¿Era posible que Vincent Hahn hubiera buscado a su ex cuñada? Según el hermano de Tel Aviv no tenían muy buena relación. Fredriksson suspiró. Jönsson y Palm estaban en Sävja llamando de puerta en puerta. Hasta ahora la investigación entre los vecinos de Hahn en Bergslagsresan no había dado resultado. La mayoría no pudo identificar a su vecino en la fotografía mostrada por la policía. El vecino de al lado, un bosnio de Sarajevo, esbozó una sonrisa sarcástica cuando Jönsson le preguntó si se relacionaba con Vincent Hahn.
Fredriksson apartó los papeles. En realidad no deseaba ocuparse de Hahn. Era el asesinato de Johny lo que había en su mente. Estaba seguro de que se resolvería, le embargaba una seguridad que no se apoyaba en nada concreto, sino que era una sensación basada en muchos años de experiencia y la probabilidad de que se resolviera un asesinato cometido en los círculos en los que se movía Johny. La sugerencia de la partida de cartas y la supuesta gran ganancia de John proporcionaban un motivo plausible. Habría que buscar al asesino en el círculo de jugadores ilegales. Fredriksson estaba cien por cien seguro. Se trataba de devanar la madeja.
Había discutido con Haver la eventual conexión entre Johny y Hahn, pero ambos dudaban de ella. Que los dos fueran compañeros de escuela podía tratarse de una simple coincidencia. El asesinato de Johny no era obra de Hahn. Si bien es cierto que sabían bastante poco del perfil, del pasado y del comportamiento de Hahn, el hecho de que encontraran a John en el vertedero de nieve de Libro hablaba en contra de que Hahn fuera el asesino. ¿Cómo podría haber llevado el cuerpo hasta allí sin coche y sin carné de conducir?
Alguien lanzó la idea de que Hahn se vengaba de una manera espantosa de los compañeros de escuela que tuvieran animales domésticos. John con sus peces y Gunilla Karlsson con su conejo. Que él era una especie de libertador de animales, Fredriksson consideraba que la teoría era demasiado rebuscada.
Volvió a llamar a Vivian Molin con el mismo resultado. ¿Debería ir a Johannesbäck y echar un vistazo? Sin duda Vivian Molin era el único nombre que tenían. ¿Quizá ella pudiera proporcionar alguna pista sobre el paradero de Vincent Hahn?
Fredriksson se sacó los zapatos de andar por la oficina, se anudó las botas, descolgó el gorro de piel y se puso en camino.
Diciembre. El sol apenas tenía fuerzas para alzarse sobre el horizonte. Ahora no importaba mucho. Las nubes cubrían Uppsala y se presentía nieve en el ambiente. Allan Fredriksson se sentó en el coche, pero se demoró un rato antes de girar la llave de contacto. «Fiesta de Navidad.» Las palabras le llegaron de ninguna parte. La policía solía tener su propia fiesta de Navidad, por lo menos hasta bien entrados los años setenta. No lo recordaba bien, pero seguramente era un recuerdo soñado de la infancia: ruidosas voces de adultos; las de niños no altas sino más bien esperanzadas, vestidos de fiesta, peinados; un Papá Noel con barba postiza.
Hacía mucho tiempo. Fredriksson saboreó las palabras. Simplemente pronunciarlas sonaba anticuado.
– Hacía mucho tiempo -dijo en alto.
Eso era lo que se decía. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Giró la llave y el motor del coche respondió con un quejido. Demasiado pensar, demasiado acelerar.
En la esquina de la calle Verkmästargatan con la Apelgatan habían chocado dos coches. Fredriksson sopesó por un instante detenerse, pero se abstuvo al ver los rostros de las partes involucradas. Las colisiones no eran asunto suyo. A Fredriksson siempre le habían resultado difíciles los accidentes de tráfico cuando trabajaba de patrulla; no era debido a los daños corporales, sino más bien porque había demasiados locos al volante.
Allan Fredriksson llamó a la puerta de Vivian Molin, esperó unos minutos y volvió a llamar. Ninguna respuesta. Entreabrió la ranura del buzón e intentó mirar dentro. Le llegó una ráfaga de olor a apartamento sin ventilar. No se veían cartas ni periódicos en el suelo. Al cerrar la ranura del buzón le pareció oír un chasquido en el interior del apartamento, como cuando uno enciende una lámpara. Escuchó atentamente, abrió de nuevo la ranura, pero no se oía absolutamente nada. ¿Se habría equivocado? Enderezó la espalda.
Sacó el móvil y el papel con el número de Vivian Molin. Dejó que sonara seis tonos, pero no se oyó nada en el apartamento. O se había roto la conexión o ella había apagado la señal de llamada.
Fredriksson permaneció pensativo. Se dio la vuelta y estudió la puerta del vecino. En el buzón ponía M. ANDERSSON. Llamó. Una mujer abrió de inmediato, como si hubiera estado al otro lado sujetando el pomo. Alrededor de setenta años, con el cabello blanco y largo recogido en una trenza, La mano sobre el pomo era delgada con grandes venas hinchadas azul oscuro.
Se presentó y explicó que buscaba a Vivian Molin.
– Pasa algo raro -dijo la mujer de inmediato.
– ¿Qué?
– He oído unos ruidos raros por la mañana. Un hombre vino ayer por la noche, tarde.
– ¿Cuándo ha oído los ruidos?
– Alrededor de las once. Acababa de preparar el fiambre de ternera en gelatina. Por la tarde me voy a Kristinehamn. El fiambre también. Estaba ahí abajo en la calle gritando.
– ¿Cómo era?
– No pude verlo bien, pero llevaba puesto un gorro. Vivian lo dejó entrar.
– ¿Bajó Vivian a abrirle la puerta?
– Sí, la cierran a las nueve.
– ¿Cómo era ese ruido que ha mencionado?
– Era como un chillido. Ha pasado algo. He estado a punto de llamar a la policía, pero una no debe meterse en los asuntos ajenos.
– ¿Conoce bien a Vivian? ¿Suele tener visitas nocturnas?
– No, nunca. Esta escalera está siempre tranquila.
– ¿Suele ir a trabajar?
– Está de baja. Está quemada, como se dice hoy en día.
Fredriksson le agradeció la información, bajó a la calle y desde ahí llamó al comisario de guardia. Ocho minutos más tarde llegaba una patrulla al lugar y un poco después, un cerrajero de Pettersson & Barr. Un joven con rastas de poco más de veinte anos.
Fredriksson y sus colegas uniformados dialogaron sobre cómo actuar. Si Vincent Hahn se encontraba en el apartamento con toda seguridad podía estar armado. No era probable que dispusiera de un arma de fuego; más bien un cuchillo u otra arma blanca, quizá.
El chico de las rastas forzó la puerta en treinta segundos. Silbaba mientras trabajaba y Fredriksson le pidió que guardara silencio.
– Cool, ¿eres el Carella de Uppsala?
Fredriksson no tenía ni idea de quién era ese tipo, pero asintió. Slättbrant, cuya tranquilidad era célebre en el cuerpo, abrió la puerta.
– Policía -gritó a través de la ranura de la puerta-. ¿Hay alguien en casa?
Silencio.
– Torsten Slättbrant, de la policía. Voy a entrar.
Abrió la puerta y entró en el apartamento con el arma reglamentaria en la mano izquierda. Dio un paso más, mientras echaba una ojeada a lo que Fredriksson creyó que era la puerta de la cocina. Luego permaneció parado una decena de segundos husmeando como un perro de caza.
Miró a su alrededor, sacudió la cabeza.
– ¿Hay alguien en casa? -repitió, y Fredriksson sintió como crecía su impaciencia.
– Qué blando -dijo el de las rastas, y Fredriksson le señaló que se mantuviera a un lado.
– Tú no eres como Carella -insistió el cerrajero en voz baja, y bajó hasta el rellano.
– Hay una mujer debajo de la cama del dormitorio -avisó Göthe, el otro policía uniformado.
Fredriksson asintió con la cabeza como si ya lo supiera.
– Creo que la han estrangulado -añadió Göthe.
El cerrajero se materializó detrás de él y asomó la cabeza.
– ¡Esfúmate! -gritó Fredriksson.