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En cierta manera se sentía liberado. Había experimentado esa tranquilidad antes, una noche en la que la ansiedad causada por la borrachera le produjo palpitaciones. Entonces, reconciliado con su vida de mierda, estuvo dispuesto a morir. Se había levantado a beber agua, se miró en el espejo y se fue a acostar de nuevo, con el corazón saltándole de un lado a otro en el pecho.

Mossa levantó la pistola unos centímetros más.

– Me recuerdas a un armenio que conocí -dijo Mossa-. También se mostró valiente ante la muerte.

Lennart cayó de rodillas.

– Méteme la bala en la cabeza -dijo, y cerró los ojos.

Mossa bajó la pistola, le dio a Lennart una patada en la boca y se inclinó sobre él.

– Si quieres investigar la vida de tu hermano, habla con la puta de su mujer -espetó, y abandonó el apartamento.

Lennart, que había caído al suelo después de la patada, permaneció tirado hasta que empezó a temblar de frío.

*****

Veinte minutos después Lennart había tenido tiempo de darse una ducha caliente y envolverse en una sábana. Tenía el labio partido y se puso una cinta adhesiva para que dejara de sangrar. Cuando llamaron a la puerta dio un respingo. Había olvidado que Lindell pasaría a visitarlo.

Abrió la puerta y estaba preparado para cualquier cosa, menos para la presencia de un cochecito.

– ¿Qué cojones…? -dijo, y retrocedió hacia el interior del apartamento.

Se sentaron en el salón.

– ¿Qué te ha pasado?

– Me he resbalado en el trabajo -explicó Lennart-. Me he dado con la pala en todos los morros.

– ¿No tienes tiritas?

– Con la cinta adhesiva es suficiente.

Se quedó sin aliento. El madrugar, el trabajo con la nieve, la inesperada visita de Mossa y la ducha caliente habían extenuado su cuerpo, de forma que apenas podía mantener los ojos abiertos. Si Lindell no hubiera estado sentada frente a él se habría dormido en un par de minutos.

– Has dicho que tenías una pista -empezó Lindell-. ¿Por qué no hablaste con Sammy Nilsson de eso?

– Como te he dicho, no me cae bien. Es demasiado cortante.

– Tú también puedes serlo -sostuvo Lindell-. Para que lo sepas.

Lennart sonrió. La herida del labio hizo que pareciera una mueca.

– ¿Así que ahora eres una detective privada?

– No, en absoluto, pero es evidente que estoy interesada.

– ¿Por qué dedica la pasma tan poco tiempo a atrapar al asesino de mi hermano?

– No creo que sea así. Por lo que sé, tiene la máxima prioridad.

– ¡Una mierda! Para vosotros es un viejo follonero para el que no es necesario tomar todas las medidas. Si fuera un pez gordo ya os habríais puesto las pilas.

– Para nosotros todos los asesinatos son igual de importantes -respondió Lindell con tranquilidad-. Tú lo sabes.

– ¿Qué sabéis? Estuvo en casa de Micke y luego desapareció. ¿Habéis controlado la coartada de Micke?

– Supongo.

– Yo no supongo una mierda. ¿Sabíais que John jugaba?

Lindell asintió con la cabeza.

– ¿Habéis hablado con sus compañeros de partida? Seguro que ahí hay cantidad de bribones.

– No tengo nada que ver con la investigación, pero claro que se investiga todo lo que tenga que ver con John.

– En otras palabras, no sabéis nada. Por ejemplo, ¿dónde está el dinero?

– ¿Qué dinero? -preguntó Lindell, consciente de que se refería a la ganancia al póquer.

– Él ganó, ¿no lo sabías?

Lindell movió la cabeza negativamente.

– Seguro que lo sabías -indicó Lennart tranquilo. Estaba acostumbrado a que la policía no lo contara todo y rumió qué podría hacer para que ella le revelara algo.

Lindell sonrió, se puso en pie y se acercó al cochecito.

– Y Berit, que va por ahí, como una vaca hipócrita -dijo-. Ella no me cuenta una mierda, solo habla con la vieja y con Justus. Es conmigo con quien debería hablar, pero es una estirada de mierda. Seguro que ella tiene el dinero.

Lindell observó como cerraba los puños.

– Yo soy su hermano y, si hay que arreglar algo, soy yo quien debe hacerlo, pero estoy seguro de que ella oculta algo.

Levantó la vista apresurado y se encontró con la mirada de Lindell.

– Pero no os dejaréis engañar por la viuda reciente que se pasa el día llorando, ¿verdad?

– Estoy segura -dijo Lindell-. También la han interrogado, seguro que lo sabes. Aunque seas el hermano de John, Berit es la que puede proporcionar más datos sobre los últimos años de su vida, ¿o no? ¿Por qué crees que ocultaría algo?

– Ella siempre… -comenzó Lennart, pero guardó silencio-. Uno no se puede fiar de las tías -prosiguió, y a Lindell le resultó difícil decidir si intentaba bromear o si había algo de sustancia tras las insinuaciones sobre su cuñada.

– Pero lo descubriré -dijo resuelto-. Perseguiré al mierda ese que mató a mi hermano. Me importa un carajo si luego perjudica a Berit. Ella se lo ha buscado.

Lindell volvió a sentarse, guardó silencio y esperó.

– ¿Quién te ha golpeado?

– ¿De qué coño hablas?

– Hay sangre en el suelo de la cocina -señaló Lindell.

– Sangraba al llegar a casa.

– ¿En la cocina?

– ¿Está prohibido?

Su voz estridente molestó a Erik, que lloriqueó en el cochecito. Lindell se acercó para echar un vistazo y lo meció ligeramente.

– Creo que has tenido visita -dijo al finalizar el llanto.

– ¿Y qué? -respondió él.

– Si quieres ayudar a detener al asesino de John deberías jugar con las cartas sobre la mesa.

– Eres igual que Sammy Nilsson -sentenció Lennart, y se puso en pie. Arrastró la sábana por el suelo al dirigirse al cuarto de baño.

Lindell oyó como trajinaba y supuso que se estaba vistiendo. Al regresar llevaba puestos unos pantalones y una camiseta. La cinta adhesiva del labio se había despegado.

– Deberías mirarte esa herida. Quizá necesite algún punto.

– Oye, madero, ¿aún no te has ido?

*****

Lennart la siguió con la mirada cuando ella empujó el cochecito al cruzar la calle para dirigirse a la parada del autobús.

– Tía de mierda -murmuró.

Fue entonces, por primera vez, cuando las palabras de Mossa penetraron como proyectiles en su conciencia. Había utilizado la palabra «puta» y esta era muy fuerte viniendo del iraní. Él podía ser duro, pero prestaba atención al valor de las palabras, las elegía con cuidado. Si había dicho «puta» es que quería decir lo que decía; no como otros, que soltaban insultos a todas horas cuando hablaban de mujeres. Todos los que conocían a Mossa sabían que era respetuoso con ellas, que adoraba a su madre y que siempre concedía mucha importancia a presentar sus saludos a las hermanas y las madres de sus amigos.

Llamó «puta» a Berit. Eso únicamente podía significar una cosa: ella había sido infiel. «Habla con la puta de su mujer», eso había dicho exactamente. El significado de las palabras afectó profundamente a Lennart. ¿Habría estado con otro?

El cansancio había desaparecido. Se puso los calcetines y la ropa de abrigo y tras unos minutos estaba en la calle. El camino que tomó fue el mismo sendero de lágrimas por el que había caminado lentamente la noche en la que se enteró de la muerte de John. Ahora se apresuraba calle arriba en un arrebato de cólera y con las preguntas incontestadas oprimiendo su cabeza.

Había la misma cantidad de nieve que entonces. En la plaza Brantings no se veía ningún tractor, pero sí un grupo de jóvenes bulliciosos que cantaban villancicos. Se detuvo y los observó. Él mismo había estado allí tiempo atrás, gritando, expulsado de una fiesta sin drogas de Santa Lucia en Brantingsgården, borracho perdido de cerveza, catorce años y con un desarraigo, tanto literal como figuradamente, que aún laceraba su cuerpo como una mezcla de vergüenza y odio. ¡Dios mío, cuánto odio sintió! Rompió una ventana de la biblioteca y tiró las bicicletas al suelo. La policía lo detuvo y Albin tuvo que pagar las reparaciones.