en la barra y miró fijamente a Moscú a la espera de que su mirada se cruzara con la suya. Al verlo, éste se disculpó con su invitada y se reunió con él en el bar.
– ¿Qué hace aquí? -le preguntó, sentándose en el taburete de al lado.
– Siento mucho molestarle, señor. Esta mañana nos ha sido imposible intervenir.
– Son unos incapaces, le prometí a Londres que el asunto quedaría zanjado esta noche, pensaba que venía a decirme que estaban a bordo de un avión rumbo a Inglaterra.
– No hemos podido actuar porque han salido de la propiedad de Egorov muy bien escoltados antes de marcharse con él en helicóptero.
Moscú estaba furioso de sentirse tan impotente. Mientras Egorov y sus hombres protegieran a los dos científicos, le resultaba imposible intervenir sin provocar un baño de sangre.
– ¿Y adonde van con ese helicóptero?
– Egorov ha entregado esta mañana un plan de vuelo según el cual debían aterrizar en Lesosibirsk, pero el aparato se ha desviado de su ruta y poco después ha desaparecido de las pantallas de los radares.
– ¡Ojalá se haya estrellado!
– No es imposible, señor, ha habido una tormenta de nieve muy fuerte.
– Han podido aterrizar hasta que se alejara la tormenta.
– La tormenta se ha alejado, pero a ellos no los han vuelto a detectar los radares.
– Entonces eso quiere decir que el piloto se las ha agenciado para volar fuera del alcance de los radares y que los hemos perdido.
– No del todo, señor, se me ha ocurrido esta posibilidad: dos camiones cisterna con doce mil litros de carburante han salido de Pyt-Iakh a primera hora de la tarde y no han vuelto a su base hasta cuatro horas después. Si han efectuado el reabastecimiento del helicóptero de Egorov, ha tenido que ser a medio camino de Janty-Mansiisk, es decir, a exactamente dos horas de carretera de Pyt-Iakh.
– Eso no nos dice hacia dónde volaba ese helicóptero.
– No, pero he ido más allá en mis cálculos, el Mil Mi-26 (¡ene un radio de acción de seiscientos kilómetros, eso como máximo dados los vientos contrarios que se habrán encontrado por el camino. Desde que despegaron, han debido de trazar una línea recta hasta el lugar en que han aterrizado en ese lapso de tiempo. Si siguen en esa misma línea, y dado su radio de acción, llegarán justo antes de que anochezca a la república de los Komis, en algún lugar alrededor de Vuktyl.
– ¿Tiene la más remota idea de por qué van allí?
– Todavía no, señor, pero si han recorrido cerca de tres mil kilómetros en once horas de vuelo, deben de tener serias razones para hacerlo. Si mañana por la mañana despegamos de Ekaterimburgo a bordo de un Sikorsky, podremos iniciar rotaciones desde mediodía para localizarlos.
– No, procedamos de otra manera, sobre todo no deben localizarnos ellos a nosotros, huirían en seguida. Averigüe dónde han podido aterrizar. Que los cuerpos de policía locales interroguen a los lugareños, que averigüen si alguien ha visto u oído ese helicóptero. Cuando esté más informado, llámeme al móvil, incluso en mitad de la noche si es necesario. Prepare también una unidad de intervención: si esos imbéciles han ido a esconderse en un rincón lo suficientemente aislado, entonces podremos intervenir sin reservas.
Yacimiento de Man-Pupu-Nyor
El piloto anunció que estábamos aproximándonos. Volvimos a nuestros asientos, y el copiloto a su puesto, pero Egorov nos invitó a levantarnos para descubrir a través de la carlinga lo que se perfilaba a lo lejos.
Al norte de los Urales, en una altiplanicie que se confunde con la línea del horizonte, se yerguen siete colosos de piedra. Parecen gigantes que se hubieran detenido mientras caminaban. La naturaleza, según dicen, los ha moldeado durante doscientos millones de años, ofreciéndonos uno de los legados geológicos más impresionantes del planeta. Los siete colosos no impresionan sólo por su tamaño, sino también por la manera en que están dispuestos. Seis tótems en semicírculo, de cara hacia un séptimo, de frente a ellos. En esta época del año llevan un grueso manto blanco que parece protegerlos del frío.
Me volví hacia Egorov, que estaba visiblemente emocionado.
– Ya no pensaba volver nunca -dijo en voz baja-. Tengo muchos recuerdos aquí.
El helicóptero iba perdiendo altitud. Grandes volutas de nieve se elevaban a medida que nos íbamos acercando al suelo.
– En mansi, Man-Pupu-Nyor significa «la pequeña montaña de los dioses» -prosiguió Egorov-. Antiguamente, el acceso a este yacimiento estaba reservado únicamente a los chamanes del pueblo mansi. Hay muchas leyendas acerca de Los Siete Gigantes de los Urales. La más extendida cuenta que estalló una discusión entre un chamán y seis colosos que surgieron del infierno para cruzar la cordillera. El chamán los transformó en esos monstruos de piedra, pero su hechizo lo afectó a él también: quedó prisionero en el interior del séptimo bloque de piedra, el que está frente a los demás. En invierno, la altiplanicie resulta inaccesible sin un entrenamiento de alto nivel, a menos que se llegue por el aire.
El helicóptero se posó en el suelo, el piloto detuvo las turbinas, y ya no se oía más que el silbido del viento que azotaba la carlinga.
– Vamos -ordenó Egorov-, no tenemos tiempo que perder.
Sus hombres desataron las correas que amarraban las grandes cajas de la bodega y empezaron a abrirlas. Las dos primeras contenían seis motos de nieve, cada una con capacidad para tres pasajeros. Otras contenían enganches cubiertos por gruesas telas impermeables. Cuando la puerta de la bodega se abrió hacia atrás, un viento gélido penetró en el habitáculo. Egorov nos indicó con un gesto que nos diéramos prisa, cada uno tenía que estar en su puesto si queríamos tener montado el campamento antes de que anocheciera.
– ¿Sabe conducir estas máquinas? -me preguntó.
Yo había cruzado Londres en moto, desde luego… pero de paquete. Con un esquí y una oruga, la estabilidad sólo podía verse reforzada. Contesté que sí con la cabeza. Egorov debía de dudar de mi capacidad pues levantó los ojos al cielo en un gesto de exasperación cuando me puse a buscar en un lado de la moto el pedal para arrancar el motor. Tuvo que enseñarme dónde estaba la palanca eléctrica que servía para tal fin.
– En estas máquinas no hay posición neutra ni embrague, y no se acelera girando el manillar sino apretando la palanca que se encuentra bajo el freno. ¿Está seguro de que sabe conducir?
Asentí con la cabeza y le indiqué a Keira que montara conmigo. Mientras yo patinaba sobre la nieve -necesité un ratito para familiarizarme con ese artilugio-, los equipos de Egorov iban instalando el sistema de iluminación, que delimitaba el perímetro de nuestro campamento. Cuando encendieron los dos grandes grupos electrógenos, una gran parte de la meseta se iluminó, como si estuviéramos a plena luz del día. Tres hombres llevaban a la espalda unas bombonas unidas a unas pértigas que pulverizaban grandes lenguas de fuego. En tiempos de guerra los habría considerado lanzallamas, pero Egorov los llamaba «calentadores». Los hombres barrieron el suelo con ayuda de esas potentes antorchas. Una vez reblandecido el hielo, levantaron una decena de barracones perfectamente alineados. Estaban hechos de un material isotermo de color gris, por lo que todo el campamento muy pronto adquirió la apariencia de una base lunar. En un entorno que le era del todo extraño, Keira no tardó sin embargo en mostrar sus reflejos de arqueóloga. Uno de los refugios serviría de laboratorio. En seguida se puso a organizar sus herramientas, mientras los dos hombres que Egorov le había asignado como ayudantes vaciaban cajas que contenían más material del que ella había visto nunca. Me encomendaron la tarea de colocación, las inscripciones estaban en caracteres cirílicos, pero yo me las apañaba como podía, haciendo oídos sordos a los reproches que caían sobre mí cuando guardaba una paleta en el cajón reservado a las espátulas.