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– Ahora no caigo, teníamos tantas cosas en común, ¿cómo elegir un solo recuerdo entre tantos…? No sé, intente a ver «Ajedrez».

De nuevo leímos «comando desconocido» en la pantalla.

– Vuelva a intentarlo -insistió Keira-, piense en algo más sofisticado, algo que sólo supieran ustedes dos.

Ivory empezó a recorrer la sala de un lado a otro, con las manos en la espalda, mascullando en voz baja.

– Bueno, estaba esa partida que habremos jugado cien veces…

– ¿Qué partida? -pregunté yo.

– Un célebre combate que enfrentó a dos grandes jugadores en el siglo XVIII, François André Danican Philidor contra el capitán Smith. Philidor era un soberbio maestro en el arte del ajedrez, probablemente el más grande de su época. Publicó un libro, Análisis del juego del ajedrez, que durante mucho tiempo se consideró una referencia en la materia. Pruebe a teclear su nombre.

El acceso al ordenador de Vackeers seguía estándonos vetado.

– Hábleme de ese Danican Philidor -le pidió Keira.

– Antes de afincarse en Inglaterra -prosiguió Ivory-, jugaba en Francia en el café de la Regencia, que era el lugar donde se daban cita los mejores jugadores de ajedrez.

Keira tecleó «Regencia» y «café de la Regencia»… pero no ' ocurrió nada.

– Era discípulo del señor de Kermeur -añadió Ivory.

Keira tecleó «Kermeur», una vez más sin éxito.

De nuevo, la pantalla volvió a denegarnos el acceso. Ivory levantó de pronto la cabeza.

– Philidor se hizo famoso al vencer al sirio Felipe Stamma, no, espere, adquirió definitivamente su notoriedad cuando ganó un torneo en el que jugó con los ojos vendados en tres tableros a la vez y contra tres adversarios diferentes. Realizó esa hazaña en el club de ajedrez de Saint-James Street, en Londres.

Keira tecleó «Saint-James Street», pero fue un nuevo fracaso.

– Quizá no sea ésa la pista adecuada, tal vez deberíamos interesarnos por ese tal capitán Smith, ¿qué me dice? O, no sé… ¿Cuáles son las fechas de nacimiento y de muerte de ese Philidor del que me habla?

– No estoy seguro, a Vackeers y a mí sólo nos interesaba su carrera como jugador de ajedrez.

– ¿Cuándo tuvo lugar exactamente esa partida entre el capitán Smith y su amigo Philidor? -pregunté yo.

– El 13 de marzo de 1790.

Keira tecleó la secuencia de cifras «13031790». Nos quedamos atónitos. Un antiguo mapa celeste apareció en la pantalla. A juzgar por su grado de precisión y los errores que veía, debía de ser del siglo XVII o XVIII.

– Esto es increíble -exclamó Ivory.

– Es un grabado sublime -dijo Keira-, pero sigue sin indicarnos dónde está lo que buscamos.

El hombre del traje oscuro levantó la cabeza.

– Es el mapa grabado en el suelo de mármol del vestíbulo del palacio, en la planta baja -dijo, y se acercó a la pantalla-. Bueno, salvo por unos detalles, se le parece mucho.

– ¿Está seguro? -le pregunté.

– Habré pasado por encima más de mil veces. Hace diez años que estoy al servicio del señor Vackeers, y siempre me citaba en su despacho de la primera planta.

– ¿Y en qué se diferencia este mapa del otro, el del vestíbulo? -quiso saber Keira.

– No son los mismos dibujos exactamente -nos dijo-; las líneas que unen las estrellas entre sí no están colocadas de la misma manera.

– ¿Cuándo se construyó este palacio? -pregunté.

– Se terminó de construir en 1655 -contestó el hombre del traje oscuro.

Keira tecleó en seguida las cuatro cifras. El mapa de la pantalla se puso a dar vueltas y oímos un ruido sordo que parecía venir del techo.

– ¿Qué hay encima de nosotros? -preguntó Keira.

– La Burgerzaal, la gran sala donde están grabados los mapas en el suelo de mármol -respondió el secretario.

Nos precipitamos los cuatro hacia la puerta. El hombre del traje oscuro nos rogó prudencia mientras corríamos por el dédalo de vigas, a escasos centímetros del canal subterráneo. Cinco minutos más tarde llegamos al vestíbulo del palacio de Dam. Keira se precipitó hacia el mapa grabado en el suelo que representaba la bóveda celeste. Efectuaba una lenta rotación en sentido contrario a las agujas del reloj. Tras describir un semicírculo, se detuvo. De pronto, la parte central se elevó unos pocos centímetros por encima de la losa. Keira metió la mano en el intersticio que había aparecido y, con un gesto triunfal, sacó el tercer fragmento, semejante a los otros dos que ya obraban en nuestro poder.

– Se lo pido por favor -nos dijo el hombre del traje osscuro-, hay que volver a dejar todo esto como estaba. ¡Si mañana, cuando abran las puertas del palacio, descubren el vestíbulo en este estado, sería trágico para mí!

Pero a nuestro guía no le duró mucho tiempo la preocupación. Apenas había terminado de hablar cuando la tapa de la cavidad secreta volvió a su enclave, el mapa empezó a girar en sentido contrario y recuperó su posición original.

– Y ahora -dijo Ivory-, ¿dónde está el cuarto fragmento que han traído de Rusia?

Keira y yo intercambiamos una mirada; ambos nos sentíamos violentos.

– No querría en modo alguno aguarles la fiesta -insistió el hombre del traje oscuro-, pero si pudieran hablar de todo esto fuera del palacio, me vendría muy bien. Todavía tengo que ir a cerrar el despacho del señor Vackeers. Los guardias van a empezar su ronda y ahora ya sí que tienen que marcharse, por favor.

Ivory cogió a Keira del brazo.

– Tiene razón -dijo-, salgamos de aquí, tenemos toda la noche para hablar.

De vuelta en el hotel Krasnapolsky, Ivory nos pidió que lo siguiéramos hasta su habitación.

– Me han mentido, ¿verdad? -dijo tras cerrar la puerta-. Oh, por favor, no me tomen por tonto, he visto la cara que han puesto hace un momento. No han podido traer de Rusia el cuarto fragmento.

– Pues no, no hemos podido -contesté enfadado-. Y eso que sabíamos dónde se encontraba, estábamos incluso a pocos metros, pero como nadie nos había avisado de lo que nos esperaba, como usted se cuidó muy mucho de advertirnos del ensañamiento de los que nos persiguen desde que nos lanzó sobre la pista de estos fragmentos… ¡Por poco nos matan, no querrá encima que me disculpe!

– ¡Son los dos unos irresponsables! Al venir aquí me han hecho mover un peón, que no debía avanzar más que como última opción. ¿Acaso creen que nuestra visita pasará inadvertida? El ordenador en el que nos hemos introducido pertenece a una red de las más sofisticadas. A estas horas decenas de informáticos habrán advertido a su responsable de división de que el terminal de Vackeers se ha encendido solo en plena noche, ¡y dudo mucho que crean que es cosa de fantasmas!

– Pero ¡¿quién es esa gente, maldita sea?! -le grité a Ivory a la cara.

– Calma los dos, no es momento ahora de arreglar cuentas -intervino Keira-, Intercambiar gritos e insultos no sirve de nada. No le hemos mentido del todo, fui yo quien convenció a Adrian de que lo engañáramos. Tengo la esperanza de que tres fragmentos basten para revelarnos lo que necesitamos para progresar en nuestra investigación, así que en lugar de perder el tiempo en discusiones inútiles, ¿qué tal si los reunimos?

Keira se quitó el colgante, yo me saqué mi fragmento del bolsillo, abrí el pañuelo con el que lo había protegido, y los juntamos con el que habíamos descubierto bajo la losa del palacio de Dam.

Fue para los tres una decepción inmensa pues no ocurrió nada. La luz azulada que tanto esperábamos ver no apareció. Peor todavía, la atracción magnética que hasta entonces unía entre sí los dos primeros fragmentos parecía haberse desvanecido. Ni siquiera se soldaron los unos a los otros. Los objetos estaban inertes.

– ¡Pues sí que estamos apañados! -masculló Ivory.

– ¿Cómo es posible? -se extrañó Keira.

– Supongo que, a fuerza de manipularlos, hemos terminado por agotar su energía -dije yo.