– ¿Cuánto hay ahí?
– No lo sé -respondió Erki, y depositó la mochila en el suelo-. No lo he contado, pero tiene que haber unos cuantos cientos de miles de coronas.
– No lo he cogido todo -dijo Justus en voz baja.
– ¿De dónde sale este dinero?
– Es de papá.
– ¿Desde cuándo?
– Íbamos a ir a África -explicó Justus a la defensiva-. Lo había juntado para que pudiéramos montar una granja de peces. Quizá en Burundi.
– ¿Sabes de dónde procede el dinero?
El chico negó con la cabeza.
– Yo lo sé -intervino Erki-. Del taller.
– Cuénteme -lo apremió Lindell.
Erki y Justus se miraron. Justus cambió de expresión. La mezcla de agresividad y pasividad fue reemplazada, poco a poco, por una expresión más relajada, y Lindell observó que Justus había heredado algunos de los tiernos rasgos de Johny. El muro defensivo que había levantado se derrumbó. Miró implorante a Erki. Este le tomó la mano, que desapareció por completo en la suya. Al trabajador del taller le faltaba medio dedo. Las miradas de Lindell y la suya se encontraron, y Lindell vio que se sentía conmovido.
– Quizá no lo sepa, pero era un experto en peces -explicó Erki-. Todos soñamos, ¿no es cierto? Nuestras vidas…
Lindell esperó la continuación, pero esta no se produjo.
– ¿Por qué sabe que el dinero venía del taller?
– Llevo mucho tiempo trabajando allí -sostuvo Erki-. Veo muchas cosas. Lo sabía.
Lindell abandonó el tema. Los detalles saldrían a la luz a su debido tiempo.
– ¿Berit estaba al tanto de la mochila?
Justus negó con la cabeza.
– No lo he cogido todo -indicó-. He dejado la mitad.
– ¿Dónde está?
– En el armario de casa.
– ¿Y ella no lo sabe?
– Únicamente lo sabíamos papá y yo.
– Vale -dijo Lindell-, comprendo.
Se dio la vuelta hacia Erki y preguntó si podía utilizar el cuarto de baño. El señaló hacia el recibidor. Lindell salió de la cocina y cerró la puerta tras de sí. Había un par de niños sentados en el suelo. Habían apilado todos los zapatos de la entrada hasta formar un montón. Lindell vislumbró sus botas debajo del todo. Desde otra habitación se oía música y risas alborotadas. Lindell tuvo la sensación de encontrarse en una visita de estudio a un hogar de clase media.
Una vez dentro del cuarto de baño sacó el teléfono móvil y llamó a Haver. Le dijo que Ruben Sagander no estaba en casa. Su mujer lo había esperado durante horas y también había intentado llamarlo al móvil, pero no había respondido.
– ¿Qué hacéis ahora? -preguntó Lindell.
– Hemos emitido una orden de búsqueda -señaló Haver- e intentamos adivinar adónde ha podido ir.
– Está armado -añadió Lindell.
– Lo sabemos -repuso Haver lacónico.
– ¿Es él?
– No estamos seguros, pero las huellas en la nieve parecen coincidir. Tiene una furgoneta roja y blanca, y estuvo en el Hospital Universitario el día que robaron el cuchillo.
– ¿Habéis preguntado por el cuchillo?
– Su mujer dice que tiene muchos cuchillos -explicó Haver-. Toda la casa está llena de armas y trofeos.
– ¿El motivo?
– Dinero, seguro -consideró Haver.
Reinó un momento de silencio antes de que Lindell se atreviera a decirlo.
– Siento lo que pasó.
– No tiene importancia -contestó Haver, pero Lindell notó que no se encontraba bien del todo.
– Tengo que irme a casa, con Erik -dijo ella-. Justus está con Erki y todavía no quiere volver a la suya. Creo que se puede quedar aquí un poco más.
Al final le contó lo del robo en el taller y el dinero de la mochila. Dudó de contárselo a su compañero. Sabía que acabaría saliendo a la luz, pero sintió que traicionaba a Justus y a Erki.
– Dinero -repitió Haver de nuevo.
– Ola, ten cuidado.
Lindell colgó el teléfono, cogió un poco de papel higiénico y se sonó. En el recibidor los niños cantaban con voces agudas una canción finlandesa. Marcó el número de Berit. Cuando ella respondió, Lindell tuvo que esforzarse por mantener a raya el sentimentalismo. Sabía el alivio que significaba para Berit la noticia de que Justus se encontraba bien.
– Gracias, Dios mío -susurró.
Lindell la podía ver frente a sí. Tragó y continuó.
– Una cosa más. En el armario del cuarto de Justus hay dinero, mucho dinero. Es de John. Ya te contaré más tarde cómo lo consiguió. No se trata solo de la ganancia al póquer, eso es todo lo que te puedo decir. Pasaré un momento para que podamos hablar, luego vendrán mis colegas.
– ¿Y Justus?
– Está en un sitio seguro. Dale un par de horas. Te prometo que se encuentra bien.
– ¿De qué dinero hablas?
– Me paso por ahí, ¿vale?
Regresó a la cocina. El chico alzó la vista.
– Acabo de escuchar un concierto en finlandés -expuso Lindell en un tono distendido, e intentó esbozar una sonrisa.
– Son mis nietos -señaló Erki.
– ¿Se puede quedar Justus un rato? -preguntó ella.
Erki y Justus se miraron el uno al otro.
– Por supuesto -respondió Erki-. Luego llamaremos a Berit. Después lo llevaré a casa.
Lindell asintió con la cabeza.
– Ahora tengo que irme -indicó dudando-. Adiós, Justus. Hasta la vista.
Ella le lanzó una mirada a Erki. Este se levantó pausadamente de la mesa. Lindell salió retrocediendo de la cocina. El finlandés la siguió al recibidor.
– Una cosa más -dijo ella mientras revolvía el montón de zapatos.
Erki cerró la puerta de la cocina.
– Quiero… Sé que está mal, pero hay una cosa.
Lindell pescó una de sus botas. Se volvió hacia el hombre.
– Eso de los sueños -apuntó ella-. ¿No son los niños lo más importante?
Erki asintió con la cabeza.
– He pensado… Justus sueña con África.
Erki miró hacia la puerta de la cocina y se acercó a Lindell.
– África no es lo que él cree, pero ese era el sueño que tenía con Johny. ¿Qué pasará ahora con el chico?
Un grupo de niños salió corriendo del salón. Pararon en seco al ver a Lindell. Vieron la bota en su mano y el desorden de zapatos en el suelo. Erki dijo algo en finlandés y se retiraron de inmediato cerrando la puerta tras de sí.
– Quiero -retomó Lindell, ahora con una voz más tensa- que aparte cien mil coronas de la mochila. Escóndalas y cuando todo se haya calmado procure que el niño y Berit se vayan a África. ¿Entiende lo que quiero decir?
Erki asintió con la cabeza.
– Tiene que poder ver su África, aunque solo sea una semana -consideró Lindell.
– ¿Eso no está mal? -preguntó Erki.
Lindell movió negativamente la cabeza.
– Si esto saliera a la luz me echarían inmediatamente, pero a usted le gusta el chico.
Erki Karjalainen sonrió. Lindell notó su aliento a ponche navideño.
– Coja un taxi cuando vaya a casa de Berit -sugirió ella.
– ¿Y eso de robar? -le preguntó Erki-. ¿Qué pensará el chico?
– Dígale que John lo quiso así.
Erki se inclinó hacia delante y por un instante ella creyó que la abrazaría, pero únicamente la miró con intensidad, como si deseara controlar algo, como si deseara leer su firmeza en el rostro.
– ¿Pasarán usted y el niño solos la Navidad?
Lindell negó con la cabeza, se agachó y pescó la otra bota.
– Habíamos pensado invitar a Berit y a Justus -dijo Erki-, así que si quiere venir ya lo sabe.
Lindell miró a su alrededor, se sentó en un taburete y se concentró en ponerse las botas. Deseaba huir pero al mismo tiempo quedarse con la familia Karjalainen. Suspiró profundamente y se subió la cremallera de la bota.
– Mis padres han venido de visita -contó ella, y se permitió sonreírle-. Pero gracias, es muy amable.