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Sammy Nilsson bajó inmediatamente a ver a Vincent y le preguntó si conocía a Johny. Vincent sonrió mientras asentía con la cabeza.

– Él también ha muerto -dijo esbozando una sonrisa.

– ¿Fuiste tú?

– Murió apuñalado -respondió Hahn.

Luego guardó silencio, a pesar de que Sammy Nilsson lo zarandeó, lo levantó del catre y repitió la pregunta. El guardia del calabozo tuvo que echarlo. El guardia se lo contó a Fredriksson.

– A veces le da por reír -contó el guardia-. Creo que está totalmente pirado.

Fredriksson le había pedido al guardia que lo llamara inmediatamente si Hahn mostraba señales de querer hablar.

Después de la reunión Haver encendió el móvil. Tras unos segundos sonó la señal de un mensaje entrante. Era de Rebecka. Oyó que se esforzaba por poner una voz normal. Le pedía que la llamara.

Telefoneó y Rebecka contestó al instante.

– ¡Oh, Dios mío! -empezó-. Gracias a Dios.

– ¿Qué pasa?

– Lo he oído en la radio -continuó Rebecka.

– Era un colega de Seguridad Ciudadana, no creo que lo conozcas.

– ¿Tiene mujer e hijos?

– Sí, una niña y un niño. Ocho y cuatro años.

– Vaya putada -dijo Rebecka, que rara vez maldecía.

– Tengo que irme -cortó él.

– Oye, Ola, ¿tendrás cuidado, verdad?

– Claro, ya lo sabes.

– Me gustaría… -comenzó Rebecka con tacto, pero Haver la interrumpió.

– Tengo que irme. Hasta luego -dijo Haver.

Finalizó la llamada con sentimientos enfrentados. Estaba conmovido por su preocupación, pero también irritado. Habían tenido una gran pelea cuando al fin llegó a casa la noche anterior. Se la encontró sentada a la mesa de la cocina en silencio. Le lanzó una mirada gélida. Frente a ella había una copa y una botella de vino tinto. Haver constató que se había bebido media botella. Al entrar en la cocina el infierno se desató. Rebecka dijo que le había irritado que Ann Lindell no se presentara cuando llamó, pero Haver comprendió que esa no era la razón principal de su cólera.

Se hizo tarde antes de que se acostaran y él permaneció despierto durante mucho tiempo. Rebecka se estuvo moviendo intranquila en la cama, suspirando y arreglando la almohada. Reinó un sordo silencio. Se habían dicho tantas cosas. Había quedado tanto por decir. A las dos y media se levantó en silencio y se sentó durante un rato en la cocina. La botella de vino se encontraba aún sobre la mesa. Rebecka no era así, ella solía recoger las cosas. Haver se sirvió media copa. Debía dormir. Debía amar a su mujer, hacerle el amor, pero comprendió que primero debían empezar a hablar.

*****

Haver tecleó en el móvil el número de la casa de Lindell. El contestador saltó después de cuatro tonos. El intento de llamarla al número de móvil produjo el mismo resultado. Dejó un corto mensaje pidiéndole que lo llamara.

¿Por qué había llamado? ¿Y por qué ella aún no había contestado? No era normal que estuviera ilocalizable. Su llamada la noche anterior debía de estar relacionada con el trabajo. Ella nunca lo llamaría a casa para hablar de lo que había pasado entre ellos. ¿Y qué era en realidad lo que había pasado?

Haver siguió razonando. Su irritación creció. Le embargó la sensación de que todo pasaba demasiado tarde. La misma sensación que le había acompañado en la oscuridad de la noche: había ido demasiado lejos, tanto en el trabajo como en casa. Se había adormilado, había soñado. Una mujer estaba inclinada sobre él y repetía las palabras: «¿Por qué murió mi hijo?». Una y otra vez. Haver intentaba responder, pero no podía emitir sonido alguno. Sentado, indefenso, y escuchando las jeremiadas de la mujer enlutada, encadenado a una silla de su despacho. Entonces se despertó sudando de angustia. Rebecka estaba dormida. Su respiración se oía armónica y uniforme, y él había deseado poder deslizarse por su cuerpo. Se adormiló de nuevo y la pesadilla volvió.

*****

Después de la reunión, cada uno regresó a sus tareas. Haver estaba indeciso. Ottosson había convocado una reunión diez minutos más tarde. El fiscal Fritzén también asistiría. Volvió a llamar al número de casa de Ann y también dejó un mensaje ahí. Después se fue al cuarto de baño y lloró.

*****

Ottosson comenzó por lo que todos sabían: habló de Jan-Erik, de lo desprotegidos que estaban, pero también de todas las flores y los telegramas que llegaban sin cesar.

Era como si el hecho de que se acercara la Navidad hiciera que la gente estuviera más dispuesta a mostrar su simpatía. Liselotte Rask hizo un trabajo fantástico, comunicó Ottosson. Se mantuvo como una roca en el vestíbulo, recibiendo a todos con una mirada y unas palabras que consiguieron que hasta los periodistas más impertinentes guardaran silencio.

Entonces el jefe de la unidad cambió el enfoque.

– Ahora podemos imaginar cómo se sentía Berit Jonsson -dijo, y por lo menos el fiscal se sobresaltó con sus palabras, pero Ottosson continuó incansable-: La muerte nos afecta a todos, eso es lo único seguro en la vida. Morir a manos de otro, independientemente de que sea un ladrón en un vertedero o un policía al servicio de la comunidad, puede ser lo mismo. No hay diferencias entre el dolor para los supervivientes.

Haver se preguntó qué clase de relación había tenido, en realidad, Ottosson con Johny. No nombró a Vivian Molin, estrangulada y metida a patadas debajo de la cama.

– Es cierto -interrumpió Berglund, y todos los ojos se fijaron en el veterano, que rara vez dejaba oír su voz en las reuniones. Dudó antes de proseguir-. Sencillamente tenemos que ser mejores -continuó-. Todos nosotros. Nadie necesita morir como Jan-Erik, Vivian Molin o Johny; estamos de acuerdo en eso. Nosotros creamos a los asesinos.

Las palabras cayeron como una bofetada. Ottosson arqueó las cejas. Fritzén parecía sorprendido.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó el fiscal-. No creo que sea el momento oportuno de venir con teorías caseras sobre el peso de la culpa y la incapacidad de la sociedad.

– Siempre es una buena oportunidad -insistió Berglund, ahora con un tono más tranquilo-. Es nuestro trabajo y nuestra responsabilidad el preguntarnos constantemente qué podríamos haber hecho para evitarlo.

El fiscal intentó interrumpirlo de nuevo, pero entonces Lundin carraspeó.

– Quiero oír lo que Berglund tiene que decir -sostuvo.

– Estuve otra vez en casa de Oskar Pettersson en la calle Marielundsgatan, el que conocía a Johny y a sus padres. Es una persona inteligente -contó Berglund, y miró a Fritzén-. Hablamos el mismo idioma. La mayor parte de vosotros venís de fuera, aunque la cuestión es parecida en toda Suecia; pero vosotros, además, sois muy jóvenes. Hay una cultura al margen de las escuelas y las universidades. Oskar Pettersson representa una de ellas. Creo que en el barrio donde Johny creció en un tiempo hubo una cultura que se resistía ante la locura de hoy en día. Claro que también había robos en los años cincuenta y sesenta, pero también había una resistencia que hoy no existe.

– ¿Qué clase de resistencia? -preguntó Sammy.

– Por un lado, la de la gente normal y, por otro, la de los dirigentes.

– Suecia ya no es lo que era -dijo Riis-, ha venido cantidad de gente de otros lugares. Es normal que haya jaleo.

Berglund volvió la cabeza y observó a Riis.

– Ya sé que no te gustan los inmigrantes, pero tanto Johny como Vincent Hahn son productos del país. Creo que la soledad destroza a las personas. Hay tal desfase entre los sueños y las posibilidades que la gente se estropea. ¿En qué soñábamos?, ¿en qué soñaba Oskar Pettersson?