– No es ninguna mierda. Fue Micke quien me lo contó.
– ¿Qué?, ¿Micke Andersson? Creía que me conocías. Y a John -añadió.
– En todas partes cuecen habas… -dijo Lennart, y como respuesta recibió un bofetón en la mejilla.
– Ya es hora de que te vayas.
– Escucha, tía de mierda -espetó, y la agarró con fuerza por el brazo, antes de que Justus saliera disparado de su habitación.
– ¡Dejad de pelearos! -gritó-. ¡Vale ya!
Berit abrazó a su hijo, pero este se apartó. La rabia hizo que el rostro de él se contrajera entre convulsiones, se sorbió los mocos y la miró impotente.
– Justus, no escuches a Lennart.
– Ahora échame la culpa -dijo Lennart con tono despectivo-. Mossa te llamó «puta» y seguramente tiene razón. Con lo que coqueteabas con ese vecino vuestro.
– ¿Te refieres a Stellan? ¡Es homosexual! Se pasa la vida abrazando. Tú lo sabes, Justus. Stellan, ya sabes.
– Y luego está Dicken Lindström, también has ido a por él. ¡Joder! ¿Fue agradable?, ¿muerde bien con esos dientes?
– Estás mal de la cabeza -dijo Berit con calma-. Vives en un mundo enfermo con una mente enferma.
– ¿Quién es Dick? -preguntó Justus.
– Es un amigo de John, con el que Berit se magreaba. Por detrás de John.
– Fue a por mí una vez, intentó tocarme, pero yo no lo dejé. Joder, tú estabas presente. Yo estaba en la cocina haciendo la comida, vosotros estabais jugando a las cartas. No quise decir nada porque John lo habría matado.
– Vaya, así que esa es tu versión.
– Nunca ha habido otra. He dicho que intentó meterme mano. Es un cerdo, tú crees…
Berit no finalizó la fase.
– No lo creas -le dijo a Justus-. Es un enfermo mental.
– No digas que soy un enfermo -gritó Lennart.
El chico los observó a ambos con un semblante inexpresivo antes de regresar a su habitación y cerrar la puerta de un portazo.
– ¿Estás contento? ¡Cabrón! -gritó Berit-. Ya lo tiene lo suficientemente difícil para que vengas por aquí con tus idioteces. Ahora vete antes de que te mate. Y no vuelvas nunca más. Si lo haces, llamaré a la policía.
– Si alguien tiene que llamarlos soy yo -dijo Lennart tranquilo-. ¿Lo sabía John? ¿Murió por eso? Si es así pronto estarás muerta.
Berit lo miró de hito en hito.
– ¡Eres un mierda! ¡Dios, cuánto te odio! Tus jodidas tonterías y la bebida. John lo intentó y lo consiguió, pero tú das vueltas y vueltas como un puto cerdo. Y tienes la poca vergüenza de venir aquí y amenazarme, jodida e inmadura rata de mierda. Ya lo decía John, que nunca crecerías. Te despreciaba, ¿lo sabías? Detestaba tu chismorreo: la calle Ymergatan por aquí, el billar por allá. ¡Joder, eso fue hace cien años! ¿Eso es algo de lo que hablar? El pequeño gángster que aterrorizaba a su entorno. ¡Lárgate y que te den, rata de mierda! Crees que erais algo, verdaderos reyes, pero robar y esnifar pegamento solo hace que se te vacíe el cerebro. John tuvo el valor de dejar todo eso, pero tú todavía te arrastras entre la mierda. Sabes que John aborrecía tu jodida charla, pero aguantaba porque eras su hermano; si no, te hubiera echado hace muchos años.
Berit finalizó abruptamente y respiró hondo. Lennart esbozó una sonrisa burlona, pero ella pudo ver el miedo reflejado en sus ojos, y durante un instante tuvo un ataque de remordimiento. Su sonrisa socarrona se endureció y se convirtió en una máscara macabra que, sin embargo, se diluyó cada vez más hasta que apareció una angustia desesperada. Retrocedió, salió al rellano, todavía con la cabeza en alto, pero entonces apareció el tic que Berit tan bien conocía. Él respiró por la nariz, inclinó rápidamente la cabeza hacia delante y todo su cuerpo se estremeció. Era como si el cuchillo de ella se hubiera introducido hasta lo más profundo de su corazón y golpeara con toda su fuerza. Su mirada se volvió gris y vacilante, se dio la vuelta y escapó escaleras abajo con pasos ruidosos.
Oyó que la puerta del portal se cerraba como en una niebla. Cerró la puerta de la calle y se desplomó en el suelo. Lo único que se oía era el zumbido de la bomba del acuario. En la habitación de Justus reinaba el silencio. Berit alzó la vista. Era como si la inquietud y las preguntas del chico rezumaran a través de la puerta cerrada. Debía ponerse en pie e ir a su habitación, pero todavía no se sentía capaz. Primero tenía que reunir fuerzas. Su cuerpo ya no la obedecía. Las palabras del cuñado y su contraataque la habían vaciado de sus últimas fuerzas. Durante mucho tiempo había mantenido la máscara, había ocupado el tiempo hablando con Justus, Por las tardes se sentaban muy juntos en el sofá, miraban la televisión pasivamente, pero también hablaban. Berit recordó episodios de su vida y la de John, intentó crear una imagen que Justus pudiera hacer suya. Le habló de la juventud de él, dejando fuera lo peor, le contó lo aplicado y apreciado que era en el taller, su conocimiento de los cíclidos y lo mucho que quería a su hijo. Ella sabía que los muertos caminan junto a los vivos. Ahora creaba el mito de John, la imagen del padre que ponía a la familia por encima de todo, guiado por el sueño de proporcionar una infancia feliz a Justus.
La noche anterior le había revelado que, cuando nació, John abrió una cuenta de ahorros donde todos los meses, independientemente de lo poco que tuvieran, ingresaba ciento cincuenta coronas. Ella había sacado el último extracto de la cuenta y Justus permaneció sentado durante un buen rato con el papel en la mano.
Ahora Lennart amenazaba con devastar lo que ella había intentado construir y una doble pena la golpeó con fuerza. ¿Cuánto tiempo aguantaría? Su trabajo en la asistencia domiciliaria no proporcionaba suficientes ingresos y las posibilidades de conseguir la jornada completa eran pocas. No tenía estudios ni contactos. Probablemente el seguro de John le daría algo, pero serían tiempos difíciles. Ella deseaba darle mucho a su hijo, y ahora todavía más.
Se levantó con gran esfuerzo y se colocó frente a la puerta de Justus. No se oía ni un suspiro. Llamó y abrió la puerta. Él estaba sentado en la cama y no le prestó atención cuando entró en la habitación.
– ¿No creerás lo que ha dicho, verdad? Solo son mentiras.
Justus miró de nuevo fijamente la cama.
– Está confundido. Ha oído algún cotilleo de mierda y busca un culpable. ¿Entiendes lo que digo?
Dijo que sí con la cabeza.
– Como si no tuviéramos de sobra -dijo ella con un suspiro, y se sentó en la silla de su escritorio-. Nunca he sido infiel, no he mirado a otro hombre. Tu padre era suficiente para mí, ¿entiendes? Estábamos bien juntos. A la gente le sorprendía que lleváramos tantos años, pero para John y para mí no había nadie más.
– ¿Así que no pasó nada? -preguntó Justus, y le lanzó una rápida mirada.
– Nada de nada -contestó ella-. Absolutamente nada.
– Entonces, ¿por qué ha dicho eso Lennart?
De nuevo intentó explicar que Lennart ahora vivía en otro mundo, donde la muerte de John lo eclipsaba todo.
– Nosotros podemos recordar a John y nos tenemos el uno al otro. Lennart no tiene nada.
– Papá quería a Lennart -repuso Justus-. ¿Por qué le has dicho eso?
No dijo nada más, pero los ojos expresaban algo que ella no había visto antes. Dolor y odio, que hicieron que su rostro envejeciera como si el odio no tuviera cabida en su juventud. Maldijo a su cuñado. Se puso en pie, quería decir algo más, pero suspiró y lo dejó solo, se quedó parada en el recibidor. Oyó como cerraba la puerta tras ella.
Le preocuparon las palabras referidas al deseo de mudarse de John. Claro que lo habían hablado alguna vez, pero nunca en serio. Ambos habían nacido en Uppsala y por lo menos a ella le resultaba difícil verse en otra ciudad. «Ciudad de mierda», le había dicho a Justus.
Que él hubiera hablado de eso con Justus le pareció un revés. A ella no, solo al niño. ¿De qué más habrían hablado que ella desconocía?