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– ¿Cómo está? -inquirió Beatrice.

– Aburrida -dijo Sammy-. Está sopesando vender al niño.

– ¡Corta el rollo!

– Ya está buscando en las páginas amarillas -dijo Sammy, y sonrió a Beatrice.

*****

Una hora después finalizó la reunión matinal. Ola Haver se sentía insólitamente abatido. La charla sobre Ann Lindell, por una extraña razón, le hizo echar de menos a Rebecka. La idea de escaparse durante una hora o dos planeó sobre su cabeza durante un corto instante. Ya lo había hecho con anterioridad. Fue antes de que nacieran las niñas, un día que Rebecka tenía libre.

Sonrió al recordarlo y abrió la puerta de su despacho. En ese mismo momento sonó el teléfono. Lo miró, dejó que sonara un tono más antes de levantar el auricular.

– Hola, soy Westrup. ¿Molesto? -dijo la voz con rapidez, y continuó-: Tú te encargas del asesinato de Johny, ¿verdad? Este otoño nos dieron un soplo sobre un grupo de jugadores y el nombre de Johny estaba entre ellos.

– ¡Joder! -exclamó Haver, y el tedio desapareció.

– Estábamos vigilando a un iraní llamado Mossa, un jugador, quizá trafique con drogas, no lo sé. Estuvo con un grupo que se jugó mucho dinero.

– ¿Cómo lo sabes?

– Uno de los presentes se ha ido de la lengua. Åström lo detuvo por chanchullos con facturas falsas. Encontraron bastante dinero y no le resultó fácil justificar su procedencia. Entonces salió lo de la partida de cartas. Seguro que lo ha magnificado todo, sobre todo para que Åström se olvide de las facturas, pero dio una serie de nombres.

– ¿John ganó o perdió?

– Ganó. Y mucho. Se habla de unos cuantos cientos de miles.

– Tendremos que interrogar al muchacho. ¿Cómo se llama?

*****

Haver estudió el nombre en el cuaderno. No le dijo nada. Ove Reinhold Ljusnemark, treinta y cuatro años, mecánico aéreo. Lo habían despedido de Arlanda por robar.

Su dirección era un apartamento realquilado en la Tumbackar. A Haver le disgustó de inmediato Ove Reinhold. Quizá porque era un soplón que intentaba salvarse a costa de sus amigos. Westrup, un tipo de Escania que había llegado a la policía de Uppsala hacía un año, había prometido traer a Ljusnemark.

Cuando el rubicundo hombre de Hälsingland entró en el despacho de Ola Haver una hora más tarde, sus labios esbozaban una sonrisa de cordero. Haver lo estudió sin decir palabra. Le indicó con la mano a Ljusnemark que se podía sentar y le hizo una señal con la cabeza a Westrup. Este se entretuvo unos segundos en la puerta. Sonrió. Había algo que Haver apreciaba en su colega. El tamaño de su cuerpo, su andar tranquilo y su sonrisa, muchas veces difícil de interpretar pero siempre amable.

Haver permaneció un rato sentado en silencio. La sonrisa del visitante se volvió cada vez más tensa. Haver simuló buscar algo, sacó un grueso archivador que trataba de otra investigación, lo abrió, hojeó durante algunos segundos un océano de informes y transcripciones de interrogatorios, y luego le lanzó una rápida mirada al soplón.

– Un respetable fajo de papeles -dijo, y cerró el archivador-. ¿Qué dice? ¿Cooperación o confrontación?

Ove Reinhold Ljusnemark se removió en la silla. Ahora su sonrisa había desaparecido del todo, pero retornó súbitamente en forma de esforzada mueca y carraspeó. Haver no estaba seguro de que comprendiera el significado de la palabra «confrontación».

– ¿Conocía a Johny? Hay gente que dice que tiene algo que ver con su asesinato.

Ljusnemark tragó.

– ¡Qué cojones! ¿Quién dice eso?

Haver posó la mano sobre el archivador.

– ¿Quiere contármelo o prefiere ponerlo difícil?

– ¡Es una jodida mentira! He jugado algunas veces con él.

– Está bien, hábleme del juego.

Ljusnemark lo miró como si estuvieran en medio de una partida de póquer.

– Jugábamos a las cartas. En realidad no lo conocía. Éramos un grupo de tíos que nos reuníamos de vez en cuando. Nada de sumas grandes, pero a veces subía un poco la cosa.

– ¿Está prejubilado por incapacitación?

Ljusnemark asintió con la cabeza.

– Cuarenta y seis años y completamente acabado -soltó Haver.

– Tengo ciática.

– Pero al parecer aguanta pasar sentado toda la noche jugando al póquer. Cuénteme de cuánto dinero se trataba.

– ¿Se refiere a la última vez?

– ¿Quiénes participaron?

– Había un poco de todo. La gente entraba y salía, pues jugamos bastante tiempo. El tiempo pasa rápido de cojones cuando uno se lo pasa bien. También comimos un poco de pizza.

Ljusnemark calló e intentó esbozar una sonrisa.

– No se enrolle.

– Fue hace tiempo. No me acuerdo bien.

– Oiga -dijo Haver cortante-, hay datos que le relacionan con un arma que con toda probabilidad se utilizó en el asesinato de Johny.

– ¿Qué?

– ¿Quiénes estaban en la partida? ¿De cuánto dinero se trataba?

– ¿Qué arma? Nunca he tenido ningún arma.

Haver permanecía sentado en silencio.

– Déme un respiro -dijo Ljusnemark en inglés, y en ese instante Haver estuvo dispuesto a tenerlo a pan y agua durante veinte años. Abrió el archivador.

– Estábamos Johny y yo -comenzó Ljusnemark, y luego soltó toda la historia, rica en palabras y fluida, con todos los nombres. Haver reconoció un par.

– Usted perdió, ¿verdad?

– Cinco, seis mil pavos como mucho. Lo juro. Me vi obligado a dejarlo y Jerry ocupó mi lugar.

– ¿Jerry Martin?

Ljusnemark cabeceó afirmativamente. Se retorció en la silla. Haver lo estudió durante unos segundos.

– Ahora puede irse -dijo.

Ocho nombres. Haver pensó que allí, en alguna parte, se encontraba la solución de la muerte de Johny. Dinero y pasión, ahí hallaría la respuesta a las preguntas. La gente caía por el dinero y el amor traicionado.

Haver se retrepó. ¿Hay alguna sociedad donde el dinero no mande? Había oído hablar de una tribu en África sin apenas violencia ni robos, donde no se preocupaban de medir el tiempo. Añoraba ese lugar, pero seguramente esa tribu ya había sido exterminada. O expulsada a uno de esos guetos en los que sus habitantes desaparecían bajo el alcohol y el sida.

Ocho personas. Haver cogió la lista de nombres y fue a ver a Ottosson.

24

Vincent Hahn se despertó sobresaltado. Ojeó el reloj. Las nueve pasadas. Apenas llevaba dormido un par de minutos cuando comenzó a soñar. En alguna parte se oía la voz de un hombre. Tardó un par de segundos en comprender de qué se trataba. Las noticias en la radio.

Encontró a Vivian en la cocina, junto al teléfono. Lo miró asustada y comprendió que ella lo sabía.

– Deja el teléfono -ordenó, y dio un par de pasos hacía ella.

– Eres como Wolfgang -dijo ella-, mientes y pegas.

– Cierra la boca. No metas en esto a mi hermano.

– ¿Por qué?

Le quitó el auricular. Ella lo dejó hacer. Vio que ella sudaba. En la radio sonaba Evert Taube. Havsörnvalsen. Estaba pegado a ella. El vendaje de su cabeza estaba manchado de sangre.

– Era una puta -dijo Vincent en voz baja.

– ¿La conocías?

Dio un tirón y arrancó el cable del teléfono.

– Fuimos a la misma escuela. Ya entonces era una mierda.

– Eso fue hace mucho tiempo, ¿no puedes olvidar?

Vivian sabía que a Vincent le había disgustado la escuela, sufrió acoso y se sintió ignorado. Wolfgang dijo una vez que su hermano era la víctima perfecta para el acoso escolar.

– Me acuerdo de todo -respondió, ahora tan bajo que ella apenas pudo entender sus palabras.

Se acercó con el cable entre las manos.