A Lindell siempre le habían resultado difíciles los soplones, pero Bach, que era su apodo, era realmente útil y a veces se tenía que obviar su carácter dudoso.
De pronto algo chocó contra la ventana y tanto Ottosson como Lindell se sobresaltaron. En la ventana había restos de plumas.
– Pobre diablo -dijo Ottosson levantándose y dirigiéndose hacia la ventana. Intentó mirar el patio de abajo para ver si descubría al pájaro.
– Seguro que no le ha pasado nada -apuntó Lindell.
– Es la tercera vez en un par de semanas -informó Ottosson preocupado-. No sé por qué vuelan justo contra mi ventana.
– Eres el jefe -dijo Lindell.
– Es como si buscaran la muerte -reflexionó Ottosson.
– Quizá sea algo con el cristal que crea una ilusión óptica.
– Parece una señal -continuó, y se volvió de nuevo hacia la ventana. Se quedó parado en mitad de la estancia.
La barba había encanecido aún más. El dolor de espalda arqueaba su porte. Lindell sintió un gran cariño por su colega. Era el mejor jefe que había tenido jamás, aunque, a veces, no diera la talla. La maldad agotaba a Ottosson. Se había colado un tono filosófico en su razonamiento que le distraía del delito que tenían que resolver, y formulaba las grandes preguntas sobre el porqué. Eso también era necesario, y todos los policías reflexionaban sobre ello, pero eso no podía oscurecer las tareas más concretas, importantes.
En las reuniones matinales a veces Ottosson podía perderse en divagaciones que no llevaban a ninguna parte mientras crecía la impaciencia de Lindell y el resto de compañeros, pero nadie tenía las agallas de criticar al amable comisario.
– ¿Qué crees que se le ocurrirá a Lennart? -preguntó en un intento por traerlo de vuelta a la realidad, al presente. Ottosson se volvió.
– ¿Ocurrir? Bueno, irá a ver a sus amigos. Has de saber que esos hermanos estaban muy unidos. Tenían una relación por encima de lo normal y no me sorprendería que fuera a la caza del homicida de su hermano.
«Homicida», pensó Lindell. Es como si Ottosson ya no utilizara la palabra «asesino».
– Háblame de Johny.
Ottosson bordeó la mesa y se sentó.
– ¿Quieres un té?
Lindell cabeceó negativamente.
– En realidad no era muy listo -comenzó el comisario-. Era un pensador, pero creo que muchas veces sus miras eran estrechas. Se emperraba en una cosa y se aferraba a ella, como si no tuviera imaginación o valor para soltarla, para atreverse a probar otras ideas.
– ¿Era testarudo?
– Sí, pero de los suaves, una tozudez que me agradaba. Sabía mucho de sus peces, creo que eso fue su salvación.
– O su muerte -apuntó Lindell, pero se arrepintió de inmediato al ver la expresión de Ottosson.
– Se volvió bueno en algo y creo que lo necesitaba. Durante toda su vida tuvo muy poca confianza en sí mismo. Berglund dijo que se trataba de todo el entorno, de su infancia. No se les permitía destacar.
– ¿Qué quieres decir?
Ottosson se puso en pie y se acercó de nuevo a la ventana, bajó la persiana veneciana y reguló las varillas para que entrara luz, pero la habitación, no obstante, quedó manifiestamente oscura. «Típico de diciembre», pensó Lindell. Fue como si Ottosson leyera sus pensamientos, pues antes de sentarse encendió tres velas del candelabro de adviento que había en el alféizar de la ventana.
– Qué bonito -dijo ella.
Ottosson sonrió con una mueca escéptica, entre satisfecha y avergonzada.
– ¿Qué quiero decir? -continuó-. Quizá John descubrió que era demasiado estrecho. Quería hacer tantas cosas.
– No lo recuerdo como un aventurero. Trabajó muchos años de soldador en el mismo sitio.
– Sí, claro, pero creo que soñaba con otra clase de vida.
Ottosson guardó silencio.
Lindell supuso que era la primera vez que ventilaba sus pensamientos sobre Johny.
– ¿Qué dice su mujer?
– Nada. Está como en una nube. El niño es más listo.
Ottosson no entró en detalles de por qué Justus era más listo, sino que siguió hablando de los hermanos. Al parecer, era Berglund quien había dedicado más energía a recopilar su historia. «La persona adecuada», opinó Lindell. Mediana edad, nacido en Uppsala y con un aire tranquilo. Estaba hecho para la misión. Sammy no lo habría superado, tampoco Beatrice, Haver quizá.
¿Habría sido ella misma capaz de andar entre la clase obrera de la ciudad para intentar crearse una imagen de los hermanos Jonsson? Lo dudaba.
Llamaron a la puerta y Sammy metió la cabeza.
– Hola, Ann -saludó apurado-. Tenemos algo -continuó excitado, vuelto hacia Ottosson-. El arma asesina.
– ¿La de Johny?
– ¡Yes!
Alzó una bolsa de plástico con un gran cuchillo dentro.
– La Brigada Juvenil detuvo a un joven. Lo llevaba encima, debajo del pantalón.
– Es grande -consideró Lindell.
– Veintitrés centímetros -dijo Sammy sonriendo-. Fabricado en Francia.
– ¿Por qué lo detuvieron?
– Una pelea en el centro, amenazó a un chico con el puñal.
– ¿Es suyo?
– Lo conozco de hace tiempo y me cuesta creerlo. Tiene quince años, es un pendenciero, pero no un asesino.
– ¿Homicida quizá?
Sammy negó con la cabeza.
– ¿Inmigrante?
– No, sueco de pura cepa, Mattias Andersson. Vive con su madre en Svartbäcken.
– ¿Qué te hace pensar que sea el arma asesina?
– Hay sangre de John en la hoja y el mango -lo informó Sammy-. Bohlin vio las manchas, pidió un análisis y coincidió con la sangre de John.
– ¿Bohlin, de la Brigada Juvenil?
– El mismo.
– Bien hecho -dijo Ottosson-. ¿Qué ha dicho Mattias?
– Está de camino -respondió Sammy.
Le lanzó una mirada a Lindell y ella creyó ver una expresión de triunfo en su rostro, pero al momento se persuadió de que se había equivocado. En ese mismo instante sonó el móvil de Sammy. Respondió, escuchó y finalizó la llamada con un «vale».
– Están llegando -dijo, y dio un paso hacia la puerta, pero se volvió y miró a Lindell.
– ¿Quieres venir?
– ¿Adónde?
– Al interrogatorio con Mattias.
– Tengo a la criatura conmigo -dijo, y señaló con la cabeza. Ahora por primera vez Sammy descubrió el cochecito.
– Déjalo aquí-propuso Ottosson.
22
Vincent se despertó a las cuatro y media. Vivian le había preparado una cama en el cuarto de costura y él se tumbó un rato contemplando la máquina de coser, las hileras de bobinas de hilo que estaban alineadas en la estantería en matices decrecientes, la mesa de corte colocada junto a la pared. Sobre la mesa había una tela negra drapeada.
El dolor de cabeza, que durante toda la noche había ido y venido en oleadas, ahora había desaparecido, pero se sentía pesado. La cuñada le había limpiado la herida de la frente.
– Tú eres la única que me acoge -dijo, y Vivian se enterneció con sus palabras y su triste semblante.
Salió al recibidor. El periódico se encontraba enganchado en la ranura del buzón y tiró de él con cuidado. Lo encontró en la página 3. Vincent Hahn era descrito como «imprevisible» y «perturbado mental». La mujer de cuarenta y dos años no había sufrido daños físicos, pero estaba conmocionada. La policía estaba interesada en la posible colaboración ciudadana.
Guardó el periódico en el fondo de la bolsa de basura. El dormitorio de la cuñada lindaba con la cocina y se movió con sumo cuidado. Recordó lo gruñona que era por las mañanas y supuso que no habría cambiado. No habían dormido bajo el mismo techo desde hacía más de veinte años.