– Creo que estoy maldita -dijo.
– No es más que una tormenta de nieve. En pleno invierno y en mitad de Siberia no creo que pueda hablarse de una maldición. Estoy seguro de que mañana el tiempo mejorará.
– Egorov me ha dado a entender que esto podría durar varios días -se lamentó Keira, de pésimo humor.
– Tienes muy mala cara, deberías descansar, y aunque esta tormenta durara cuarenta y ocho horas, no es el fin del mundo. Los hallazgos que has hecho esta mañana son de un valor incalculable.
– ¿Por qué siempre te excluyes? Sin ti no estaríamos aquí, y nada de lo que hemos vivido habría ocurrido.
Pensé en todo cuanto había sucedido en las últimas semanas, y ese comentario, tan generoso por su parte, me dejó perplejo. Keira se acurrucó contra mí. Me quedé mucho tiempo despierto, escuchando su respiración. Fuera, los embates del viento redoblaban su fuerza, pero yo bendecía en secreto el mal tiempo por la tregua que nos imponía y por esos pocos momentos de intimidad que nos regalaba.
El día siguiente fue casi tan negro como la noche. La tormenta era más intensa aún. Era impensable ya salir de la tienda sin atarnos los unos a los otros con cuerdas. Para llegar hasta el comedor, había que caminar a la luz de una potente linterna y luchar contra borrascas de una violencia inaudita. Al final de la tarde Egorov nos informó de que lo peor había pasado. La depresión no se extendía más allá de la región en la que nos encontrábamos, y los vientos del norte no tardarían en arrastrarla consigo. Esperaba poder reanudar la búsqueda al día siguiente. Keira y yo tratábamos de calcular la cantidad de nieve que tendríamos que despejar antes de progresar de nuevo. No había otra cosa que hacer para matar el tiempo que jugar a las cartas. Keira abandonó varias veces la partida para ir a comprobar la evolución de la tormenta, y la veía volver cada vez igual de intranquila.
A las seis de la mañana me despertó un ruido de pasos muy cerca de donde nosotros dormíamos. Me levanté sin ruido, bajé con cuidado la doble cremallera de la tienda y asomé la cabeza por la abertura. La tormenta había dejado paso a una nieve fina que caía bajo un cielo gris. Dirigí la mirada hacia los colosos de piedra que por fin volvían a aparecer a la luz del alba. Pero otra cosa atrajo mi atención, algo de lo que hubiera preferido no ser jamás testigo. Al pie del gigante de piedra solitario que supuestamente albergaba el cuerpo de un antiguo chamán yacía el de uno de mis contemporáneos en medio de un charco de sangre que manchaba la nieve.
Surgiendo de la pared montañosa con agilidad pasmosa, unos treinta individuos vestidos con monos blancos avanzaban hacia nosotros, rodeando el campamento. Uno de nuestros guardaespaldas salió, y lo vi detenerse: una bala que impactó contra su pecho frenó en seco su marcha. Tuvo el tiempo justo de disparar un tiro antes de desplomarse en el suelo.
Ese tiro dio la alerta. Disparos de precisión casi militar sorprendieron uno a uno a los hombres de Egorov, que salieron corriendo de sus tiendas. Fue una hecatombe. Los que aún seguían a cubierto habían tomado posición y contraatacaban con fusiles de percusión cuyo alcance no parecía muy eficaz. El combate continuaba, nuestros asaltantes ganaban terreno, se acercaban a nosotros reptando. Nuestras balas alcanzaron a dos de ellos.
Los disparos habían despertado a Keira, que se incorporó de un salto en su catre y vio la palidez de mi rostro. Le ordené que se vistiera inmediatamente. Mientras se ponía los zapatos, calibré nuestra situación: no había escapatoria, era imposible huir por detrás, la lona de nuestra tienda estaba clavada en el suelo con demasiada fuerza. Cediendo al pánico, cogí una pala y me puse a cavar. Keira se acercó al hueco que había dejado abierto en la entrada de la tienda, pero me volví y tiré de ella violentamente hacia el interior.
– ¡Tiran a quemarropa sobre todo lo que se mueve, aléjate de las paredes de la tienda y ayúdame!
– Adrian, el hielo está duro como una piedra, pierdes el tiempo. ¿Quiénes son estos tipos?
– No tengo ni idea, ¡no han tenido la cortesía de presentarse antes de ametrallarnos!
Nueva serie de disparos, esta vez en ráfagas. No aguantaba más aquella impotencia, así que hice justamente lo que acababa de prohibirle a Keira. Cuando volví a asomar la cabeza fuera, fui testigo de una verdadera carnicería. Los hombres de blanco se acercaron a una tienda y deslizaron a ras de suelo un cable que les permitía ver lo que sucedía en el interior; unos segundos más tarde, vaciaron los cargadores a través de la lona y luego pasaron a la tienda siguiente.
Cerré la cremallera, me acerqué a Keira y me acurruqué sobre su cuerpo para protegerla lo mejor que pude.
Ella levantó la cabeza, esbozó una sonrisa triste y me besó en los labios.
– Es muy caballeroso por tu parte, amor mío, pero temo que no sirva de mucho. Te quiero y no me arrepiento de nada -dijo, y me besó otra vez.
No había otra cosa que hacer más que esperar nuestro turno. La estreché entre mis brazos y le murmuré que yo tampoco me arrepentía de nada. Nuestras confidencias amorosas quedaron interrumpidas por la irrupción brutal de dos hombres armados con fusiles de asalto. Abracé a Keira con más fuerza y cerré los ojos.
Puente de Luzhkov
El canal Vodootvodny estaba helado. Una decena de patinadores lo recorría, deslizándose de prisa sobre su gruesa capa de hielo. Moscú iba a pie a su despacho. Un Mercedes negro lo seguía a distancia. Cogió su móvil y llamó a Londres.
– La intervención ha terminado -dijo.
– Tiene la voz rara, ¿ha ido todo como esperábamos?
– No del todo, las condiciones eran difíciles.
Ashton contuvo el aliento a la espera de que su interlocutor le contara lo que había ocurrido.
– Temo -añadió Moscú- tener que rendir cuentas antes de lo previsto. Las unidades de Egorov se defendieron con valentía, hemos perdido hombres.
– ¡Me traen sin cuidado sus hombres! -replicó Ashton-, ¡Dígame qué ha sido de nuestros científicos!
Moscú colgó y llamó a su chófer. El automóvil llegó a su altura, el guardaespaldas bajó y le abrió la puerta. Moscú se instaló en el asiento de atrás del vehículo, que se alejó a toda velocidad. El teléfono del coche sonó varias veces, pero Moscú no quiso contestar a la llamada.
Tras una breve parada en su despacho, pidió a su chófer que lo llevara al aeropuerto de Sheremetyevo, donde un avión privado lo esperaba delante de la terminal de vuelos de negocios; el coche cruzó la ciudad, con la sirena a todo volumen, abriéndose paso entre el atasco. Moscú suspiró y consultó su reloj: tardaría tres horas en llegar a Ekaterimburgo.
Man-Pupu-Nyor
Los hombres que habían irrumpido en nuestra tienda nos arrastraron precipitadamente al exterior. La meseta de Los Siete Gigantes de los Urales estaba cubierta de cuerpos ensangrentados. Tan sólo Egorov parecía haber sobrevivido al ataque: yacía boca abajo, atado de pies y manos. Seis hombres armados con fusiles en bandolera lo vigilaban. Levantó la cabeza para dirigirnos una última mirada, pero al instante recibió una violenta patada en la nuca. Oímos el ruido sordo de un rotor, la nieve se elevó delante de nosotros, y vimos aparecer en una ladera de la montaña la carlinga de un potente helicóptero que se alzaba en vertical desde la pared nevada. Se posó a pocos metros de nosotros. Los dos asaltantes que nos escoltaban nos dieron unas palmaditas cordiales en la espalda y nos llevaron corriendo hasta el aparato. Cuando nos estaban subiendo a bordo, uno de ellos nos hizo un gesto, con el pulgar hacia arriba, como para felicitarnos de algo. La puerta se cerró y el helicóptero despegó en seguida. El piloto dio una vuelta por encima del campamento y Keira se inclinó hacia la ventanilla para lanzar una última mirada.