En lugar de volver a casa se dirigió al apartamento de Ann Lindell. Hacía meses que no la visitaba. Quería hablar. La idea de visitarla surgió a raíz de la disparatada cháchara del jefe, o puede que se debiera a las ganas de poder discutir el asesinato de Johny con Ann. Seguro que a ella no le importaría. Por lo que él sabía, estaba deseando volver.
Lo recibió en delantal, con harina en la pechera y en las manos.
– Pasa, estoy haciendo pan -dijo sin mostrar sorpresa alguna ante la visita inesperada-. Mis padres vendrán en Navidad, así que tengo que demostrarles que soy una buena ama de casa.
– Todo un panorama, en otras palabras -apuntó Haver sintiendo de inmediato la calidez y la afinidad que existían entre Ann y él.
La observó mientras trabajaba la masa. Estaba algo más rellena que antes de tener a Erik, pero no en exceso. Los kilos de más le sentaban bien. Colocó un paño encima del cuenco.
– Ahora tiene que fermentar -explicó satisfecha-. ¿Qué tal?
Se sentó frente a Haver. Sintió un impulso de abrazarla, pero se contuvo.
– Tienes harina en la cara -dijo él.
Le dedicó una mirada pícara y se restregó la mano por la mejilla dejándola aún más blanca.
– ¿Mejor?
Haver movió negativamente la cabeza. Le alegraba oír su voz familiar. Le excitaron sus brazos desnudos cubiertos de harina. Quizá ella lo notara, pues la expresión de su rostro adquirió una leve mueca de perplejidad. La confusión de ambos electrificó el ambiente. Nunca antes había sentido algo así por Ann. ¿De dónde venía esa repentina atracción? Siempre le había parecido atractiva, pero nunca había experimentado esa vivida calidez y ese penetrante deseo.
Ann, por su parte, no conseguía clasificar su mirada y su expresión en ninguna casilla concreta. Lo conocía tan bien que creía saber leer todos sus estados de ánimo, pero esto era algo nuevo.
– ¿Cómo va el caso Johny?
– Creemos que hay dinero de póquer en juego. -Relató los interrogatorios con los jugadores y la supuesta gran ganancia.
– ¿Solía jugar?
– Sí, según varias personas jugaba de vez en cuando, pero nunca grandes sumas.
– Para entrar en una partida así uno tiene que ser atrevido, tonto o rico. O una combinación de todo eso -dijo Ann.
El hecho era que Haver había pensado lo mismo.
– Debía de tener una buena cantidad de dinero -prosiguió Ann.
Haver deseaba escucharla. «Hay que ver lo importante que son los compañeros -pensó-. Ann es el alma de nuestra brigada.»
– Sí, al parecer tenía un poco. Le prestó diez mil coronas a un amigo en septiembre.
– Esa no es una gran suma.
– Para alguien que lleva un tiempo en el paro es bastante dinero.
– ¿Quieres un café?
– No, gracias. Pero sí tomaría algo de beber.
Ann sacó una cerveza de Navidad. Sabía que a él le gustaba la cerveza negra.
– ¿Te acuerdas de cuando asistimos a una conferencia en Grisslehamn? -preguntó antes de darle un trago a la cerveza directamente de la botella.
– Me acuerdo de que Ryde se emborrachó y empezó a regañar a Ottosson.
– Dijiste algo que he guardado en la memoria. Algo sobre las condiciones del amor.
Ann perdió la calma por unos segundos antes de encontrar de nuevo un tono ligero.
– Si dije algo así debía de llevar un buen pedo encima.
– Habías bebido un poco de vino -concedió Haver, y se arrepintió de sus palabras, pero no fue capaz de detener la corriente que se había desatado en su interior cada vez con más fuerza durante aquellas últimas semanas.
– No recuerdo -dijo ella a la defensiva.
– Acababas de conocer a Edvard.
Ann se puso de pie, se acercó a la encimera y echó un vistazo debajo del paño.
– Aún tiene que fermentar un rato -dijo Haver.
Ann se apoyó en la encimera y lo miró.
– Después de que Rolf me dejara me sentía confundida y vulnerable, tanto en el trabajo como en mi vida privada.
– No tienes demasiada suerte con los hombres. No lo tomes como una crítica -se apresuró a añadir al ver su expresión-. Quizá te involucras demasiado en el trabajo y te olvidas de ti misma.
– De mí misma -resopló. Se acercó a la despensa, sacó una botella de vino y se sirvió un vaso-. Estoy dejando de amamantar -contó.
– Bebes vino de Rioja, como siempre -observó Haver, en cierta forma aliviado.
Ella se sentó y siguieron razonando sobre Johny. Ann también deseaba saber todos los detalles sobre la agresión de Sävja y el asesinato de la calle Johannesbäcksgatan. Haver notó su empeño y, por primera vez desde que comenzó la investigación, encontró que su cerebro se ponía en marcha. Hasta ahora había estado obsesionado por hacerlo todo bien. Era el responsable formal de la investigación. Ahora su imaginación podía correr libremente como había hecho tantas veces antes en las discusiones con Ann. «¿Me ve como un competidor, ahora que yo he ocupado su puesto en la comisaría mientras ella tiene que estar en casa?» Pensó por un instante. No lo creía. A Ann no le preocupaba el prestigio y poseía una autoridad que enseguida le devolvería a su posición anterior una vez que regresara al trabajo.
– ¿Cómo están las niñas? -preguntó cuando la conversación sobre Johny comenzó a decaer.
– Bien, creciendo.
– ¿Y Rebecka?
– A ella le pasa lo mismo que a ti. Quiere volver al trabajo. Por lo menos, eso es lo que yo creo. Parece inquieta, aunque el otro día dijo que no quería regresar a la sanidad. Hay demasiados recortes y gilipolleces.
– Leí un artículo de Karlsson, el delegado de la Diputación Provincial. No puedo decir que me impresionara.
– Rebecka se cabrea cada vez que ve su cara en los papeles.
Ann rellenó su vaso de vino.
– Quizá debería irme a casa -sostuvo Haver, pero permaneció sentado.
Debía telefonear a Rebecka, pero por alguna razón se avergonzaba ante Ann de tener que llamar a casa y decir dónde estaba. Era un pensamiento ridículo, pero justo ahora deseaba excluir a su mujer. No quería pensar en la tregua que había en su vida en común, una especie de paz armada, en la que ninguna de las partes estaba dispuesta a abandonar las trincheras, ni tampoco a dejar las armas.
– Pareces preocupado -dijo Ann.
De pronto deseó contarlo todo, pero se contuvo y dijo que había mucho que hacer.
– Bueno, ya sabes cómo es, hay que correr todo el rato, perseguir de un lado a otro y continuamente aparece más mierda. Sammy está muy frustrado. Ha tenido que dejar su trabajo con las bandas juveniles. Todo empezó tan bien, pero ahora no tenemos gente ni recursos.
– Deberíamos enviar un mensaje a todos los delincuentes: «Por favor, absténganse de maltratar y asesinar durante los próximos seis meses, trabajamos en un proyecto juvenil y no tenemos tiempo para nada más».
Haver rió. Pensó en tomar un trago de cerveza, pero descubrió que la botella estaba vacía. Ann sacó una nueva y él bebió sin tener en cuenta que conducía. «Tengo que telefonear», volvió a pensar, y posó la botella sobre la mesa.
– Qué sed tenías -señaló Ann.
– Tengo que hacer una llamada.
Salió al recibidor y regresó casi de inmediato.
– Todo va bien -expresó, pero Ann vio otra cosa reflejada en su rostro.
Permanecieron sentados un rato en silencio. Ann saboreaba el vino y, mientras, Haver la observaba. Sus miradas se encontraron por encima del borde de la copa de vino. El inesperado deseo de Haver retornó. Buscó la botella de cerveza. Ann posó su mano sobre la de él.