– ¿No ha dicho nada que pudiera aclarar la intrusión? Píenselo bien.
Gunilla respondió con una negativa a la pregunta después de permanecer sentada pensando un rato.
– Está eso del conejo. Seguro que es él quien lo estranguló.
Relató la historia de Ansgar, que colgaba de la barandilla del porche y que después le rajaron la panza, que por la mañana llamó a la policía y denunció los hechos.
– ¿No le gustaba que la gente tuviera conejos en la ciudad?
– Eso parece.
– Y entonces los mata -dijo Fredriksson asombrado.
A pesar de haber sido policía durante muchos años no dejaba de asombrarle el comportamiento de las personas.
– Sería mejor dejarlos en libertad -manifestó.
– Y estrangular a sus propietarios -propuso Gunilla.
Ryde, de la científica, entró con andares pesados. No dijo nada, solo miró de hito en hito al colega.
– La cocina -indicó Fredriksson, y Ryde se dio la vuelta.
Fredriksson sabía que cuando Ryde estaba en ese plan no valía la pena darle mucha información o tratar de ser campechano.
– Es curioso, quizá «curioso» no sea la palabra adecuada -dijo Gunilla-, pero hoy he pensado mucho en la escuela de Vaksala. El muchacho que fue asesinado el otro día también era compañero de clase. Y luego aparece este loco.
El técnico, que oyó su comentario, abandonó la cocina y entró de nuevo en el salón.
– ¿Era compañera de clase de John Jonsson?
La voz de Ryde no estaba acostumbrada al contacto con el público, sobre todo cuando estaba trabajando. Gunilla lo miró.
– ¿También es policía?
Fredriksson no pudo menos que reír.
– Este es Eskil Ryde -anunció-, el mejor técnico forense.
– El único -especificó Ryde-, pero hablemos de John.
Gunilla suspiró. Fredriksson comprobó lo agotada que estaba.
– A John lo conozco más -comenzó Gunilla-. Nos hemos tropezado algunas veces. También conozco a su mujer.
– Deje que le haga una pregunta directa, y perdone mi atrevimiento -dijo, y Ryde resopló-. ¿Ha tenido una relación con John?
– No, ¿por qué lo pregunta?
– Ha sido muy rápida al añadir que también conocía a su mujer.
– Sí, ¿qué tiene de raro?
– ¿Qué pensó al enterarse de que habían asesinado a John?
– Me quedé espantada, claro. Me caía bien -explicó Gunilla, y clavó la mirada en Fredriksson, como diciendo: «No venga con ninguna insinuación»-. Era un encanto, algo tímido. En la escuela nunca llamó la atención. Nos encontramos este otoño. Estaba radiante de felicidad. Algo extraño en él. Le pregunté a qué se debía y me dijo que pensaba viajar al extranjero.
– ¿A algún país en especial?
– No, pero pensé que sería lejos.
– ¿Cuándo pensaba marcharse?
– No lo sé, no dijo nada.
– Uno puede decir que se quiere ir a algún sitio con sol -dijo Fredriksson-, pero sin que en realidad sea cierto.
– Lo dijo un poco en broma, pero me dio la impresión de que John, en cierta manera, lo decía en serio.
– ¿No le preguntó por los detalles?
– Los dos teníamos prisa y solo intercambiamos unas palabras.
– ¿Luego no lo volvió a ver más?
– Esa fue la última vez -dijo Gunilla Karlsson, y sollozó. Fredriksson se sintió casi liberado.
16
El barman lo miró sin interés mientras secaba unos vasos. Lennart le dio un trago a su cerveza y echó un vistazo al local. Uno de los juristas más conocidos de la ciudad estaba sentado solo, en una mesa junto a la ventana. Lennart lo había conocido en alguna vista oral, no podía recordar en cuál de ellas. Ahora el abogado realizaba su propia defensa con un whisky triple. Seguramente no era el primero, pues hablaba consigo mismo con el rostro apoyado en su mano izquierda mientras que con la derecha agarraba el vaso con crispación.
– Bueno -dijo Lennart, y se volvió de nuevo hacía el hombre detrás de la barra. Era consciente del desinterés que le mostraba, pero justo ahora no tenía tiempo que perder.
– Hace tiempo que no viene por aquí -apuntó el barman.
– ¿Cuánto?
– No recuerdo.
– ¿Dónde lo puedo encontrar?
El barman pareció sopesar por un lado qué problemas tendría si continuaba con su rol pasivo ante el preguntón, y por otro qué le haría Mossa si revelaba lo que sabía. Eligió la variante más cómoda.
– Inténtalo en el Kroken -soltó a modo de test, para comprobar lo iniciado que estaba el visitante.
El Kroken era un club de juego ilegal situado en un sótano del centro de la ciudad. Oficialmente el local pertenecía a una empresa de importación de juguetes del sudeste asiático y de toallas del Báltico, pero esa actividad se limitaba a un texto escrito a mano en la puerta -POS Import- y una docena de cajas con armas de fuego de juguete apiladas a lo largo de una pared.
– Nunca va por el Kroken -repuso Lennart.
Se abismó en la cerveza para darle al barman una oportunidad más. Si venía con otra propuesta estúpida, se iba a enterar.
El abogado sentado a la mesa junto a la ventana se incorporó con piernas inestables, lanzó un billete de quinientas coronas sobre la mesa y se encaminó con esforzado descuido hacia la puerta. El barman se apresuró y agarró el billete, y al mismo tiempo recogió el vaso de la mesa.
Lennart pensó en Mossa. ¿Dónde podría estar? Hacía un par de semanas que no lo veía. Mossa repartía su tiempo entre Estocolmo y Uppsala, y viajaba de vez en cuando hasta Dinamarca. Lennart sospechaba que no era el juego lo que lo llevaba a Copenhague. Se rumoreaba que estaba relacionado con las drogas, pero Lennart no creía que el iraní fuera tan estúpido de hacer pequeños negocios de drogas.
Mossa era un jugador conocido por su precaución. No había tenido problemas con la justicia durante los últimos años. No se debía a que actuara dentro de los límites de la legalidad, sino más bien a su habilidad. Tenía reputación de ser inaccesible tanto para la policía como para el fiscal.
Lennart lo conocía desde hacía unos diez años. Sabía que John a veces jugaba con Mossa y que este apreciaba al hombréenlo silencioso. John no solía apostar grandes sumas y nunca lo hacía en las partidas calientes de verdad, pero le gustaba tenerlo enfrente cuando se trataba de partidas pequeñas, en ese agradable intermedio donde el dinero no era lo más importante.
Mossa nunca jugaba en clubes, excepto a la ruleta en alguna ocasión, pero cuando se trataba de jugar a las cartas se atenía a las reuniones privadas.
Lennart había acudido un par de veces, pero no tenía el dinero ni la paciencia requeridos.
– He oído decir que está en Estocolmo -contó el barman-, pero que regresará a la ciudad en Navidad. Su madre vive aquí.
«Esto ya es otra cosa», pensó Lennart. Sabía dónde vivía la madre, pero visitarla y preguntar por el hijo no era una buena idea. Mossa se pondría furioso. Pero había otras maneras.
– Gracias por la ayuda -contestó, y dejó un billete de cien coronas sobre el mostrador.
Salió a la calle Kungsgatan y siguió por la Sankt Persgatan hacia el este. Se detuvo junto al Ejército de Salvación y encendió un cigarrillo; observó el edificio donde una vez se disfrazó de lobezno. Sucedió durante la fiesta de Pascua y pudo comer todos los huevos que quiso. Fue Bengt-Ove, uno de los hijos del vecino, quien lo atrajo.
En otra ocasión, mucho después, entró a trompicones en el Ejército con unas copas de más. Bengt-Ove lo recibió en el vestíbulo. Seguía allí desde el tiempo de los lobeznos. Se miraron durante unos segundos y luego Lennart se dio la vuelta sin decir ni una sola palabra.
Aquella vez sintió vergüenza. Vergüenza de su embriaguez y su estado desastrado. Cada vez que pasaba cerca del templo resurgía la vergüenza. En realidad Bengt-Ove no tuvo la culpa. Seguro que no se lo habría reprochado, ni le habría censurado por la vida que llevaba, su mal olor y su ropa estropeada, su aliento a alcohol y su habla pastosa. En aquella ocasión se encontraba mal y a través de la niebla del alcohol recordó la fiesta de Pascua de los lobeznos de muchos años atrás, como si él formara parte del lugar a causa de aquella única visita de hacía treinta años.