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Ella se sentía valiosa en compañía de sus colegas.

– ¿Sabe Ottosson que estás con nosotros? -preguntó Berglund con aspereza.

Ella negó con la cabeza.

– Ni siquiera lo sabe mi madre -añadió Lindell, y esbozó la mejor de sus sonrisas.

Haver encendió la radio del coche. Lindell le lanzó una mirada elocuente a Berglund. En los altavoces se oyó la canción I'm So Excited.

I'm so excited and I just can't hide it. I'm about to lose control and I think I like it.

– Oh, yeaah -cantó Lindell.

– Eres imposible -afirmó Berglund, pero sonrió-. Baja el volumen.

– Ya está bien -dijo Haver.

– Prometo portarme bien -expresó Lindell.

– ¡Bah! -soltó Haver.

Se rió, pero tanto Berglund como Lindell comprendieron que se debía al nerviosismo.

38

La casa de Sagander se encontraba en lo alto de una colina. En otras circunstancias Lindell hubiera hecho un comentario sobre lo idílico del lugar. Era una casa de dos pisos, roja con las esquinas blancas y con una entrada cubierta que hacía las veces de balcón. En este había dos pequeños árboles de Navidad decorados. Tenían lucecitas como el gran abeto del jardín, que medía más de ocho metros. Una par de alas, en las que casi todas las ventanas estaban iluminadas, completaban la imagen de próspera finca en las llanuras de Uppland.

– ¿Es un latifundista? -preguntó Haver mientras conducía despacio por la entrada.

– Seguro que está todo parcelado -dijo Berglund.

Unas ramas rodeaban el camino para marcar el arcén. De ellas colgaban unos pequeños gnomos.

– Joder, qué decoración -soltó Haver disgustado.

– A mí me parece bonito -observó Berglund.

Lindell no dijo nada, pero echó un vistazo por si había una furgoneta roja.

– No está el coche -avisó ella.

Comprendieron a lo que se refería a pesar de que había tres coches estacionados en el jardín. Haver aparcó detrás de un viejo Nissan y sus colegas uniformados estacionaron detrás del coche de Haver. Se bajaron al mismo tiempo. Seis policías, de los cuales cinco estaban de servicio e iban armados. Lindell se sorprendió de que incluso Haver llevara su arma reglamentaria.

*****

El trío uniformado esperó en el jardín. Un perro lanudo se acercó y husmeó entre sus piernas, pero desapareció tan rápido como había venido. Lindell reflexionó sobre si ella también debía esperar en el jardín, pero un gesto casi imperceptible de Berglund indicó que podía acompañarlos al interior.

Les abrió una mujer de unos sesenta años. Se esforzó por parecer relajada y amable, pero los ojos la delataban. Vagaron entre los tres policías y se fijaron durante un instante en Lindell, como si buscaran una especie de comprensión femenina.

– ¿La señora Sagander? -dijo Berglund en un tono interrogativo.

Su voz amable, que contradecía su perfil arisco, le arrancó una sonrisa insegura y una inclinación de cabeza de asentimiento.

– Me imagino que buscan a Agne -apuntó echándose a un lado.

Lindell sonrió a la mujer y cruzó el umbral.

– Ann Lindell -saludó, y tendió la mano.

– Gunnel -replicó la mujer sonriendo.

En el amplio recibidor olía a hornada navideña. Lindell miró a su alrededor. La puerta de la cocina estaba abierta y entrevió una pared repleta de objetos de cobre, pero lo que más llamó su atención fue el suelo de madera del recibidor compuesto de listones de pino relucientes por la cera y el cuidado diario. Un inmenso buró de estilo rústico y un par de antiguas sillas de Östervåla, junto a unas alfombras caseras de claros colores, resaltaban el carácter rústico de la casa.

En una ventana había una pequeña miniatura de una iglesia de adviento iluminada sobre un lecho de algodón con pequeños gnomos como decoración. La mujer observó la mirada de Lindell y le contó que fue su padre quien durante los años cuarenta construyó la iglesia y elaboró los gnomos. Se entusiasmó, satisfecha de poder hablar de algo cotidiano.

– La Navidad es tan bonita… -expresó Lindell.

*****

Agne Sagander los recibió sentado en un sillón con una pierna estirada sobre un escabel. A Haver, tras haberlo visto en el taller, le resultó fuera de lugar en la acogedora habitación. Se veía que la situación no le agradaba. Suspiró profundamente cuando ellos entraron.

– Aquí estoy sentado como un jodido idiota discapacitado -comenzó sin ningún respeto por las buenas maneras.

– Agne -pronunció su mujer en un tono sumiso y cansino.

– Joder -protestó Agne Sagander.

– Un asunto lamentable lo del taller -empezó Berglund.

– Vaya delegación más numerosa -consideró Sagander mirando a Lindell-. A usted la conozco de los periódicos. Asesinatos y desgracias, ¿dónde está la parte divertida de todo eso?

Linden se acercó al hombre, tendió la mano y se presentó. Sagander la apretó con fuerza. Linden sonrió.

Berglund también se acercó y se presentó.

– ¿Es cazador? -preguntó.

– Sí, a ese me lo cargué en Jämtland -señaló Sagander, y miró la colosal cabeza de alce sobre la chimenea-. Dieciocho puntas. Ströms Vattudal. Ahí hay alces de verdad, o había -añadió con una sonrisa satisfecha-. ¿Usted caza?

– Antes -contestó Berglund con sequedad.

– Vaya -asintió Sagander-. ¿Qué tienen? ¿Cómo ha quedado? Es una mierda tener que estar aquí sentado.

– Agne tiene muchos dolores -apuntó la mujer-. Se operó de la espalda y ahora al parecer algo ha salido mal.

– Es culpa de esos jodidos veterinarios del Universitario -le dijo Sagander-. Cortan de cualquier manera.

– Creo que has pillado una infección -recriminó Gunnel Sagander en un tono algo más decidido-. Deberías ir al hospital.

– ¿Pasar las navidades ahí? ¡Nada de eso!

– Si es una infección te darán antibióticos -explicó-. ¿Desean café? -Cambió de tema y miró a Lindell.

– Gracias, no me vendría mal -respondió Lindell.

La mujer desapareció de la habitación. El hombre la siguió pensativo con la mirada.

– Bueno, el taller ha ardido hasta los cimientos -expuso Haver sin piedad-. No queda una mierda.

Fue como si acomodase su tono y su lenguaje al de Sagander.

– Eso he oído -admitió Sagander.

– ¿Le apena? -preguntó Lindell.

– ¿Apenarme? ¡Joder, qué pregunta!

– Creemos que alguien le ha prendido fuego -intervino Berglund.

– ¿No se pueden sentar? Parece como si yo fuera un cadáver.

Los tres policías se sentaron. A Lindell le dio la sensación de estar visitando a un familiar arisco en el hospital.

– Prenderle fuego -dijo Sagander-. ¿Quién puede haber sido?

– ¿Tiene problemas con alguien?

– En todo caso con Hacienda, pero no creo que tengan patrullas de incendiarios. Tampoco creo que sea el cagón de Ringholm.

– Hemos estado pensando -apuntó Haver, y se inclinó hacia delante-. Hace poco asesinaron a un ex empleado suyo y ahora queman el taller. ¿Hay alguna relación?

Sagander negó con la cabeza.

– ¿Qué hizo el 17 de diciembre? -preguntó Berglund.

Sagander lo miró durante un corto instante antes de responder. A Lindell le pareció vislumbrar una expresión de decepción en su rostro, como si Sagander considerara que Berglund traicionaba la fraternidad entre cazadores.

– Se lo voy a contar. Entonces estaba bajo el bisturí -dijo, e hizo un movimiento hacia la espalda.

– Se recuperó rápido. Cuando pasé por el taller el 19 parecía estar bastante bien -consideró Haver.

– Me operaron de una hernia de disco y con eso te mandan a casa rápido de cojones.

– ¿Cuándo volvió a casa?