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– ¿Qué piensa hacer?

– Por ahora, nada, y ni una palabra sobre lo que ha visto esta noche. Es demasiado pronto. Si avisamos a los demás, cada uno se pondrá a intrigar por su cuenta, como ya ocurrió en el pasado, y ya nadie confiará en nadie. Sé que puedo contar con Madrid. Y usted, Roma, ¿de qué lado estará?

– Por ahora, me parece que estoy a su izquierda, lo que en parte debería responder a su pregunta, ¿no?

– Tenemos que localizar cuanto antes a ese astrofísico. Apuesto a que ya no está en Grecia.

– Vaya a interrogar a su amigo. Si le aprieta las tuercas, quizá desembuche.

– Sospecho que él tampoco sabe mucho más que nosotros, debe de haberle perdido el rastro. Estaba distraído, pensando en otra cosa. Lo conozco desde hace demasiado tiempo como para no darme cuenta de las cosas, tiene que estar tramando algo. ¿Sigue teniendo acceso a sus contactos en China? ¿Puede recurrir a ellos?

– Todo depende de lo que se espere de ellos y de lo que estemos dispuestos a darles a cambio.

– Trate de enterarse de si nuestro querido Adrian ha aterrizado hace poco en Pekín, si ha alquilado un coche y si, por suerte para nosotros, ha utilizado su tarjeta de crédito para sacar dinero, pagar la factura de un hotel o lo que sea.

No volvieron a intercambiar palabra. París estaba desierto y Lorenzo dejó a Vackeers diez minutos más tarde delante del hotel Montalembert.

– Haré lo que pueda con los chinos, pero yo también voy a querer algo a cambio -dijo al tiempo que aparcaba el coche.

– Esperemos a ver los resultados antes de entregarme la factura, mi querido Roma. Hasta pronto y gracias por el paseo.

Vackeers se apeó del Citroën y entró en el hotel. Le pidió la llave al empleado de la recepción, éste se inclinó detrás de su mostrador y le entregó también un sobre.

– Han dejado esta carta para usted, señor.

– ¿Cuánto hace de eso? -preguntó Vackeers, extrañado.

– Me la ha entregado un taxista hará apenas unos minutos.

Intrigado, Vackeers se alejó hacia el ascensor. Esperó a estar en su suite, en la cuarta planta del hotel, para abrir la carta.

Querido amigo:

Por desgracia, me temo que no podré aceptar su amable invitación para reunirme con usted en Amsterdam. No es que no tenga ganas de visitarlo, ni de resarcirlo por mi comportamiento de esta noche en nuestra partida de ajedrez, pero como bien sospechaba usted, hay ciertos asuntos que me retienen en París.

Espero no obstante volver a verlo muy pronto. De hecho, estoy convencido de que así será.

Suyo afectísimo,

Ivory

P. S.: En cuanto a mi pequeño paseo nocturno, me tenía usted acostumbrado a algo más de discreción. ¿Quién fumaba a su lado en ese bonito Citroën negro, o tal vez fuera azul marino? Cada día veo peor…

Vackeers volvió a doblar la carta y no pudo contener una sonrisa. Se le hacía pesada tanta monotonía. Lo sabía, esta operación sería probablemente la última de su carrera, y la idea de que Ivory hubiera encontrado el modo, fuese cual fuera, de volver a poner las cosas en marcha no le disgustaba en absoluto, al contrario. Vackeers se sentó ante el pequeño escritorio de su suite, descolgó el auricular y marcó un número de teléfono en España. Pidió disculpas a Isabel por molestarla a una hora tan tardía, pero tenía motivos para pensar que había ocurrido algo nuevo e inesperado, y lo que quería decirle no podía esperar hasta el día siguiente.

Mianyang, China

Me he despertado muy temprano por la mañana. La anciana que me ha velado toda la noche está dormida en un gran sillón. Aparto la manta con la que me ha tapado y me incorporo. La mujer abre los ojos, me dirige una mirada afectuosa y se lleva el dedo a los labios, como para pedirme que no haga ruido. Luego se levanta y va a buscar una tetera. Un biombo separa la habitación en la que estamos del restaurante. A mi alrededor, descubro al resto de los miembros de la familia, que duermen sobre colchones en el sucio. Junto a la única ventana de la habitación hay dos hombres de unos treinta años. Reconozco al que me sirvió la cena anoche, y el otro debe de ser su hermano, que estaba ocupado en los fogones. Su hermana pequeña, de unos veinte años, sigue durmiendo en un camastro junto a la estufa de carbón; el marido de mi anfitriona improvisada descansa tendido sobre una mesa, con una almohada bajo la cabeza y una manta que lo cubre hasta los hombros. Lleva un jersey y una chaqueta de lana gruesa. Yo ocupo el sofá cama que la pareja abre cada noche para dormir en él. Cada noche, esta familia aparta unas cuantas mesas del restaurante para transformar la sala interior en dormitorio. Me da un apuro tremendo haber irrumpido así en su intimidad, si es que se puede hablar de intimidad en esas condiciones. ¿Quién, donde yo vivo en Londres, habría renunciado así a su cama para cedérsela a un desconocido, y encima extranjero?

La anciana me sirve un té ahumado. Sólo podemos comunicarnos por gestos.

Cojo la taza y salgo sin hacer ruido. Ella cierra el biombo detrás de mí.

El paseo está desierto, avanzo hasta el parapeto que bordea el río y contemplo la corriente que fluye hacia el oeste. Las aguas están envueltas en una bruma matinal. Una pequeña embarcación similar a un junco se desliza despacio por ellas. Desde la proa, el barquero me hace un gesto de saludo, que me apresuro a devolverle.

Tengo frío, me meto las manos en los bolsillos y siento la fotografía de Keira bajo mis dedos.

¿Por qué se me viene a la mente, en ese momento preciso, la memoria de nuestra noche en Nebra? Recuerdo esa noche que pasamos juntos, una noche desde luego movidita, pero que nos acercó tanto.

Un poco más tarde me marcharé al monasterio de Garther, no sé cuánto tardaré en llegar, ni cómo conseguiré entrar, pero qué importa, es la única pista que tengo para encontrarte… si todavía estás viva.

¿Por qué me siento tan débil?

Una cabina telefónica en el paseo, a pocos pasos de mí. Tengo ganas de oír la voz de Walter. La cabina tiene un aire kitsch de los años setenta. El aparato acepta tarjetas de crédito. Nada más marcar el número, oigo la señal de que la línea está ocupada; debe de ser imposible llamar a un país extranjero desde ese lugar. Tras dos nuevos intentos, al final renuncio.

Es hora de dar las gracias a la familia que me ha cuidado, pagar la cuenta de la cena de anoche y reemprender camino. No quieren que les pague, les doy las gracias mil veces y me despido de ellos.

Un poco antes de mediodía llego por fin a Chengdu. Es una gran urbe con mucha contaminación, una ciudad agitada y agresiva. Sin embargo, entre los rascacielos y los grandes complejos inmobiliarios, todavía siguen en pie algunas casitas pequeñas y destartaladas. Busco cómo llegar hasta la estación de autobuses.

Jinli Street, lugar de reunión de todos los turistas; quizá tenga la suerte de cruzarme con algún compatriota que pueda indicarme.

En el parque Nanjiao la flora es hermosa, unas barcas como de otra época navegan apaciblemente en un lago a la sombra de melancólicos sauces.

Me fijo en una pareja joven cuyo aspecto me hace pensar que pueden ser americanos. Son estudiantes y me explican que han venido a mejorar su formación en Chengdu en el marco de un programa universitario de intercambio.

Encantados de oír a alguien que habla su lengua, me indican que la estación se encuentra en el otro extremo de la ciudad. La joven saca un cuaderno de su mochila y redacta una nota que luego me entrega. Su caligrafía china es perfecta. Aprovecho para pedirle que me escriba también el nombre del monasterio de Garther.

Había dejado mi todoterreno en un aparcamiento a cielo abierto. Dentro está la ropa que me dio el lama, así que me cambio en el interior del vehículo y meto en una bolsa un jersey y unos cuantos efectos personales más. Decido dejar ahí el 4 x 4 y cojo un taxi.