Probó a decir algo y resonó en su cabeza. El mareo iba y venía. Tomó otro caramelo. Se quedó parado frente a un escaparate que exhibía artículos para una vida sexual más rica. La gente entraba y salía con tranquilidad, cargando paquetes coloridos, le echaban una ojeada y sonreían.
¿Adónde podría ir? Las piernas apenas le sostenían. Los caramelos le proporcionaron un poco de energía, pero en cualquier lugar al que se dirigía surgían nuevos obstáculos. Cada vez había más personas en la acera, la aglomeración se hizo mayor y él se golpeaba constantemente con la gente y sus paquetes. Era como si lo empujaran por todos lados.
Cuando por fin se decidió a ir de nuevo a la parte este, se encontró a un hombre disfrazado de Papá Noel que intentó detenerlo con una oferta para dar un paseo en trineo por el casco antiguo de Uppsala. Doscientas noventa coronas por apenas un hora. Cogió un folleto y continuó. El mareo desapareció. Se apoyó contra una pared y la angustia lo asaltó como un ejército de jinetes negros. Se protegió, levantó los brazos hacia el rostro y gritó algo al viento.
Una hora después llegó la policía. La había llamado el dueño de una galería de arte. Había estado observando a Vincent un rato, mirando la nieve caer sobre él. Era una bonita escena: la composición, el hombre vestido de negro, el gorro bien calado, la postura encogida contra la pared, como si tuviera miedo de los golpes de los transeúntes que pasaban a su lado con sus paquetes navideños en las manos, la nieve que caía lentamente…; todo junto creaba una imagen de una evidente autenticidad. «Esto ocurre aquí y ahora.» El galerista estaba dentro, en el calor, con las miniaturas expuestas en la pared. La gente entraba y salía, se intercambiaban saludos navideños.
Al mismo tiempo era un recordatorio sobre la intemporalidad de la pobreza. Por aquella calle habían pasado miles de indigentes. Habían llegado a la ciudad por la puerta norte, huyendo del hambre y de los desalmados terratenientes, buscando alivio. En tiempos de plagas habían tomado el camino opuesto, alejándose de las chabolas y el hedor.
Podía ser cualquier ciudad nórdica. El galerista vio al excluido como un recuerdo de las limitaciones del arte contemporáneo, pero también de sus posibilidades. Para la pintura clásica se trataría de un típico cuadro de género; para el artista de vídeo, un motivo desafiante.
Pero la estética tuvo que dar paso a la compasión. Llamó a la policía, que apareció media hora después. El galerista salió a la calle. Los dos policías no apreciaron las calidades artísticas; la misión era la recogida rutinaria de un borracho, quizá una persona enferma.
El frío se había introducido en el cuerpo de Vincent. Había metido las manos desnudas dentro de la chaqueta y la cabeza reposaba sobre las rodillas. Uno de los policías lo zarandeó del hombro. Vincent se despertó, abrió los ojos y vio al policía uniformado. Su compañera intercambiaba unas palabras con el galerista.
Vincent había soñado, había visitado un país donde la nieve tenía un metro de espesor durante todo el año. Un país de frío y hielo, donde las personas no podían escupirse, sino que tenían que conformarse con hacer rígidas muecas cuando se encontraban y deseaban mostrar su descontento. Había estado en una esquina vendiendo lotería que nadie deseaba comprar. Había gesticulado en vano. No se podía hablar, pues entonces el frío amenazaba con introducirse hasta el corazón. Y era el fin.
– ¿Cómo está? -preguntó el policía con amabilidad.
Reconoció el olor a alcohol. No era uno de los viejos habituales. Al cabo de media hora acabaría su jornada y se tomaría unas vacaciones. Viajaría junto con su familia a su pueblo en Ångermanland.
Vincent movió entumecido la cabeza, intentó apartar el sueño y fijar los ojos en el policía. Lentamente el presente se asentó en su conciencia. Vio la pierna del uniforme, oyó la voz, sintió la mano, sacó rápido como el rayo el cuchillo del bolsillo interior de la chaqueta y realizó un movimiento circular hacía arriba. El cuchillo de pan alcanzó el cuello de Jan-Erik Hollman, natural de Lunde, bautizado en la iglesia de Gudmundrå, donde sería enterrado una semana después de año nuevo; acertó la yugular, atravesó la garganta y salió por el lado opuesto.
Su colega, Maria Svensson-Flygt, hizo todo lo posible por detener la hemorragia, pero todos los intentos fueron en vano. En pocos minutos Jan-Erik Hollman se desangró en la acera helada de la calle Svartbäcksgatan.
Vincent permanecía sentado apoyado contra la pared, como si fuera totalmente inconsciente de lo que había ocurrido. Maria lo miró. A su alrededor se había formado un círculo de curiosos. El silencio era total. El tráfico se había detenido. La rosa roja de sangre en el suelo dejó de crecer. Una de las manos de Maria reposaba sobre el pecho de su colega. La otra buscaba el teléfono móvil. Después de la corta conversación se estiró tras el cuchillo que Vincent había tirado, o que simplemente se le había caído.
– Ella tiene una pistola -gritó un niño pequeño.
Vincent le lanzó a Maria una mirada apática y lo que ella vio fue locura. En la calle, a lo lejos, alguien se rió estrepitosamente y un taxista tocó el claxon irritado; aparte de eso, reinaba el silencio. Después de algunos segundos se oyó el sonido de las sirenas.
Maria Svensson-Flygt apreciaba a su colega. Habían sido compañeros durante dos años. Odió al hombre que había junto a la pared y se le pasó por la cabeza que, si hubieran estado solos en la calle, sin testigos, le hubiera volado los sesos.
Supuso que se trataba de Vincent Hahn, que estaba en orden de búsqueda desde la mañana por el asesinato de una mujer en Johannesbäck, aunque solo tenía un ligero parecido con la foto que había visto.
31
En la comisaría reinaba el duelo. Algunos lloraban, otros se dominaban y apenas hablaban. No podían apartar la mancha de sangre en la calle Svartbäcksgatan de sus retinas. Sus pensamientos volaban sin cesar de la mujer de Jan-Erik a sus hijos y se mezclaban con afiladas reflexiones: «Podía haber sido yo». Nadie lo mencionaba -hubiera resultado una falta de compañerismo hacia un colega respetado-, pero el pensamiento estaba ahí, impronunciado, estrechando los lazos de afinidad. Incluso las palabras del comisario jefe resultaron sinceras en la corta reunión.
Su voz, un poco astillada, que por lo general sonaba falta de inspiración, hizo que los colegas lo mirasen con otros ojos. Habló en voz baja y sin grandes ademanes, y abandonó inesperadamente el podio con pasos pesados. Se extendió un silencio paralizador. Un hombre de mediana edad, cuyo rostro resultaba familiar a muchos, subió al estrado.
Era el sacerdote del hospital, que cuando llegó la noticia de la muerte se encontraba en la comisaría, ocupado en un asunto privado. Al comprender lo que había ocurrido se demoró. Liselotte Rask, la responsable de comunicación, que lo conocía desde hacía tiempo, le pidió que se quedara hasta que crearan el grupo de crisis.
Ola Haver escuchó sus palabras, dejando que penetraran en su aturdido cerebro. Fredriksson estaba sentado a su lado con la cabeza inclinada, como si rezara.
Había sido el primero en llegar a casa de Gunilla Karlsson, por lo que había pasado informalmente a dirigir de forma automática la búsqueda de Vincent Hahn. Ahora Hahn estaba detenido, pero a qué precio.
Fredriksson había bajado a los calabozos para estudiar al doble asesino. Deseaba verlo. Lo que vio lo enfureció. Vincent estaba sentado bebiendo té y comiendo un sandwich de queso. Le pareció mal, improcedente, casi indecente.
El guardia del calabozo estaba a su lado y Fredriksson estuvo a punto de abroncarlo, pero se contuvo.
¿Vincent Hahn tenía algo que ver con la muerte de Johny? Había una conexión entre ellos, ya que habían crecido en el mismo barrio y habían ido a la misma escuela. El cuchillo ocupó sus pensamientos. ¿Podrían ligar a Vincent con el cuchillo que encontraron en poder del gamberro que aseguraba haberlo robado en el Hospital Universitario?