Lindell salió al frío helado con una gran sensación de nostalgia. Miró a su alrededor. Una nariz se pegó a una ventana y Lindell dijo adiós con la mano. La nariz desapareció.
Dejó el motor un rato en punto muerto, como solía hacer. Cuando metió la marcha supo el porqué: así había hecho siempre su padre con el camión de bebidas. Salía unos minutos antes de que tuviera que irse y encendía el motor, luego volvía a entrar y se bebía los últimos sorbos del café de la mañana antes de empezar su ronda.
Llamó a casa. Esta vez el tono de su madre era autoritario.
– Ven a casa ahora mismo -ordenó ella.
– Es que hay un niño que ha tenido problemas -se disculpó Ann.
– Tú también tienes un hijo -repuso su madre desabrida.
– No está en apuros -protestó Ann, pero su mala conciencia iba en aumento.
– Pero ¿dónde estás?
– ¿No me oyes? ¡Volveré dentro de un momento! Solo tengo que pasar a ver a una mujer en el centro.
Su madre colgó y Ann no se sorprendió. Sabía que era incapaz de mantener una discusión larga con su hija. La distancia se había agrandado.
Dejó a un lado los pensamientos sobre sus padres, como siempre hacía, y los desvió hacia el trabajo. ¿Había hecho bien pidiéndole a Erki que apartara cien mil coronas? Había dicho algo sobre la moral, pero el hecho era que el dinero era de John. Aun cuando las apuestas de la partida de póquer provinieran de dinero robado, la ganancia debía ser de John. Una vez restado el dinero del taller quizá quedaran mucho más de cien mil coronas y estas serían de Berit y Justus. De esa manera pensaba construir su muro protector moral interior.
Se sonrió a sí misma. Después de toquetear un rato los botones de la radio consiguió sintonizarla. La suave música se esparció por todo el interior y la transportó a otro viaje en coche, un día de verano de hacía muchos años, cuando iba hacia el sur para ver a sus padres.
En esa ocasión, la música, combinada con su propio desconcierto, la obligó a detenerse, dar media vuelta e ir por primera vez a casa de Edvard en Grasó.
En aquella ocasión era verano. Entonces tenía a Edvard. Ahora estaba en el crudo invierno. Apagó de pronto la radio, amargada consigo misma y con su triste destino, por su ineptitud para cuidar de sí.
42
Ruben Sagander sudaba y parecía como si el sudor se congelara formando una coraza sobre su cuerpo. Alzó la vista hacia la ventana iluminada de Berit. Entró en el portal, pero no encendió la luz de la escalera. Respiró hondo y comenzó a subir. En la escalera olía a Navidad. Pasó una puerta tras otra. Oyó música y conversaciones. Sudaba profusamente, al igual que durante la caza cuando el alce aparecía en el campo visual y él levantaba la escopeta lentamente y contenía la respiración.
Quedaba un piso. Le vino a la cabeza la imagen del cartel destrozado fuera del taller y recordó el sonido del primer torno que instalaron. Demoró sus pasos unos segundos. Se abrió una puerta un piso más abajo y oyó el sonido de alguien que bajaba la escalera.
– Llévate también los cartones -gritó una mujer.
Los pasos cesaron. Un hombre murmuró algo y regresó al apartamento. Una corta discusión y luego se reemprendieron los pasos de bajada. Ruben Sagander permaneció completamente inmóvil y se alegró de que el hombre no encendiera la luz. La puerta de la calle se cerró. Sagander esperó y toqueteó el cuchillo en el bolsillo de la chaqueta de caza. Un par de minutos después el hombre regresó, subió las escaleras en silencio, se abrió una puerta, la música fluyó y la puerta se cerró de nuevo. Sagander respiró hondo y prosiguió.
Frente a la puerta de Berit se quitó el gorro que había cogido del coche. Sacó el cuchillo de su funda, midió con la hoja e hizo dos agujeros en el gorro, se lo pasó por el rostro y sintió el picaporte. La puerta no estaba cerrada con llave.
Berit estaba sentada a la mesa de la cocina y miraba embobada fijamente la caja de cartón repleta de billetes. Miles de coronas. Nunca antes había visto tanto dinero. Metió la mano en la caja y esparció un montón de billetes de quinientas coronas sobre la mesa. De pronto rompió a llorar.
– ¿Por qué, John? -sollozó, y con un rápido movimiento arrojó los billetes al suelo.
Comenzó a contarlos mecánicamente, colocó veinte billetes de quinientas coronas en cada montón. Cuando la cuenta llegó a cincuenta mil apareció la rabia. Él la había traicionado. Dios mío, lo que tuvo que escatimar durante todo el otoño, preocupada por su economía y su futuro. Hasta había pensado si tendrían que vender el apartamento y mudarse a un piso de alquiler. Todo eso mientras John se sentaba sobre cientos de miles de coronas. Al parecer Justus también se había llevado una parte. Él también lo sabía. John y el chico habían tenido sus propios planes. Una doble traición.
De repente oyó un sonido. Alargó la mano y bajó el volumen de la radio.
– Justus -gritó-, ¿eres tú?
Lennart vio como el hombre espiaba la ventana de Berit. En el patio mal iluminado y con la espesa nevada era difícil distinguir cualquier detalle, pero la figura le resultaba conocida. ¿Podía tratarse de Dicken Lindström? Él no era tan corpulento, pero la ropa de invierno podía despistar. ¿Había regresado de Holanda más caliente que un gato en celo? Lennart blasfemó. «Ahora os pillaré con las manos en la masa -pensó-. ¿Cómo cojones tiene el valor de venir a joder? Y Justus, pobre chaval, tener que presenciar como un cabrón con los dientes salidos se folla a su madre una semana después de la muerte de John.»
Lennart se aproximó al portal, pero se retiró rápidamente al ver que un hombre salía con bolsas de basura y un gran cartón en las manos. Se dirigía al cuarto de la basura, donde se encontraba Lennart. Oyó como el hombre se acercaba cada vez más, como murmuraba algo, carraspeaba y escupía sobre la nieve.
La puerta del cuarto de la basura se abrió y Lennart, más que ver, sintió que el hedor se esparcía por la noche invernal. El hombre cerró la puerta, carraspeó de nuevo y regresó al portal. Lennart se demoró un minuto antes de seguir sus pasos.
Ruben Sagander miró sorprendido de hito en hito el dinero frente a él. En el suelo y en la mesa había montones de billetes. Su dinero. Estaba en lo cierto. Rió.
Berit acercó automáticamente los fajos mientras miraba con fijeza al hombre enmascarado. Comenzó a colocar el dinero en la caja de cartón.
– No me toques -dijo, y miró a su alrededor buscando un arma.
El hombre se rió de nuevo, se agachó y cogió un billete del suelo. Berit se levantó bruscamente de la silla en un intento por alcanzar el cuchillo de pan que había sobre la encimera, pero quedó atrapada en sus garras. Sintió el intenso olor a sudor y las manos que sujetaban sus brazos. El hombre no dijo nada, pero su respiración era pesada. La máscara lo volvía irreconocible; no obstante, había algo familiar en él. Ella intentó liberarse, pero se encontró con que la sujetaba con más fuerza mientras soltaba una carcajada. Le dio una patada en la pierna, que no pareció afectarle.
«No quiero morir», pensó ella cada vez más desesperada, y recordó el rostro aterrado de John cuando ella se despidió de él en la morgue. Hizo un nuevo intento lanzándose rápidamente hacia un lado al mismo tiempo que le daba un cabezazo. Oyó como chocaban. Por un instante él perdió el agarre de sus brazos. Ella se lanzó hacia la encimera, pero al momento el hombre se abalanzó sobre ella. La tiró al suelo, pero tuvo tiempo para levantar una mano y arañarlo en el rostro. Se le humedeció la mano y comprendió que era sangre lo que se filtraba a través de la capucha. Berreó de dolor y lanzó un golpe contra el cuerpo de ella. La alcanzó en el hombro y Berit cayó al suelo a causa de la increíble fuerza del golpe.