Ann Lindell observó la fachada de enfrente. La casa de ladrillos amarillos le recordaba algo, seguro que a otro edificio, en otra ocasión, en otra investigación. Ahora iba por libre, era extraño. Normalmente ella habría formado parte de un grupo, con una tarea definida y un objetivo claro. No era la primera vez que avanzaba a tientas en una investigación, pero ahora tenía que asegurar cada paso. Era una sensación de libertad mezclada con mala conciencia.
Había llamado al teléfono de información y había conseguido el número y la dirección de Berit Jonsson. Vivía en uno de esos apartamentos iluminados. Sacó el móvil, lo guardó y volvió a mirar la fachada. Debía llamar a Ola Haver, pero era muy tarde y quizá su presentimiento era totalmente infundado. Si ella hubiera estado de servicio habría llamado sin dudar. Pero si lo hacía ahora se vería obligada a explicarle a Ola que estaba investigando por su cuenta. Dio un profundo suspiro, tecleó su número y después de unos segundos de indecisión presionó el botón de llamada. Rebecka Haver respondió tras el primer tono. Lindell escuchó en su voz que presuponía que era su marido quien llamaba.
– ¿Está Ola Haver? -preguntó Lindell sin presentarse.
Un segundo de duda antes de que Rebecka respondiera.
– Está trabajando -respondió lacónica.
Silencio.
– ¿Quién llama?
– Gracias, eso es todo -dijo Lindell con voz forzada, y cortó la llamada. «Imbécil -pensó al instante-. Seguro que tienen identificador de llamadas.»
La vergüenza se apoderó de ella y maldijo su propia torpeza. Estaba trabajando. Podía llamar allí, pero ahora le parecía que sería añadir un error a otro.
El teléfono sonó y Berit descolgó el auricular con el movimiento de alguien que espera la notificación de una muerte. Era una mujer sobre la que había leído en el periódico y de la que John le había hablado: Ann Lindell, de la Unidad Criminal. Lo que sorprendió a Berit fue que sonara tan cansada y que, a pesar de ser tan tarde, deseara pasar por allí para intercambiar unas palabras con ella.
Ann Lindell llegó unos minutos después. Llevaba un bebé en brazos.
– Este es Erik -dijo.
– ¿Llevan a los niños con ustedes cuando están trabajando?
– En realidad estoy fuera de servicio -explicó Lindell-, pero estoy investigando un poco.
– Investigando un poco -le repitió Berit-. ¿No tiene canguro?
– Vivo sola -dijo Lindell, y colocó a Erik con cuidado sobre el sofá del salón.
Se había despertado al llegar a casa de Berit, pero se volvió a dormir cuando Lindell lo cogió en brazos al subir las escaleras. Berit apagó la lámpara para que no le alumbrara en los ojos. Las dos mujeres permanecieron observando al niño dormido.
– ¿Qué quiere?
Había algo de impaciencia en su voz, mezclada con lo que Lindell supuso que era miedo.
– Siento mucho lo que ha pasado. Era una persona decente. -Inconscientemente utilizó las palabras de Ottosson.
– Vaya -dijo Berit sin apenas voz.
– Creo -continuó Lindell- que lo mataron por dinero y creo que usted tiene ese dinero.
– ¿Qué?, ¿que tengo el dinero?
Berit negó con la cabeza. Eran demasiadas impresiones y preguntas. Primero Lennart, luego Justus y ahora esa policía fuera de servicio.
– Esto significa que puede estar en peligro -advirtió Lindell.
Berit la miró e intentó comprender el significado de las palabras.
– Si le soy sincera el dinero no me interesa. Era de John y ahora es suyo, pero mucho dinero implica siempre un peligro.
Fue un presentimiento por parte de Lindell. Ella no sabía si el motivo del asesinato era el dinero y menos aún si Berit sabía que existía. No pudo leer ninguna reacción en Berit que revelara que sabía algo de la supuesta ganancia de John al póquer. Lo confirmó al negar conocimiento alguno tanto de la partida como de la eventual ganancia.
– Suponiendo que hubiera ganado, ¿tenía algún amigo en el que pudiese confiar?
– No -dijo Berit de inmediato.
Pensó en Micke, y volvieron las palabras de Lennart.
– ¿Y Micke? -preguntó Lindell, como si hubiera leído sus pensamientos.
– ¿Qué es lo que quiere? -preguntó Berit-. Viene aquí tarde, con un bebé en brazos, y hace cantidad de preguntas. ¿Quién se cree que es?
Lindell negó con la cabeza y le lanzó una mirada a Erik, que seguía durmiendo.
– No -dijo-, solo he tenido un par de ideas. Hoy he hablado con un colega y se me ha ocurrido… Bueno, no estoy segura.
Miró a la mujer que tenía delante. Habían dicho que era guapa, y Lindell veía su belleza, aunque en gran parte estaba borrada. El cansancio, la pena y la tensión se habían grabado como cuchillos en su piel y la postura atestiguaba un gran agotamiento psíquico y físico.
– ¿Cómo está su hijo?
Berit sollozó. Se encontraba desnuda ante Lindell. La miró directamente a los ojos y rompió a llorar. Lindell había experimentado muchas cosas, pero Berit expresaba la desesperación más profunda que había visto nunca. ¿Quizá fuera lo sosegado de su llanto lo que lo convertía en doblemente doloroso? Llevaba mejor los gritos no reprimidos de dolor, de pena y de una vida destrozada, pero la mirada fija de Berit y sus lágrimas hicieron que Lindell se conmoviera más que nunca. El bebé en el sofá gimoteó y Lindell sintió que ella misma no estaba muy lejos de las lágrimas.
– Tengo que irme -dijo, y le acarició la mejilla con la mano en un intento por recomponerse-. Ha sido una tontería venir aquí. Solo he tenido una extraña corazonada.
Berit asintió. Linden levantó a Erik.
– Se puede quedar un rato si quiere -dijo Berit.
– No puedo -respondió Lindell.
El calor de Erik y sus pequeños movimientos bajo el mono de invierno la impulsaron a abandonar a Berit y toda la investigación sobre Johny. No era su caso, estaba de baja por maternidad y al cabo de un par de días sus padres vendrían de Odeshög.
– Sí puede -señaló Berit, y Lindell se sorprendió de la metamorfosis que experimentó la mujer-. No sé qué es lo que le ha hecho venir aquí, y da igual, pero era importante, ¿o no?
– Ni yo misma lo sé -respondió Lindell-, ha sido bastante estúpido y poco profesional.
Berit hizo un movimiento con la mano como para mostrar que daba igual; poco profesional o no, ahora ella estaba ahí.
– Me quedaré aquí un rato si me da algo de beber. Estoy sedienta.
Mientras Berit iba a buscar el mosto de Navidad, Lindell acostó de nuevo a la criatura, le desabrochó el mono y le puso el chupete. Dormía. Ella se volvió hacia el acuario. Era realmente enorme. Siguió con fascinación un banco de peces.
– Tienen sus propios territorios -explicó Berit al regresar de la cocina-. John estaba orgulloso de él. Había creado un lago africano en miniatura.
– ¿Estuvo en África?
– No, ¿cómo podríamos permitírnoslo? Lo que hacíamos era soñar un poco; o más bien él se encargaba de soñar, yo me ocupaba de que todo funcionara.
Berit apartó la vista del acuario.
– Él se encargaba de soñar -repitió-, y se llevaba a Justus con él. ¿Sabe lo que significa ser pobre? -preguntó mirando a Lindell-. Es vivir al margen, pero aun así deseas permitirte cosas. Lo invertíamos todo en Justus. Por lo menos, él tendría buena ropa. John compró un ordenador este otoño. A veces comprábamos algo bueno para el fin de semana. Uno no puede sentirse pobre todo el tiempo.
Las palabras salieron como piedras grises de su boca. No había arrogancia en su voz, apenas la constatación de que la familia Jonsson intentaba crearse una pequeña esfera donde pudieran sentirse reales, como parte de algo mayor, más bonito.