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Ivory se retiró a su habitación dando un portazo y nos dejó a los dos solos en el saloncito de su suite.

Keira recogió los tres fragmentos y me sacó de la habitación.

– Tengo hambre -me dijo en el pasillo-, ¿restaurante o servicio de habitaciones?

– Servicio de habitaciones -contesté yo sin vacilar.

Mientras Keira se daba un buen baño relajante, yo coloqué los tres fragmentos sobre el pequeño escritorio de nuestra habitación y los observé, haciéndome mil preguntas. ¿Había que exponerlos a una luz viva para recargarlos? ¿Qué energía podría volver a crear la fuerza que los atraía entre sí? Me daba perfecta cuenta de que se me escapaba algo, mi razonamiento no era completo. Estudié desde más cerca el fragmento triangular que acabábamos de descubrir. Era similar a los otros dos, el grosor era estrictamente idéntico. Di vueltas al objeto, y entonces un detalle en el canto atrajo mi atención. Había una ranura en toda la circunferencia, como un surco excavado, una mella horizontal y circular. Por su regularidad, no podía ser accidental. Reuní los tres fragmentos sobre la mesa y estudié desde más cerca la sección. La ranura proseguía de manera perfecta. Se me ocurrió una idea, abrí el cajón del escritorio y encontré lo que buscaba, un lápiz y un bloc de notas. Arranqué una hoja de papel, puse encima los fragmentos y los junté. Con el lápiz, fui siguiendo el contorno exterior de los mismos sobre el papel. Cuando los quité y miré el dibujo trazado sobre la hoja, descubrí los tres cuartos de la periferia de un círculo perfecto.

Me precipité al cuarto de baño.

– Ponte un albornoz y ven conmigo.

– ¿Qué pasa? -preguntó Keira.

– ¡Date prisa!

Llegó unos segundos después, con el cuerpo envuelto en una toalla grande y el cabello en otra más pequeña.

– ¡Mira! -le dije mientras le tendía mi dibujo.

– Casi dibujas un círculo, fantástico, ¿y para eso me sacas de mi baño?

Cogí los fragmentos y los coloqué en su lugar sobre la hoja.

– ¿No ves nada?

– ¡Sí, que sigue faltando uno!

– ¡Pues eso ya es un dato importantísimo! Hasta ahora nunca habíamos sabido cuántos fragmentos exactamente componían este mapa, pero mirando esta hoja, y lo has dicho tú misma, ahora es evidente, sólo falta uno y no dos como habíamos pensado en un principio.

– Pero con todo sigue faltando uno, Adrian, y los otros ya no tienen ningún poder, así que ¿puedo volver ya a mi baño antes de que se me quede el agua helada?

– ¿No ves nada más?

– ¿Vas a seguir jugando mucho rato a las adivinanzas? No, sólo veo un círculo pintado a lápiz, ¡así que dime lo que escapa a mi inteligencia, visiblemente inferior a la tuya!

– ¡Lo interesante en nuestra esfera armilar no es tanto lo que nos muestra como lo que no nos muestra y que sin embargo adivinamos!

– ¿Y en cristiano eso qué quiere decir?

– ¡Si los objetos ya no reaccionan es porque carecen de un conductor, la quinta pieza que falta para completar el puzle! Estos fragmentos estaban engastados en un anillo, un hilo que debía de conducir una corriente.

– ¿Entonces por qué antes se iluminaban los dos primeros?

– Porque con los rayos de las tormentas habían acumulado energía. A fuerza de reunirlos una y otra vez hemos agotado sus reservas. Su funcionamiento es elemental, responde al principio que se aplica a toda forma de corriente, por un intercambio de iones positivos e iones negativos que tienen que poder circular.

– Vas a tener que explicármelo un poco mejor -dijo Keira, sentándose a mi lado-, yo no sé ni cambiar una bombilla.

– Una corriente eléctrica es un desplazamiento de electrones en el seno de un material conductor. Desde la corriente más potente hasta la más ínfima, como la que recorre tu sistema nervioso, no se trata más que de un trasvase de electrones. Si nuestros objetos ya no reaccionan, es porque ya no está ese material conductor del que te hablo. Y ese conductor es precisamente la quinta pieza que falta para completar el puzle, la pieza de la que te hablaba hace un momento, un anillo que sin duda alguna rodeaba el objeto cuando no estaba fragmentado. Los que disociaron los fragmentos debieron de romperlo. Hay que encontrar la manera de fabricar uno nuevo, hacerlo de manera que se ajuste perfectamente a la periferia de los fragmentos que tenemos, y entonces estoy seguro de que recobrarán su poder luminiscente.

– ¿Y dónde pueden fabricarnos un anillo así?

– ¡Nos lo puede hacer un restaurador de esferas armilares! Las más bonitas se construyeron en Amberes, y conozco a alguien en París que podrá informarnos.

– ¿Se lo comentamos a Ivory? -me preguntó Keira.

– Sin dudarlo. ¡Sobre todo no hay que perder de vista a ese tipo que nos ha acompañado al palacio de Dam, puede sernos muy útil, yo no hablo ni papa de holandés!

Tuve que convencer a Keira para que diera ella el primer paso. Llamó a Ivory y le declaró que teníamos algo muy importante que revelarle. El viejo profesor ya estaba en la cama, pero aceptó levantarse y nos pidió que fuéramos a su suite.

Le expuse mi razonamiento, lo que al menos tuvo el efecto de disipar su mal humor. Prefería que no llamara al anticuario del barrio del Marais como había pensado hacerlo. El tiempo apremiaba, y temía que muy pronto volviéramos a estar en peligro. Le pareció muy bien la idea de ir a Amberes: cuanto más nos moviéramos, más seguros estaríamos. Llamó al secretario de Vackeers en plena noche y le pidió que localizara a un artesano que pudiera restaurar un instrumento de astronomía muy antiguo. Éste le prometió que lo investigaría y le dijo que se pondría en contacto con nosotros al día siguiente.

– No quisiera ser indiscreta -dijo Keira-, pero ¿ese señor tiene nombre y apellido, o al menos nombre? Si tenemos que volver a verlo mañana, me gustaría saber quién es.

– Por ahora conténtese con el nombre de Wim. Dentro de unos días probablemente se llamará «Amsterdam», y ya no podremos contar con él.

Al día siguiente nos reunimos con aquel al que había que llamar Wim. Llevaba el mismo traje y la misma corbata que el día anterior. Mientras desayunábamos en el hotel, nos informó de que no necesitaríamos ir a Amberes. En Amsterdam había un taller de relojería muy antiguo, y su dueño era al parecer descendiente directo de Erasmo Habermel.

– ¿Y quién es ese tal Erasmo Habermel? -preguntó Keira.

– El fabricante de instrumentos científicos más famoso del siglo xvi -contestó Ivory.

– ¿Cómo lo sabe? -le pregunté a mi vez.

– Soy profesor, por si aún no se había dado cuenta, tendrá que perdonarme si soy un hombre culto.

– Cuánto me alegro de que saque usted el tema -intervino Keira-, ¿y de qué era profesor exactamente? Nos lo estábamos preguntando el otro día Adrian y yo.

– Es un honor para mí que mi carrera profesional despierte su interés pero, díganme, ¿estamos buscando un restaurador de instrumentos astronómicos antiguos, o prefieren que dediquemos el día entero a comentar mi curriculum vitae? Bien. Bueno, ¿qué estábamos diciendo de Erasmo Habermel? Puesto que a Adrian parece extrañarle mi erudición, dejémosle hablar a él, ¡veamos si se sabe la lección!

– Los instrumentos fabricados en los talleres de Habermel no tienen parangón hasta la fecha, tanto por su calidad de ejecución como por su belleza -dije, lanzándole una mirada asesina a Ivory-, La única esfera armilar que se ha encontrado, atribuida a este artesano, está en París, en las colecciones de la Asamblea Nacional, si no recuerdo mal. Habermel debía de tener una estrecha relación con los astrónomos más destacados de su tiempo, Tycho Brahe y su ayudante Johannes Kepler, así como el gran relojero suizo Jost Bürgi. Es probable que trabajara también con Gualterio Arsenius, cuyo taller se encontraba en Lovaina. Huyeron juntos de la ciudad cuando la gran epidemia de peste negra de 1580. Las semejanzas estilísticas entre los instrumentos de Habermel y los de Arsenius son tan evidentes que…