Puso a hervir el agua del té e intentó ordenar sus pensamientos. Seguramente la policía tendría su apartamento vigilado. A lo mejor podría quedarse en casa de Vivian una noche, como mucho dos. Luego ella empezaría a refunfuñar. Debía trazar un plan. Bernt, con quien solía hablar en el bingo, quizá pudiera ayudarlo. Antes de nada, tenía que conseguir dinero.
Si Gunilla Karlsson creía que se había escapado estaba muy equivocada. A Vincent Hahn se le podía engañar una vez, pero no dos. La jodida bruja probaría su propia medicina. Cuanto más pensaba en los acontecimientos de la noche anterior más crecía su determinación. Se vengaría. La castigaría con creces.
A las seis y media Vivian entró en la cocina arrastrando los pies. Parecía que hubiera olvidado que el cuñado estaba ahí, pues durante unos segundos lo miró fijamente como si no comprendiera. Vincent no dijo nada, sino que enfrentó su mirada.
– ¿Cómo estás? -preguntó al rato, pero no esperó respuesta alguna, sino que se fue directa al cuarto de baño. Vincent oyó como orinaba y después como corría el agua de la ducha.
– ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? -quiso saber al regresar envuelta en una toalla.
Vincent seguía sentado a la mesa. El dolor de cabeza había regresado. La cuñada se lo ponía fácil. No tuvo que ser él quien sacara el tema.
– Una noche o dos -respondió-. Tengo miedo a estar solo. Si es posible, claro.
Le sorprendía su tono suave. Nunca antes lo había oído con esa suavidad.
– Sí, puedes -dijo ella.
Salió de la cocina y Vincent se relajó por primera vez desde el día anterior. Oyó como abría los cajones de la cómoda y el armario. «¿Por qué no tiene otro hombre?», pensó.
– ¿Has cogido el periódico?
– No, no sabía que lo tuvieras.
– Hay un desorden de cojones -protestó ella con un tono inesperadamente afilado.
– Creo que me voy a echar un rato -dijo él-. Me he despertado muy temprano y el dolor de cabeza no se ha ido.
Vincent Hahn se sentía casi sosegado. Era como si su cuñada y él fueran una pareja, o por lo menos dos buenos amigos que charlaban un rato por la mañana.
– Te puedo pagar los gastos.
– Estás loco -dijo Vivian, que había regresado a la cocina-. Ahora acuéstate, yo voy a desayunar.
Vincent se retiró al cuarto de costura. Vivian sacó yogur y copos de avena. A falta del periódico matinal cogió una antigua revista del cesto y encendió al mismo tiempo la radio del alféizar de la ventana.
23
La investigación sobre Vincent Hahn se intensificó por la mañana. Habían encontrado su apartamento ocasional en Bergslagsresan durante la noche y Fredriksson entró junto con cuatro policías de la Unidad de Intervención. Como era de esperar, estaba vacío.
El apartamento, de dos habitaciones, daba impresión de desolación; había pocos muebles y aún menos pertenencias personales. El teléfono estaba cortado. No había ordenador alguno.
– Lo más curioso -explicó Fredriksson en la reunión matinal- era un maniquí. Yacía en la cama de Hahn con un par de bragas negras. -Fredriksson se ruborizó al hablar de la dama mugrienta.
– ¿No había agenda, cartas o algo? -preguntó Beatrice, que deseaba ayudar al colega en su relato.
– Bueno -dijo Fredriksson, y se pellizcó la nariz-, había tres carpetas con las quejas que Hahn había escrito durante muchos años. Iban dirigidas a la diputación, al ayuntamiento, a autobuses de Uppsala, Sverige Radio y Dios sabe qué más. Al parecer se dedicaba a quejarse de todo y de todos. También tenía archivadas las respuestas. Por lo que pude ver, la mayoría eran escuetas respuestas negativas.
– Seguro que es una celebridad -consideró Ottosson.
– La cuestión ahora es saber dónde está -dijo Sammy.
– Sabemos que un coche privado lo recogió en el paso a nivel del tren en Bergsbrunna. El conductor, un técnico de mantenimiento de Vattenfall, ha llamado esta mañana después de leer el periódico. Lo llevó hasta el hospital, a urgencias.
– ¿Cuándo?
– Una media hora después de la agresión de Sävja -dijo Fredriksson-. Lo hemos investigado, pero ayer no atendieron a ningún Vincent Hahn. Nos llamarán si aparece.
– ¿Eran muy graves las heridas?
– Sangró bastante, pero es difícil determinarlo. El tipo de Vattenfall dijo que tenía todo el rostro ensangrentado, pero que parecía estar bien de la cabeza. Podía moverse sin problemas.
– ¿Es alemán? -preguntó Ottosson.
– No, ciudadano sueco. Los padres murieron hace unos cuantos años. Tiene un hermano, Wolfgang, pero emigró a Israel hace quince años.
– ¿Es judío? -inquirió Lundin.
– A medias. La madre era judía y vino aquí después de la guerra. Todo, según el registro civil.
Fredriksson guardó silencio y hojeó sus papeles.
– Vale -dijo Ottosson-, buen trabajo. Continuaremos vigilando Sävja, tanto el apartamento como la casa de Gunilla Karlsson. Fredriksson, investiga si tiene parientes o amigos. Tiene que haber ido a alguna parte. Lo más probable es que no haya abandonado la ciudad, por lo menos no en transporte público. Con esas heridas habría despertado curiosidad.
– ¿Tiene coche? -inquirió Sammy.
– Ni siquiera tiene carné de conducir -contestó Fredriksson.
– Vale -continuó Ottosson-, hablemos del cuchillo y del joven rufián. ¡Sammy!
– Mattias Andersson fue detenido en relación con una pelea en el centro. Llevaba encima un cuchillo. Bohlin, de la Unidad Juvenil, había oído hablar del asesinato de Johny y estaba muy atento, así que al ver el puñal lo estudió detenidamente. Había manchas en él que resultaron coincidir con la sangre de Johny.
– ¡Joder! -exclamó Beatrice-. ¿Cuántos años tiene?
– Quince.
La puerta se abrió y Berglund entró con el fiscal pisándole los talones. Se sentaron y la disertación continuó.
– Afirma haber robado el cuchillo de un coche en el aparcamiento del Hospital Universitario, el mismo día en que fue detenido. Lo hemos controlado, pero ese día no se reportó ningún robo. Eso no tiene por qué significar nada, pues Mattias dice que era una furgoneta que tenía abierta la puerta de atrás. Comprobó si las puertas estaban cerradas, pero no era el caso. En la cabina de la camioneta, dentro de un cubo negro, estaba el cuchillo.
– ¿Crees que dice la verdad?
– Quizá -dijo Sammy-. El chaval está asustado, realmente asustado. Llora sin parar. Su madre hace lo mismo. La vieja parece una Magdalena.
– ¿Has hablado con la compañía de seguridad?
– Yes -pronunció Sammy-. No tienen constancia de ningún incidente ese día, ningún informe sobre robo o desperfectos. Pero es lo habitual, un hecho casi diario. Llevamos a Mattias al lugar ayer tarde para que pudiera señalar el sitio exacto. El vigilante creyó reconocer al chaval, pero no podía recordar la furgoneta. No es extraño que lo reconociera, al parecer suele robar en el aparcamiento.
– Una furgoneta -repitió Ottosson pensativo-. ¿Color? ¿Modelo?
– Roja -contestó Sammy-, al parecer con el techo blanco. Puede ser una Toyota, pero no es seguro.
– Si vamos a creer su historia tendremos que enseñarle al chico diferentes modelos de coches -dijo Beatrice.
– ¿Tiene alguna coartada para la noche del asesinato de Johny? -preguntó en un tono inusualmente cortante el responsable de la Unidad de Inteligencia Criminal.
– Dudosa -respondió Sammy-. Dice que estuvo por el centro con sus amigos. Hemos intentado saber cuándo, dónde y cómo, pero las explicaciones de los chavales de su pandilla son vagas. «Joder, eso pasó hace años», nos dijo uno de ellos. Algunos piensan que es una chulada que hayan detenido a Mattias con un arma asesina debajo de su ropa.
– Os tengo que contar que Ann nos visitó ayer -informó Ottosson-. Estuvo en el interrogatorio de Mattias y luego se ocupó de su compungida madre. Creo que hasta fueron a tomar un café.