A Erica se le erizó la piel. La idea de tener que aislar huellas dactilares de un cadáver era demasiado macabra para su gusto.
Recorrieron juntos el resto de la casa. Erica se tomó el tiempo necesario para revisar el dormitorio de Alex y Henrik, ya que la primera vez se había visto bruscamente interrumpida. Aun así, no halló nada más. La sensación de que algo faltaba no desaparecía y la irritaba muchísimo no caer en la cuenta de qué sería. Decidió contárselo a Patrik, que se sintió tan frustrado como ella. Para su satisfacción, observó que Patrik parecía realmente preocupado cuando le habló del visitante desconocido que entró en la casa mientras ella se escondía en el armario.
Patrik lanzó un suspiro y se sentó en el borde de la enorme cama con dosel, intentando ayudarle a recordar lo que echaba en falta.
– ¿Era algo grande o pequeño?
– No lo sé, Patrik. Pero lo más probable es que sea pequeño. De lo contrario, lo habría notado enseguida, ¿no crees? Por ejemplo, si se hubiesen llevado la cama, me habría dado cuenta.
Sonrió y fue a sentarse en la cama, a su lado.
– Pero ¿en qué lugar de la habitación estaba? ¿Junto a la puerta, cerca de la cama, en la cómoda?
Patrik jugueteaba con una etiqueta de piel que había encontrado en la mesilla de noche de Alex. Parecía una especie de distintivo de un club y tenía una inscripción con caligrafía infantil grabada en la pieclass="underline" «L.T.M. 1976». Al darle la vuelta, vio unas manchas borrosas de lo que parecía sangre reseca. Se preguntó de dónde habría salido.
– No sé qué era, Patrik. Si lo supiera, no estaría aquí tirándome de los pelos.
Erica miraba su perfil a hurtadillas. Tenía unas pestañas increíblemente largas y oscuras. La barba era perfecta. Con la longitud suficiente como para no arañar ni ser desagradable. Y empezó a preguntarse qué sensación le produciría si la tocase.
– ¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara?
Preocupado, Patrik se pasó la mano por la boca. Ella apartó la mirada enseguida, avergonzada al comprobar que la había sorprendido mirándolo.
– No, nada. Una miga de chocolate. Pero ya se ha caído.
Se quedaron en silencio durante un instante.
– En fin, ¿tú qué dices? Aquí no vamos a adelantar nada, ¿verdad? -preguntó al fin Erica.
– Pues no, no creo. Pero oye, si recuerdas lo que falta, me llamas enseguida, ¿de acuerdo? Si es tan importante como para que hayan venido a buscarlo, seguro que también lo es para la investigación.
Cerraron la puerta y Erica volvió a dejar la llave en su lugar, bajo el felpudo.
– ¿Quieres que te lleve?
– No, gracias, Patrik. Prefiero dar un paseo.
– Claro, bueno, pues nos vemos mañana.
Patrik no dejaba de mover los pies, uno tras otro, sin moverse del sitio, y volvió a sentirse como un quinceañero.
– Bueno, pues te espero a las ocho. Ven hambriento.
– Lo intentaré. Pero no te prometo nada. En estos momentos tengo la sensación de que jamás volveré a tener hambre -dijo entre risas al tiempo que se daba palmaditas en el estómago y señalaba al otro lado de la calle, hacia la casa de Dagmar Petrén.
Erica rió de buena gana y lo despidió con la mano mientras él se alejaba en su Volvo. Ya sentía el cosquilleo por la expectación del encuentro del día siguiente, mezclado con inseguridad, angustia y miedo puro y simple.
Empezó a caminar hacia su casa, pero no se había alejado más de unos metros cuando se detuvo en seco. Así, de pronto, se le había ocurrido una idea que tenía que comprobar antes de desecharla. Con paso decidido, regresó a la casa, tomó la llave y volvió a entrar, después de haberse sacudido bien la nieve de los zapatos.
¿Qué haría una mujer que esperaba a un hombre que no se presentaba a una cena romántica? ¡Lo llamaría, naturalmente! Erica rogó por que Alex tuviese uno de esos teléfonos modernos y que, dejándose llevar por las tendencias, no hubiese comprado un teléfono modelo cobra o hubiese conservado uno de esos viejos aparatos de baquelita. Tuvo suerte. De la pared de la cocina colgaba un flamante teléfono modelo Doro. Con los dedos temblándole de excitación, marcó el botón de últimos números marcados y cruzó los dedos por que nadie hubiese utilizado el teléfono desde la muerte de Alex.
Y empezaron a oírse las señales de llamada. Tras siete tonos y cuando ya estaba a punto de colgar, saltó el contestador automático de un móvil. Escuchó el mensaje, pero cortó inmediatamente, antes de que se oyese el pip. Colgó el auricular muy despacio, pálida por la impresión. Casi podía oír el ruido que las piezas hacían en su cabeza al ir encajando. De repente, supo qué era exactamente lo que faltaba en el dormitorio.
Mellberg echaba humo de ira. Atravesaba la comisaría como una hidra y, de haberles sido posible, sus colaboradores de Tanumshede se habrían puesto a cubierto bajo sus mesas. Pero la gente adulta no hacía esas cosas, de modo que tuvieron que soportar un día entero de maldiciones, de reprimendas y humillaciones de toda índole. Annika fue quien recibió la peor parte y, pese a que se había endurecido durante los meses que Mellberg llevaba como jefe, las lágrimas brotaron aquel día de sus ojos como no lo hacían desde hacía mucho. Hacía las cuatro de la tarde, no pudo más. Salió como un rayo del trabajo, paró en el Konsum y compró un paquete grande de helado, se fue a casa y se sentó ante el televisor a ver Glamour y dejó que las lágrimas rodasen sobre el helado de chocolate. Simplemente, era lo que tocaba un día como aquél.
A Mellberg lo sacaba de quicio haberse visto obligado a soltar a Anders Nilsson. Sentía con todo su ser que Anders era el asesino de Alex Wijkner y, si le hubiesen concedido un segundo más a solas con él, seguro que le habría arrancado la verdad. En cambio, había tenido que dejarlo ir a causa de un maldito testigo que decía haberlo visto llegar a casa justo antes de que empezase en televisión la serie Mundos separados. Aquello lo situaba en su casa a las siete y Alex había hablado con Birgit a las siete y cuarto. Tenía cojones.
Después, estaba ese policía joven, Patrik Hedström, que intentaba meterle en la cabeza un montón de tonterías diciéndole que no había sido Anders sino otra persona la que había asesinado a la mujer. Pero no, si algo había aprendido él durante todos sus años en la policía era precisamente eso, que, por lo general, las cosas solían ser lo que parecían. Nada de móviles ocultos, nada de confabulaciones. Tan sólo chusma que sembraba la inseguridad en las vidas de los ciudadanos honrados. Encuentra a la chusma y encontrarás al autor del crimen, era su divisa en la vida.
Marcó el número de móvil de Patrik Hedström.
– ¿Dónde cojones estás? -nada de frases de cortesía, no, ¿para qué?-. ¿Qué haces? ¿Sentado quitándote la pelusa del ombligo o qué? Pues en la comisaría estamos trabajando. Después de la jornada laboral. No sé si te resulta familiar el fenómeno, pero, si no es así, yo puedo hacer que no tengas que preocuparte de ello nunca más. Al menos, en esta comisaría.
Sintió cierta mejoría en la boca del estómago después de haber aplastado ligeramente a aquel mocoso. Había que atarlos corto, pues, de lo contrario, se crecían y se propasaban más de la cuenta.
– Quiero que vayas a hablar con la testigo que ha declarado haber visto a Anders Nilsson en su casa hacia las siete. Presiónala, retuércele el brazo un poquito a ver qué sacas.
– Que sí, joder, ¡AHORA!
Colgó de un golpe disfrutando de las circunstancias que lo colocaban en una posición tal que podía permitirse mandar que otros hiciesen el peor trabajo. De repente, la existencia se le antojó mucho más agradable. Mellberg se retrepó en la silla, abrió el primer cajón y sacó un paquete de bolas de chocolate. Con sus dedos menudos y en forma de salchicha sacó una y se la metió en la boca entera, con fruición. Después, tomó una más. Los hombres que, como él, trabajaban duro, necesitaban combustible.