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Se puso encima de ella. Hasta el momento había sido una lucha silenciosa, pero ahora Berit comenzó a gritar. Él soltó una mano e intentó taparle la boca abierta de par en par, y esto le dio la oportunidad a ella de lanzarle un rodillazo a la entrepierna. Él se encogió de dolor, intentó incorporarse, rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó el cuchillo.

«Ahora me va a matar», le dio tiempo a pensar al ver el cuchillo alzado sobre su cabeza. Entonces se oyó una violenta explosión y sintió como el hombre enmascarado se estremecía. A continuación una nueva detonación, y vio como la capucha se hacía añicos y una terrible herida se revelaba en su cabeza antes de caer hacia delante sobre ella.

Las extremidades del hombre se estremecieron antes de que reinara la calma. El peso y el olor penetrante de su cuerpo la atemorizaron y lo apartó de encima con todas sus fuerzas. La sangre goteaba sobre su rostro y su pecho.

Cuando se liberó vio una figura de pie en el umbral de la puerta. Vislumbró el arma en su mano y comprendió que le había salvado la vida. Consiguió arrastrarse, se puso de rodillas y se secó la sangre del rostro con los brazos. Entonces reconoció a Lennart. Estaba pálido. La mano del arma temblaba y su cuerpo se estremecía como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Tomaba aliento e intentaba decir algo.

– Lennart -murmuró ella.

Él temblaba cada vez con más violencia y comenzó a sollozar.

– Lennart -repitió ella.

Él se dio la vuelta y abandonó el apartamento con pasos tambaleantes. Ella lo miró, alargó la mano para detener al cuñado, pero en su lugar solo quedaba el revólver. Berit inclinó la cabeza sobre la encimera y el llanto llegó en convulsiones. Asqueada, miró fijamente la herida que la bala había ocasionado en la parte trasera de la cabeza del hombre y vomitó violentamente.

*****

Lennart corría. Se abrió una puerta en el piso de debajo de Berit justo cuando él pasó y chocó violentamente, se cayó, se puso de pie igual de rápido y continuó escaleras abajo.

Había disparado a una persona. Había matado a una persona. ¿Quién era? Estaba claro que no era Dicken. Durante un instante había pensado en acercarse y quitarle la capucha, pero no se atrevió. Ahora se trataba solo de huir. ¿Se había equivocado con Berit? No era ningún amante el que había ido de visita, sino un ladrón. Lennart había visto el dinero en la mesa y comprendió que era la ganancia al póquer. Berit había mentido, pues había dicho que no sabía nada de la partida.

Se detuvo abajo en el portal, respiró hondo, se golpeó el bolsillo del abrigo para controlar dónde estaba el revólver, pero recordó que lo había dejado caer al suelo. Comprendió que estaba perdido, pues aun cuando Berit cerrara la boca sus huellas estaban en el arma.

Abrió la puerta. El frío le golpeó y vio a una mujer que se acercaba en el vendaval de nieve. Ann Lindell. Ella estaba justo a su lado, pero no lo había visto. Se dio la vuelta y subió corriendo de nuevo las escaleras. Había varias puertas abiertas y los vecinos se asomaban inquietos, pero a él no le preocupó, sino que siguió corriendo.

Comprendió que estaba atrapado. Seguro que Lindell no estaba sola. El jardín se llenaría de policías. Mientras subía pensó que no podría entrar en el desván. Permaneció inmóvil un rato, indeciso, delante de la puerta abierta de Berit antes de entrar corriendo de nuevo en el apartamento.

Miró en la cocina. Berit seguía sentada con el hombre al que había disparado a su lado. Su mirada estaba vacía. Lo miró, pero no lo vio. Lennart se detuvo y sintió un impulso de ir a la cocina y sentarse en el suelo frente a ella. Deseaba decirle algo a Berit, algo pequeño que pudiera explicarlo todo. Ella había sido buena con John y por eso él la quería mucho. Las palabras estaban ahí, pero Lennart dudó.

Comprendió con una claridad paralizadora que su propia vida estaba desperdiciada, que sus palabras no poseían fuerza alguna. Entró corriendo en el salón, lanzó una mirada al acuario y en su visión interna John estaba ahí, sonriendo, como la noche de la inauguración. Lennart alargó la mano para sentir a su hermano, pero no había nadie.

Apenas se podía abrir la puerta a causa de toda la nieve acumulada en el balcón. La apartó y de pronto recordó el día pasado con Micke quitando nieve y la sensación de estar haciendo algo útil. Oteó desde la barandilla. Sintió vértigo. El jardín estaba desierto, pero a lo lejos se oía el sonido de sirenas.

Miró arriba hacia el tejado antes de encaramarse a la barandilla, se agarró al tendedero montado en la pared y se estiró hacia el canalón. Llegaba justo. El canalón estaba frío y resbaladizo. Le cayó nieve sobre la cara.

Con un esfuerzo del que no se creía capaz se lanzó hacia arriba, se apoyó con los pies en la pared de ladrillo, consiguió subir un pie al tendedero y elevarse con el cuerpo por el canalón. Las piernas se agitaron libremente y buscó aliento.

«Puedo hacerlo, puedo hacerlo», se repetía en silencio. Apenas era consciente de que el sonido de las sirenas cada vez estaba más cercano. Descansó con la cabeza apoyada contra el tejado y sintió como sus fuerzas flaqueaban cada vez más. Comenzó a resbalar. Giró la cabeza y vio las luces azules jugar en la fachada de enfrente.

Volvió la mirada hacia el caballete y vio la barandilla de protección cubierta de nieve a medio metro del ala del tejado.

– Soy el hijo mayor del chapista -murmuró-. Soy el chico del chapista.

Agitó las piernas, consciente de que era su última oportunidad, lanzó hacia delante la mano derecha y consiguió alcanzar la barandilla. Alargó la mano izquierda y esta también se agarró. Trepó lenta, lentamente. Murmuró algo, mascó la nieve, sintió el sabor de sangre en su boca, pero derrotó al tejado, alcanzó la barandilla y pudo resoplar.

– El chico del chapista -gritó triunfal.

Tenía calambres en una pierna, estaba helado y su cuerpo temblaba, pero había subido. Pensó en Albin; su padre se habría sentido orgulloso. Miró el cielo oculto tras las nubes.

– Albin -dijo, y sonrió-, padre. Padre, padre.

Miró abajo y el miedo a las alturas volvió como una ola. Sintió vértigo y apretó la barriga contra el tejado. Le dolía la rodilla que descansaba sobre la barandilla. Se levantó un fuerte vendaval que arremolinó una nube de nieve sobre el tejado. Pero fue como si el viento trajera la tranquilidad. Lennart giró la cabeza de nuevo y vio la luz de la ciudad. La nevada había amainado algo y pudo distinguir el castillo y las agujas de la catedral.

– Allí a lo lejos moriste, padre -profirió.

Al girar su cabeza un poco hacia el este pudo ver Almtuna, el barrio de su infancia. Casa tras casa, tejado tras tejado. La gente preparando la Navidad.

El miedo a la altura había desaparecido y fue reemplazado por una sensación de estar por encima de todo, de toda la cháchara y el escándalo. Hasta allí había llegado. Había sitios peores. Le resultaba ridículo estar tumbado bocabajo. Era como sí fuera un cobarde, como si se sometiera, como si alguien en cualquier momento pudiera poner un pie sobre su cuello. Se dio la vuelta, enderezó la espalda y se sentó. Se rió.

– Estoy sentado en el tejado -gritó a los cuatro vientos.

Se puso de pie, separó las piernas y se apoyó en la barandilla de seguridad, intentó defenderse del viento y gritó su odio sobre la ciudad que le había visto nacer, pero se tranquilizó de pronto. «Deja de gritar», pensó.

Debería haberle dicho esas palabras a Berit. Ella era la que podía transmitir algo, contarle a Justus que John y Lennart eran los hijos del chapista, que se habían reído juntos, que habían tenido momentos de felicidad. Ella podría sacar lo difícil, hablar sobre su hermana pequeña, quizá mostrar las fotografías.

Había matado a un desconocido y ahora estaba obligado a huir para siempre. Había fallado hasta en lo más elemental, la venganza. Escupió al viento. Pero había matado al que amenazaba a Berit. El frío le hizo temblar. ¿Debía regresar trepando a Berit y por una vez decir algo importante?