Patrik la miraba expectante.
– ¡Fantástico!
– Sí, ya sospechaba yo que tú entendías de vinos. Yo, por desgracia, no sería capaz de distinguir entre un vino de tetra brik por cincuenta coronas y otro de varios miles.
– Claro que sí, hombre. De todos modos, es una cuestión de costumbre. Y hay que tomarse el tiempo necesario para paladear el vino en lugar de tragárselo simplemente.
Patrik miró abochornado su copa. Ya se había bebido un tercio. Intentó imitar el modo en que Erica saboreaba el vino mientras ella trajinaba en los fogones. ¡Vaya!, pues sí que ahora parecía otro vino… Mantuvo un trago en la boca, al igual que le había visto hacer a Erica y, de repente, su sabor se reveló con toda claridad. Incluso creyó experimentar un ligero sabor a chocolate, a chocolate puro, y otro, bastante fuerte, a bayas rojas, tal vez a grosella, mezclado con fresas. Increíble.
– ¿Qué tal va la investigación?
Erica se esforzó por sonar desinteresada, pero, en el fondo, estaba ansiosa por oír la respuesta.
– Puede decirse que volvemos a estar en la casilla número uno. Anders tiene una coartada para la hora del crimen y, por ahora, no tenemos mucho más. Por desgracia, hemos cometido el error de siempre. Nos permitimos sentirnos demasiado seguros de que teníamos al culpable sin molestarnos en investigar otras posibilidades. Aunque he de admitir que el comisario tiene razón en que Anders es perfecto como asesino de Alex. Un alcohólico que, por alguna razón incomprensible, mantiene una relación sexual con una mujer que, según todas las reglas, debería estar muy lejos de la esfera asequible para un borrachín como Anders. Un ataque de celos cuando ella plantea el inevitable fin. Cuando su increíble suerte lo abandona definitivamente. Sus huellas dactilares están por todas partes, en el cadáver y en el baño. Incluso encontramos la huella de su zapato en el charco de sangre del suelo.
– Pero ¿no deberían bastar esas pruebas?
Patrik meneó la copa mientras, reflexivo, observaba los pequeños torbellinos rojos que se formaban en el interior.
– Si no hubiese tenido una coartada, habrían sido suficientes. Pero resulta que sí la tiene, justo para la hora que hemos fijado como más probable para el asesinato; así que, todos esos indicios no sirven ya más que para demostrar que estuvo en el baño después del asesinato, y no durante. Una sutil diferencia, pero muy importante, si queremos que nuestra acusación se sostenga.
La cocina iba inundándose de un aroma delicioso. Erica sacó del frigorífico el pastel de patata que ya había tostado en la sartén hacía un rato y lo metió en el horno para que se calentase. Puso dos platos y volvió a abrir el frigorífico, de donde sacó un tarro de crema fresca y otro de huevas de lumpo. La cebolla estaba ya picada en un cuenco sobre la encimera. Y ella era consciente en todo momento de lo cerca que tenía a Patrik.
– Y tú, ¿qué me cuentas? ¿Hay alguna novedad sobre la venta de la casa?
– Pues sí, por desgracia. El agente inmobiliario llamó ayer. Propuso una ronda de visitas para Semana Santa. Según me dijo, a Anna y a Lucas les pareció una brillante idea.
– Bueno, aún faltan un par de meses para Semana Santa. Quién sabe qué puede pasar para esa fecha.
– Sí, claro, siempre cabe la posibilidad de que a Lucas le dé un infarto o algo así. No, era broma, no has oído nada. Pero es que me pongo frenética cuando lo pienso.
Cerró la puerta del horno con demasiado ímpetu.
– ¡Oye, cuidado con el mobiliario!
– En fin, supongo que tendré que acostumbrarme a la idea y empezar a pensar en lo que haré con el dinero de la venta. Aunque tengo que confesar que siempre pensé que me alegraría mucho más al convertirme en millonaria.
– No creo que debas preocuparte por hacerte millonaria. Con los impuestos de este país, seguro que la mayor parte de tus beneficios estarán destinados a financiar pésimas escuelas y una sanidad aun peor. Por no hablar del increíble, total, terrible e insólitamente mal pagado Cuerpo de Policía. Seguro que sabremos darle aire a tu dinero, ya verás.
Erica no pudo por menos de echarse a reír.
– Vaya, qué alivio. Así no tendré que preocuparme por elegir si me compro un abrigo de visón o uno de zorro azul. Bueno, pues, lo creas o no, el primer plato está listo.
Erica tomó dos platos y se encaminó al comedor seguida de Patrik. Había estado pensando largo y tendido si debía poner la mesa en la cocina o en el comedor, pero se decidió al final por este último, con la hermosa mesa abatible de madera maciza, cuyo aspecto mejoraba más aun a la luz de las velas. Y, desde luego, no había escatimado en este tipo de iluminación. Había leído en alguna parte que nada favorecía más el aspecto de una mujer que la luz de las velas, así que se las veía por todas partes.
En la mesa estaban ya los cubiertos, las servilletas bordadas y los platos de porcelana de Rörstrand, la vajilla fina de su madre, blanca con los bordes en azul. Erica recordaba el cuidado con que su madre trataba aquellos platos. Sólo los utilizaba en ocasiones especiales, entre las que no se contaban los cumpleaños de las niñas ni ninguna otra celebración que tuviese que ver con ella o con su hermana, recordó Erica con amargura. En esos casos, bastaban la vajilla de diario y la mesa de la cocina. Sin embargo, cuando venían el pastor y su mujer, o el párroco o la diaconisa, entonces todo lo fino era poco. Erica se obligó a volver al presente y colocó los platos sobre la mesa, el uno frente al otro.
– ¡Tiene un aspecto delicioso!
Patrik cortó un trozo de pastel de patata, puso encima una buena cucharada de cebolla picada y tomó con el tenedor la crema y las huevas, y ya estaba a punto de meterse todo en la boca cuando se dio cuenta de que Erica sostenía la copa, y también una ceja, bien en alto. Algo avergonzado, dejó el tenedor y lo cambió por su copa.
– Bueno, pues bienvenido. Salud.
– Salud.
Erica sonrió ante la torpeza de Patrik. Su comportamiento le resultaba una liberación comparado con el de los hombres con que se las tenía que ver en Estocolmo, tan bien educados y tan conocedores de la etiqueta que parecían clonados. A su lado, Patrik era más auténtico y, por ella, podía comer con los dedos si se le antojaba, que no le molestaría. Además, se ponía guapísimo cuando se sonrojaba.
– Hoy he recibido una visita inesperada.
– ¿Ah, sí? ¿De quién?
– De Julia.
Patrik la miró perplejo y Erica notó entusiasmada que le costaba dejar de comer.
– No sabía que os conocierais.
– Es que no nos conocíamos. La vi por primera vez en el funeral de Alex. Pero esta mañana llamaron a la puerta, y allí estaba.
– ¿Qué quería?
Patrik rebañaba el plato con tanto ahínco que parecía querer arrancar el color de la porcelana.
– Me pidió que le dejase ver fotografías de Alex conmigo cuando éramos pequeñas. Al parecer, según me dijo, ellos no tienen muchas. Y se le ocurrió que tal vez yo tuviese algunas más. Como así es. Después me hizo un montón de preguntas sobre aquella época y todo eso. Las personas con las que he tenido la oportunidad de hablar del tema me han asegurado que las dos hermanas no se llevaban muy bien; cosa que no me extraña, pues había muchos años de diferencia entre ellas, y ahora Julia quiere saber más sobre Alex. Conocerla después de muerta. Al menos, ésa fue la impresión que me dio. Por cierto, ¿tú conoces a Julia?
– No, todavía no la he visto. Pero, por lo que cuentan, no se parecen, o no se parecían en nada.