Se acercó a los jóvenes.
– ¿Alguno de vosotros tiene un móvil?
Lo miraron fijamente.
– Necesito llamar por teléfono.
– ¡Cómprate uno!
– Necesito uno ahora.
– Allí tienes una cabina.
Lennart agarró a uno de los chicos.
– Dame el teléfono; si no, te mato -gritó al oído del chico atemorizado.
– Te dejo el mío -dijo una niña, y alargó su móvil.
– Gracias -respondió Lennart, y soltó al chico-. Dos minutos -añadió, y se fue hacia un lado.
Llamó a Micke, que se había quedado dormido en el sofá y respondió soñoliento. Hablaron durante un par de minutos. Lennart tiró el móvil a la nieve y salió medio corriendo por la Skomakarberget.
Berit acababa de apagar el televisor. Por alguna razón le interesaban más las noticias desde la muerte de John. Incluso Justus estaba sentado a su lado. Quizá fuera para medir su propia desgracia con todo lo que sucedía en el mundo, para ver que no estaban solos. Al contrario, la violencia se duplicaba y se repetía hasta la eternidad en la pantalla del televisor.
Lanzó el mando sobre la mesa y posó su mano sobre el hombro de Justus. Vio que estaba a punto de levantarse, pero deseaba que se quedara en el sofá un rato más. Él giró la cabeza y la miró.
– Quédate un rato -pidió ella, y para su sorpresa él se hundió de nuevo en el respaldo.
– ¿Qué es un tattare? -preguntó.
– ¿Tattare? Bueno -contestó Berit demorándose-. Cómo puedo explicarlo. Una clase de personas que no eran ni gitanos ni suecos. Morenos. Había familias de tattares. Papá solía hablar de ellos. ¡Ah, sí! Solía decir que «esas personas eran tattares». Lo decía como si de esa manera todo estuviera explicado. ¿Por qué lo preguntas?
– Uno del patio dijo eso.
– ¿De quién?
– De papá -señaló Justus, y la observó con esa mirada cruel, directa, que no toleraba medias verdades ni disimulos-. Dijo que papá era un tattare.
– No es cierto -dijo Berit-. Ya lo sabes. Él era rubio.
– Pero Lennart es moreno.
– Bueno, eso son cosas que dicen los niños. Ahora ya no hay tattares. ¿Se metieron contigo? ¿Quién fue?
– Patrik -indicó Justus-, pero está pirado. Su padre pega a su nueva mujer.
– ¿Qué dices?
– Todo el mundo lo sabe.
Ella pensó en sus palabras. Era obvio que él iba a oír cosas, pero no le preocupaba. Estaba acostumbrado a defenderse. Aunque en ocasiones Justus pudiera parecer débil, uno se equivocaba si creía que era todo bondad. En eso se parecía a John, duro como una piedra.
Sollozó al pensar en John. Justus miró fijamente al frente antes de posar su mano sobre las rodillas de ella.
– Papá quería que nos mudáramos -dijo-. Yo también quiero.
– ¿Adónde podríamos mudarnos? ¿Cuándo dijo eso?
– Este otoño. Muy lejos.
– Solía soñar, ya lo sabes, pero creo que aquí estaba a gusto.
– Quería irse de esta ciudad de mierda -insistió.
– ¿Dijo eso? -preguntó Berit, y miró de hito en hito sorprendida a su hijo-. ¿Ciudad de mierda?
Justus asintió con la cabeza y se puso en pie.
– ¿Adónde vas?
– Tengo que dar de comer a los peces.
Berit observó su espalda y su cuello. Se movía como John. Los movimientos que hacía sobre la superficie del agua del acuario eran los mismos. Los cíclidos se acercaron con movimientos envolventes, en bonitos bancos, de forma que la vista lo percibía como un solo cuerpo.
Entonces aporrearon la puerta. No llamaron al timbre, sino que siguieron aporreando. A Justus se le cayó el bote de la comida y miró fijamente hacia el recibidor. Berit se puso en pie, pero fue como si sus piernas temblorosas no pudieran aguantarla. Miró el reloj del aparador.
– ¿Abro? -preguntó Justus.
– No, abro yo -contestó, y se levantó.
Fue al recibidor. Los golpes habían cesado. Puso la cadena de seguridad y entreabrió la puerta con cuidado. Fuera esperaba Lennart.
– ¿Por qué aporreas la puerta?
Sopesó no dejarlo entrar, pero entonces armaría escándalo en la escalera, así que era mejor abrir. Entró como un tiro por la puerta.
– ¿Estás borracho?
– ¡No me vengas con eso! Nunca he estado tan sobrio en toda mi vida. ¡Tía de mierda!
– ¡Lárgate! -exclamó Berit decidida, y abrió de nuevo la puerta, la dejó abierta de par en par con la mirada clavada en la de Lennart.
– ¡Basta ya! Me iré cuando me dé la gana. Primero me tienes que contar unas cosas.
– Justus, vete a tu cuarto -ordenó Berit.
El chico se quedó en la puerta del salón, sin hacer el menor gesto de irse a su cuarto.
– Se dicen muchas cosas -dijo Lennart.
– Justus, vete a tu cuarto -repitió Berit con un tono cada vez más agudo.
Ella se colocó en el campo de visión entre el hijo y el cuñado.
– ¡Lárgate! -chilló-. Mira que tener la vergüenza de venir aquí a gritar.
– He hablado con Mossa y con Micke -replicó Lennart con tranquilidad.
Berit lanzó una rápida mirada por encima del hombro. El chico seguía ahí, petrificado. En su figura había algo de John.
– Vete, te lo pido por favor. Podemos hablar luego.
– Nada de luego -respondió Lennart.
Tuvo lugar un silencioso enfrentamiento entre ellos dos. «Si por lo menos estuviera borracho -pensó-, entonces sería más fácil.» Pero el cuñado parecía inusualmente espabilado y fresco, tenía las mejillas sonrojadas y no olía a sudor ni alcohol.
– ¿Qué te has hecho en el labio?
– ¿Y a ti qué coño te importa? No he venido a hablar de mis labios, más bien de los tuyos -señaló con una sonrisa burlona, satisfecho de su rápido chiste.
Berit bajó la cabeza, respiró hondo.
– Lennart, por favor, piensa en Justus. Ha perdido a su padre. Ahora no necesita más cosas. Es suficiente, tenemos de sobra. Nosotros…
Sollozó.
– Así que es hora de berrear. Deberías haberlo pensado antes.
Berit se alejó de la puerta, se acercó al niño y le pasó la mano por el hombro, lo miró a los ojos.
– Justus, quiero que te vayas a tu cuarto. Está borracho o simplemente loco. Chismorrea demasiada mierda. No tienes por qué oírlo.
– Yo también vivo aquí -replicó Justus, pero sin levantar la vista.
– Sí, claro -concedió Berit-, pero ahora déjanos solos un rato.
– ¿De qué quiere hablar?
– No lo sé -dijo en voz baja.
– ¡Claro que lo sabes, cojones! -exclamó Lennart desde la puerta-. A Justus también le puede venir bien oír un poco sobre su madre. Vas como una viuda santa y llorona por la vida. ¿Quién puede decir que no estés involucrada?
– ¡No, ahora márchate! Si estás pirado, piensa por lo menos en el niño. Justus, vete a tu cuarto, yo me ocupo de esto.
– No quiero -dijo Justus.
– Luego hablaremos. Vete a tu cuarto y cierra la puerta -ordenó Berit con un tono decidido, y más o menos lo empujó fuera de la habitación. Después se dio la vuelta hacia Lennart.
– ¿Quién viene con esas suposiciones?
– Dicken, ¿no te acuerdas de él? Por supuesto, recordarás bien sus dientes.
– ¡Basta ya, joder!
La rabia hizo que su voz acabara en falsete.
– ¡Cierra la puerta! -le gritó al chico.
– A mí no me asustas con tus gritos. Hay gente que dice que tienes algo que ver con la muerte de John.
Ella lo miró de hito en hito.
– Imbécil de los cojones -gritó-. Imbécil de los cojones.
– ¡Que te den por el culo!
– Sí, claro, pero primero me vas a decir quién habla mierda de mí.