– Cuéntame -dijo.
– A veces tengo ganas de divorciarme, a pesar de que quiero a Rebecka. Juego como un masoquista con la idea de castigarme a mí mismo o a ella, no sé por qué. Antes, cuando nos veíamos, ella me atraía como si fuera un imán y yo una limadura de hierro. Creo que ella sentía lo mismo. Ahora todo es apatía. A veces me mira como a un extraño.
– Quizá a veces seas un extraño -apuntó Ann.
– Me vigila como si esperara algo.
– O a alguien. ¿Todavía es celosa? Comentaste algo de eso cuando estuvimos en España.
– No sé. Siento como si a ella no le importara.
Ann observó que Ola cada vez estaba de peor talante. Temió que se derrumbase y eso ella no lo aguantaría. Tenía que intentar decir cosas sensatas, que con toda seguridad resultarían bastante insensatas. De lo que ella tenía miedo era del sentimentalismo, una trampa en la que quizá deseaba caer. Sería una víctima. Así era. No es que lo amara, pero la necesidad de cercanía rezongaba como un deseo en su interior, lo sentía con tanta fuerza que temió que el edificio de su vida tan minuciosamente construido pudiera derrumbarse. No había estado junto a un hombre desde el verano. «Me estoy secando», pensaba con cada vez más frecuencia. A veces se acariciaba, pero nunca conseguía satisfacerse. Pensó en Edvard, allá en Gräsö, a diez mil kilómetros de distancia. Daría cualquier cosa para que sus manos la estrecharan. Él había desaparecido para siempre, lo había perdido en una noche de calentón de borrachera. La añoranza y el desprecio por sí misma iban a la par.
Haver tomó su mano y ella lo dejó hacer. El silencio era doloroso, pero no se podía pronunciar ninguna palabra.
– Quizá debería irme -dijo Haver con la voz rasgada.
Carraspeó y la miró con una expresión infeliz.
– ¿Y tú? -continuó con una pregunta que ella no deseaba oír ni contestar.
– Voy tirando -respondió-. A veces resulta un poco ingrato, pero tengo a Erik, que es muy bueno.
Eso era lo que se esperaba que ella dijera, y sí, a veces era suficiente con la criatura, pero cada vez más a menudo se hacía notar la necesidad de otra vida.
– Pero a veces resulta un poco ingrato -repitió.
– ¿Todavía echas de menos a Edvard?
«Vale ya», pensó ella, y de pronto se enfadó por sus preguntas tan personales, aunque se calmó al instante. No había maldad en lo que él decía.
– A veces. Creo que perdimos nuestra oportunidad, que nunca fuimos al mismo ritmo.
Él apretó la mano de ella.
– Seguro que encuentras un hombre sensato -expresó, y se puso en pie.
«Quédate un rato más», tuvo ganas de decir, pero se contuvo. Salieron al recibidor. Haver se estiró a por la chaqueta, pero fue como si el brazo cambiara de dirección por sí mismo. La sujetó de los hombros y la atrajo hacia sí. Ella suspiró, ¿o fue un sollozo? Posó lentamente las manos en su espalda y lo abrazó con cuidado. Pasó un minuto. Luego se liberó de su abrazo, pero permaneció parada justo a su lado. Sintió su aliento, nada era desagradable. Él acarició su mejilla, pasó la punta de sus dedos por su oreja. Ella tembló. Él se inclinó aún más sobre ella. Se miraron durante una décima de segundo antes de besarse. «¿A qué sabe Ola Haver?», pensó después de que él se fuera.
No se miraron, sino que se separaron como en el escenario de un teatro, se deslizaron, murmuraron cada uno su adiós y él cerró con cuidado la puerta de la calle tras de sí. Ann posó una mano sobre la puerta mientras se pasaba la otra por la boca. «Mal hecho», pensó, pero se arrepintió de inmediato. No había nada malo en su corto encuentro. Un beso, lleno de búsqueda y añoranza, amistad pero también atracción, que surgió como la lava en una violenta erupción y se transformó en un mineral tan desconocido como sus cualidades.
Regresó a la cocina. La masa sobresalía del cuenco. Quitó el paño y observó como esta había crecido. De pronto surgió el llanto y deseó que Ola se hubiera quedado un rato más. Solo un ratito. Se le ocurrió que él habría querido ver cómo hacía el pan. A ella le habría gustado. Los brazos remangados, la resistencia de la masa cálida y pringosa y la mirada de él. Habría formado y cocido cálidas hogazas de un pan marrón claro. Sin embargo, la masa esperaba ahí como un pedazo informe que ella ya no deseaba tocar.
Ola Haver bajó las escaleras despacio, pero luego aceleró sus pasos. El estómago revuelto, el cerebro hecho un lío y una angustia punzante le acompañaron hasta el patio, en el que había medio metro de nieve. ¿Es que nunca iba a parar de nevar?
Pensó en Rebecka y en las niñas, y apresuró el paso. Una vez en el aparcamiento levantó la vista hacia la fachada y buscó el apartamento de Ann, pero no estaba seguro de cuál era su ventana. Superó el impulso de regresar corriendo y se sentó en el coche helado, pero no fue capaz de girar la llave. Tiritó y comprendió que el corto encuentro en el recibidor de Ann siempre influiría en su relación laboral. ¿Podrían trabajar juntos? Haver suspiró profundamente y maldijo su propia debilidad. Fue un beso inocente, pero muy explosivo. Después de conocer a Rebecka nunca había besado a otra mujer. ¿Lo notaría ella? Pasó la lengua por sus dientes. Las marcas externas desaparecen en pocos segundos, pero las internas se quedan adheridas. Se sentía satisfecho de una manera difusa. Había conquistado a Ann, una mujer atractiva que no era conocida por ser fácil. Sabía que era un pensamiento ridículo, pero la frialdad de los últimos tiempos en casa había abierto un espacio psicológico para esa sensación de triunfo que él absorbía como si fuera un sabroso caramelo. Jugó con la idea de emprender una relación con Ann. ¿Querría ella? Lo dudaba. ¿Lo soportaría él? Aún más dudoso.
Salió marcha atrás del aparcamiento. La nieve recién caída estaba intacta, lo que le recordó que se había hecho tarde, pero también el cuerpo destrozado de Johny en Libro.
– ¿Qué es eso blanco en la ropa?
Bajó la vista a la pechera de su camisa y se ruborizó.
– Ann estaba haciendo pan -indicó lacónico-. Me tropezaría con algo.
– Vaya, haciendo pan -repitió Rebecka, y desapareció al dormitorio.
Miró a su alrededor. La cocina estaba impecable. Todo en su sitio. La encimera recién secada relucía. Lo único que perturbaba la imagen eran una vela a medio consumir y una solitaria copa con un poso de vino en el fondo. La cera se había derretido y había formado un extraño dibujo sobre el cardenillo del candelabro herencia de su abuela. Haver lo asociaba a su infancia. Ella solía encenderlo los días especiales. La copa era verde, un recuerdo de sus primeras vacaciones juntos en Gotland. El vino era el tinto que él había comprado para celebrar el año nuevo con Sammy Nilsson y su mujer.
Oyó como ella trajinaba en el dormitorio, bajaba persianas, cerraba cajones y encendía la lámpara de la mesita. La podía ver ante sí, serena, con esos movimientos un poco espasmódicos que adoptaba cuando se enfadaba.
Abrió la nevera y cogió una cerveza, se sentó a la mesa y esperó la tormenta.
26
Lennart rió y se levantó de la cama. El reloj le había despertado de forma brutal. Se rió al imaginarse lo sorprendidos que estarían sus conocidos si pudieran ver al alcohólico y holgazán de Lennart Jonsson vestirse, sobrio, con la cafetera lista y el termo a mano a las seis menos cuarto de la mañana. Nada de sostener una cerveza con manos temblorosas y nada de buscar colillas en la mesa sucia. Recordó una mañana en la que Klasse Nordin lo despertó mientras bebía sus propios vómitos recogidos unas horas antes en una bolsa del Konsum. «Que se jodan esas mañanas de resaca», pensó envalentonado.
Por lo menos no pasaría frío. Albin, su padre, habría envidiado su forro polar de Helly Hansen, un resto de su paso por la construcción. Albin solía quejarse del frío. En verano se quejaba del calor. Rara vez se encontraba a gusto, aunque no solía quejarse de nada más. Ni siquiera de los desmanes de Lennart en los peores años de su adolescencia.