«Enclave académico de ensueño.» Gunilla resopló. Uppsala nunca había sido así. Por lo menos, no para ella. A pesar de haber nacido y crecido en la ciudad, nunca había estado en una nación universitaria; ni siquiera había asistido el último día de abril a la ceremonia de las gorras en Carolina, ni al canto a la primavera en Slottsbacken. Nunca había sido un lugar idílico para ella. Ni tampoco para John.
¿Tenía John algo que ver con los camellos? Lo dudaba. Sabía que John había cometido algunos delitos, y su hermano también, pero no creía que se dedicara a las drogas. No era su estilo.
Apartó el periódico, se levantó y se acercó a la ventana. Había dejado de nevar, pero un fuerte viento del oeste arremolinaba la nieve sobre los tejados del aparcamiento. Su vecino más cercano venía cargado de bolsas de comida.
Pasó frente al espejo del recibidor, se detuvo a contemplarse. Había engordado. Otra vez. Mientras estaba de pie pensó en el conejo. ¡Mira que olvidarse! Se dirigió a la puerta del porche con pasos apresurados, la abrió y vio a Ansgar colgado de la barandilla, igual que cuando lo dejó por la mañana, pero ahora la panza estaba hinchada. Las entrañas visibles tenían un tono grisáceo.
En la cavidad abdominal también se vislumbraba algo blanco. Se acercó y miró asqueada el cuerpo tieso. La mirada fija del conejo resultaba acusadora. Había una nota de papel. La cogió con cuidado entre sus dedos. Se sobresaltó al desdoblar el diminuto papel manchado de sangre, tan pequeño como un billete de autobús.
El escrito, en un estilo apresurado y casi ilegible, decía: «No se pueden tener animales domésticos en zonas urbanas». No estaba firmado.
«Qué ruin», pensó. ¿Cómo podría explicarle aquello a Malin, la hija del vecino? Miró de nuevo el conejo. Incomprensible, eso de matar un conejo. Sin duda se trataba de una persona enferma.
¿Debería llamar de nuevo a la policía? ¿Habrían pasado por allí? Probablemente no. Había cosas más urgentes que un conejo muerto.
Pensó de nuevo en John y rompió a llorar. Qué malas pueden ser las personas. ¿Estaba la nota desde la mañana o el asesino de Ansgar había regresado para dejarla? Miró a su alrededor. El bosque que crecía junto a la casa se iba sumiendo en la oscuridad. La luz de la ventana brillaba en el tronco de los altos pinos. Sus copas se agitaban. Los bloques de piedra descansaban como animales pesados.
Gunilla entró en el apartamento. Tenía los pies mojados y estaba helada. Cerró la puerta del porche y bajó la persiana. La rabia dio paso al miedo y se quedó de pie, indecisa, junto a la puerta. Resolvió ponerse en contacto con el presidente de la asociación de vecinos. Él debía de saber algo. Aunque fuera un cascarrabias, quizá supiera si alguien del barrio se había quejado de los animales de compañía. ¿Habría pasado algo que pudiera relacionarse con la muerte de Ansgar?
Encontró su número en la guía de teléfonos y marcó los números, que tenían un parecido desconcertante con los suyos, pero nadie respondió. Pensó en ir a ver a los vecinos para saber si habían visto a alguien merodeando por la casa, pero no se atrevió a abandonar el apartamento. Quizá él seguía ahí fuera.
Malin y sus padres estaban de viaje durante todo el fin de semana. Los vecinos del otro lado se acababan de mudar. Eran una pareja mayor que había vendido su casa en Bergsbrunna. Gunilla solo había saludado de pasada a la mujer.
Se dio una vuelta por el apartamento y bajó todas las persianas. El periódico seguía abierto sobre la mesa y lo dobló con cuidado.
Las noticias de la seis no mencionaron el asesinato de John. Cambió de canal para ver TV4 Uppland, pero el telediario había terminado y el tiempo no le interesaba lo más mínimo. Ahora no.
– Tranquilízate -se dijo en voz alta.
«Es alguien que odia a los conejos; sencillamente, un enfermo». Pensó en los inquilinos del patio. ¿Sería capaz alguno de ellos de estrangular a un conejo y rajarle la panza? No. Cattis, a veces, era difícil y opinaba sobre todo y todos, pero no estaba tan perturbada.
El viento se había aplacado y Gunilla creyó oír como el cuerpo del conejo golpeaba rítmicamente la barandilla. Sabía que debía cortar la cuerda, pero dudó si salir de nuevo al porche. Si volvía a llamar a la policía, ¿qué podrían hacer? «Estarán atareadísimos con el asesinato de John y no tendrán tiempo de ocuparse de la muerte violenta de un conejo.»
Oyó la voz de Magnus Härenstam en la televisión al entreabrir la puerta y al mismo tiempo apretó el interruptor de la luz del porche. No se encendió y lo volvió a intentar con el mismo resultado. Una rama del cerezo que Martin había plantado golpeó el techo de plástico. «Mira que ponerlo tan cerca», pensó antes de ver que el conejo había desaparecido. Al ser blanco, tardó un rato en encontrarlo. ¿Había volado con el viento o alguien lo había descolgado y tirado a la nieve?
Sin aliento, echó un vistazo al bosque e intentó acurrucarse para no ser vista en la luz del apartamento. Los pinos se movían con el viento. La rama del cerezo rozó el tejado. Descalza dio unos cuantos pasos con cuidado. No podía dejar ahí a Ansgar. La gente pensaría que había sido ella quien lo había tirado. Malin nunca se lo perdonaría.
Se asustó, pero, por alguna extraña razón, en el fondo no le sorprendió cuando una mano le tapó la boca al mismo tiempo que le pasaban un brazo por la cintura. Intentó morder al atacante, pero no consiguió despegar los labios.
– No se pueden tener conejos en la ciudad -susurró una voz, que ella reconoció pero no pudo situar.
El aliento del hombre apestaba a putrefacción. Gunilla intentó darle una coz como un caballo asustado, pero no tenía fuerzas en las piernas. El hombre se reía ahogadamente como si le divirtiera su resistencia.
– Ahora vamos a entrar -sentenció con una voz delicada.
Gunilla intentó en vano reconocer la voz. ¿Se podía ser más tonta? Él debía de estar acurrucado detrás de la puerta.
La empujó hacia dentro a través de la puerta del balcón, pero sin que ella tuviera la oportunidad de verlo de frente. Apagó la lámpara cenital apoyando la espalda contra el interruptor, la soltó en la habitación y le dio un ligero empujón de modo que cayó de cabeza en el sofá.
– Hola, Gunilla -dijo-, solo quería saludarte.
Rebuscó en su memoria. La voz sonaba conocida. Estudió su rostro. Delgado, con dos profundas arrugas que corrían por las mejillas como dos medias lunas, barba negra, casi calvo y con una sonrisa burlona en los labios que infundía miedo y perplejidad.
– ¡Te estoy hablando!
– ¿Qué? -balbuceó Gunilla.
Había visto sus labios moverse, pero no tenía la menor idea de lo que había dicho.
– ¿Sabes quién soy?
Gunilla asintió. De repente, supo quién era. Comenzó a temblar.
– ¿Qué quieres de mí?
El hombre sonrió burlonamente. Tenía mala dentadura, podrida y repleta de sarro.
– ¿Has sido tú quien ha matado al conejo?
Las facciones del rostro de Vincent Hahn se endurecieron como una máscara, una máscara de sonrisa burlona.
– Quiero ver tus pechos -dijo.