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A las nueve de la noche, Egorov apareció en nuestro barracón y nos invitó a ir al comedor. Mi amor propio se vio seriamente tocado cuando constaté que, mientras yo estaba ocupado en guardar el contenido de diez cajas a lo sumo, el cocinero había logrado montar una cocina de campaña digna de una instalación militar.

Nos sirvieron una comida caliente. Los hombres de Egorov hablaban entre ellos sin prestarnos ninguna atención. Cenamos en la mesa del jefe, la única en la que en vez de cerveza había vino tinto de gran calidad. A las diez volvimos al trabajo. Siguiendo las instrucciones de Keira, una decena de hombres cuadricularon el terreno de excavaciones. A medianoche se oyó el tañido de una campana: fin de las primeras operaciones, el campamento estaba operativo, todo el mundo se fue a la cama.

Keira y yo disfrutábamos de dos catres de campaña situados aparte de los demás en el fondo de un barracón que contenía otros diez. Sólo Egorov tenía derecho a una tienda individual.

Se instaló el silencio, interrumpido por los ronquidos de los hombres, que se durmieron en seguida. Vi a Keira levantarse y venir hacia mí.

– Hazme sitio -murmuró, metiéndose dentro de mi saco de dormir-, vamos a darnos calor.

Se quedó dormida, agotada por todo el esfuerzo que acabábamos de hacer.

El viento soplaba cada vez más fuerte, inflando de vez en cuando las paredes de lona de nuestra tienda.

Hotel Baltschug Kempinski

Una lucecita azul parpadeaba sobre la mesita de noche. Moscú cogió su teléfono móvil y contestó a la llamada.

– Los hemos localizado.

La joven que dormía a su lado se giró en la cama, y su mano se posó sobre el rostro de Moscú. Éste la apartó, se levantó y fue al saloncito de la suite que ocupaba con su amante.

– ¿Cómo quiere que procedamos? -preguntó su interlocutor.

Moscú cogió una cajetilla de cigarrillos abandonada sobre el sofá, encendió uno y se acercó a la ventana. El agua del río ya debía de estar helada, pero el invierno aún no había apresado al Moscova.

– Organicen una operación de salvamento -contestó Moscú-. Dígales a sus hombres que los dos occidentales a los que tienen que liberar son dos científicos muy reconocidos y que su misión consiste en recuperarlos sanos y salvos. Que se muestren sin piedad para con los secuestradores.

– Un plan muy astuto. ¿Y en cuanto a Egorov?

– Si sobrevive al asalto, mejor para él; en caso contrario, que lo entierren con sus compinches. No dejen ninguna huella tras de ustedes. En cuanto los objetivos estén en un lugar seguro, me reuniré con usted. Trátenlos con consideración, pero que nadie hable con ellos antes de que yo llegue, y he dicho: «Nadie.»

– El territorio en el que tenemos que intervenir es particularmente hostil. Necesito tiempo para preparar una operación de tal envergadura.

– Reduzca ese tiempo a la mitad y llámeme cuando todo haya terminado.

Man-Pupu-Nyor

Primer amanecer, la tormenta había cesado en mitad de la noche. El suelo estaba cubierto de nieve. Keira y yo salimos de nuestra tienda, vestidos como esquimales. Tan sólo nos separaban unos metros del comedor, pero cuando llegamos tenía la impresión de haber quemado ya todas las calorías acumuladas durante la noche. Hacía un frío polar. Egorov nos aseguró que, pocas horas más tarde, el aire sería más seco, y la quemazón del frío no se notaría tanto. En cuanto terminó de desayunar, Keira se puso manos a la obra, y yo la acompañé en su trabajo. Tenía que adaptarse a esas condiciones tan extremas. Uno de los hombres de Egorov le hacía las veces de capataz y de intérprete. Hablaba un inglés relativamente bueno. El terreno de excavaciones ya estaba delimitado. Keira lanzó una mirada en derredor y observó con atención los colosos de piedra. Era cierto que esos gigantes eran impresionantes. Me preguntaba si la naturaleza era la única responsable de las formas que habían adoptado. Doscientos millones de años durante los cuales la lluvia y el viento no habían dejado de esculpirlos.

– ¿Crees de verdad que hay un chamán atrapado dentro? -me preguntó Keira, acercándose al tótem solitario.

– ¿Quién sabe…? -le contesté-. Nunca sabemos qué parte de verdad hay en las leyendas.

– Tengo la sensación de que nos observan.

– ¿Los gigantes?

– ¡No, los hombres de Egorov! Parece que no nos prestaran atención, pero me doy cuenta de que nos vigilan por turnos. Qué tontería, ¿dónde quieren que vayamos?

– Eso es exactamente lo que me preocupa, estamos en libertad condicional en medio de este paisaje hostil y dependemos por completo de tu nuevo amiguito. Si encontramos el fragmento que estamos buscando, ¿qué nos asegura que no nos lo quitará para luego abandonarnos aquí?

– No le interesa nada hacer eso, necesita nuestra credibilidad científica.

– Siempre y cuando sus motivaciones sean de verdad las que nos ha dicho.

Cambiamos de tema pues Egorov venía hacia nosotros.

– He repasado mis apuntes de entonces, tendríamos que encontrar las primeras tumbas en esta zona -dijo, señalando el espacio comprendido entre los dos últimos gigantes de piedra-. Empecemos a excavar, no tenemos mucho tiempo.

O la memoria de Egorov era muy viva, o sus antiguos apuntes, muy buenos. A mediodía, sin ir más lejos, las excavaciones sacaron a la luz un primer descubrimiento que dejó a Keira sin palabras.

Llevábamos toda la mañana removiendo la tierra y despejando el terreno en una profundidad de ochenta centímetros más o menos, cuando de pronto aparecieron a la vista de todos los vestigios de una sepultura. Keira rastrilló el suelo, revelando un pedazo de tela negra. Extrajo unas cuantas fibras con ayuda de unas pequeñas pinzas y las metió en tres tubos de cristal que tapó en seguida. Luego prosiguió su trabajo, apartando el hielo con minuciosidad. Un poco más lejos, los hombres de Egorov repetían sus mismos gestos.

– ¡Si de verdad son sumerios, es un hallazgo fabuloso! -exclamó, incorporándose-. Un grupo entero de sumerios al noroeste de los Urales. ¿Eres consciente, Adrian, del alcance de este descubrimiento? Y su estado de conservación es excepcional. Vamos a poder estudiar cómo se vestían y lo que comían.

– ¡Creía que habían muerto de hambre!

– Sus órganos resecos nos revelarán los restos de bacterias ligadas a su alimentación, y sus huesos, las marcas de las enfermedades que los aquejaban.

Huí de esas explicaciones tan poco agradables para ir a buscar un termo con café. Keira se calentó los dedos con la taza, llevaba dos horas seguidas trabajando en el hielo. Le dolía la espalda, pero volvió a arrodillarse y de nuevo se puso manos a la obra.

Al final del día habían aparecido once tumbas. Los cuerpos que contenían estaban momificados por el frío, por lo que no tardó en plantearse la cuestión de su conservación. Keira sacó el tema a la hora de la cena, mientras hablaba con Egorov.

– ¿Qué piensa hacer para preservarlos?

– Por ahora, con estas temperaturas no hay ningún peligro. Los vamos a dejar en una tienda sin calefacción. Dentro de dos días haré que me envíen por helicóptero contenedores estancos y llevaremos dos de los cuerpos a Pechora. Pienso que es importante que permanezcan en la república de los Komis. No hay motivo alguno para que los miembros de la Academia de Moscú se hagan con ellos; si quieren verlos, que se desplacen hasta aquí.