Pero ¿por qué querría nadie matarlos por unos abusos sexuales cometidos hacía más de veinticinco años? Y, en todo caso, ¿por qué ahora y no antes? ¿Qué podía poner en movimiento algo que había estado latente durante tantos años, haciendo que acabase en dos asesinatos cometidos con un par de semanas de diferencia? Lo más frustrante era que no tenía la menor idea de en qué dirección seguir.
La información obtenida aquella tarde había supuesto un gran giro en la investigación, pero al mismo tiempo había conducido a un callejón sin salida. Patrik revisó mentalmente lo que había hecho y oído durante el día y cayó en la cuenta de que, pese a todo, llevaba en el coche una pista muy concreta. Era algo que había olvidado por lo delicado del tema tratado en casa de los Carlgren y el tumulto a consecuencia del ataque sufrido por Karl-Erik. Sintió renacer el entusiasmo de aquella mañana, pues comprendió que tenía la posibilidad de investigar esa pista más de cerca. Lo único que necesitaba era un poco de suerte.
Encendió el móvil, ignoró el aviso de que tenía tres mensajes en el buzón de voz y llamó al servicio de información telefónica para que le diesen el número del hospital Sahlgrenska. Le dieron la posibilidad, que aceptó, de pasarle la llamada directamente.
– Hospital Sahlgrenska, ¿dígame?
– Hola, me llamo Patrik Hedström. Quisiera saber si Robert Ek trabaja en su unidad de medicina legal.
– Un momento, voy a comprobarlo.
Patrik contuvo la respiración. Robert era un viejo compañero de la Escuela Superior de Policía que, después, siguió estudiando para pertenecer a la policía científica forense. Fueron muy amigos mientras estudiaban, pero después habían perdido el contacto. Patrik había oído decir que ahora trabajaba en el Sahlgrenska y rogó por que así fuese.
– Bueno, veamos. Sí, en efecto, Robert Ek trabaja aquí. ¿Quieres que te pase con él?
Patrik daba saltos de alegría.
– Sí, por favor.
Oyó un par de tonos de llamada y, después, la voz familiar de Robert.
– Medicina legal, le habla Robert Ek, ¿dígame?
– Hola, Robban, ¿sabes quién soy?
Se hizo un silencio y Patrik pensó que Robert no caería en la cuenta. Pero, cuando ya estaba a punto de echarle una mano, oyó un silbido en el auricular.
– ¡Patrik Hedström, viejo granuja! ¡Qué demonios! Si hace un siglo… ¿Cómo es que tengo el placer de oírte? Quiero decir que no es tu estilo.
Aquello sonó a reproche y Patrik se sintió algo avergonzado. Sabía que era malísimo a la hora de llamar a la gente y mantener el contacto con los amigos. Robert se portaba mucho mejor, pero había terminado por cansarse de ser siempre él quien llamaba. Se avergonzó más aun al pensar que, cuando por fin lo hacía, era para pedirle un favor, pero ahora ya no tenía remedio.
– Sí, ya lo sé, soy un desastre. Pero ahora resulta que estoy en el aparcamiento del Sahlgrenska y me acordé de que alguien me dijo que tú trabajabas aquí… Así que se me ocurrió comprobar si estabas en el trabajo por si podía hacerte una visita y saludarte.
– Joder, claro que sí. Vente, me encantará verte.
– ¿Dónde estás exactamente?
– Estamos en la planta sótano. Cruza la entrada principal y toma el ascensor, cuando salgas, gira a la derecha hasta el final del pasillo. Al fondo hay una puerta. Ahí estamos. Llama al timbre y te abriré. ¡Vaya sorpresa!
– Sí, pues nada, nos vemos en un par de minutos.
Patrik volvió a sentirse avergonzado, pues estaba a punto de utilizar a un viejo amigo, pero, por otro lado, tenía una larga lista de favores que cobrarle a Robert. Cuando eran estudiantes, Robert vivía con su prometida, que se llamaba Susanne, pero al mismo tiempo mantenía una excitante historia con una de sus compañeras de clase, Marie, que también estaba comprometida con otro chico. Aquello duró casi dos años y Patrik no recordaba ya cuántas veces tuvo que salvarle el pellejo a Robert. En muchas, muchísimas ocasiones, Patrik le había servido de coartada y se había visto obligado a dar muestras de una imaginación inagotable cuando Susanne llamaba para preguntarle si sabía dónde estaba Robert.
Bien mirado y al cabo de tantos años, le parecía que tal vez no fuese muy honrado ni por su parte ni por la de Robert, pero en aquel entonces eran los dos tan jóvenes e inmaduros…, y en honor a la verdad, a él le parecía una pasada y llegó a sentir algo de envidia de Robert, que hacía malabares con dos tías a la vez. Claro que aquello estaba condenado a irse al traste y Robert se encontró un día sin casa y sin ninguna de las dos tías. Aunque, como el seductor empedernido que era, no tuvo que pasar muchas semanas durmiendo en el sofá de Patrik, pues enseguida encontró a otra chica a cuya casa mudarse.
Cuando le contaron que Robert trabajaba en el hospital, mencionaron también que estaba casado y que tenía hijos, pero a él le costaba creerlo. Ahora podría comprobar si era cierto.
Recorrió los interminables pasillos del hospital y, pese a que la descripción de Robert le había sonado bien sencilla, llegó a perderse dos veces hasta que por fin se encontró ante la puerta que su viejo amigo le había indicado. Llamó al timbre y esperó. De pronto, la puerta se abrió.
– ¡Hooola!
Se abrazaron con entusiasmo antes de dar un paso atrás para ver los efectos que el paso del tiempo había causado en el otro. Patrik constató que el tiempo se había portado bien con Robert, y esperaba que Robert pensase lo mismo de él, pero, por si acaso, metió el estómago y sacó el pecho un poco más.
– Pasa, pasa.
Robert lo condujo hasta su despacho, que resultó ser una habitación minúscula en la que apenas si cabía una persona, y menos aún dos. Patrik escrutó a Robert con más detenimiento después de sentarse frente a él, en la silla que había detrás del escritorio. Tenía el rubio cabello tan repeinado como cuando eran más jóvenes y la ropa igual de bien planchada bajo la bata blanca. Patrik siempre creyó que la necesidad de orden y pulcritud externas de Robert funcionaba como una compensación al caos que tendía a crear en su vida privada. Su mirada se fijó en la fotografía de la estantería que había detrás del escritorio.
– ¿La familia?
Formuló la pregunta sin poder ocultar del todo su asombro.
Robert sonrió con orgullo y tomó la instantánea.
– Exacto, mi mujer, Carina, y mis dos hijos, Oscar y Maja.
– ¿Cuántos años tienen?
– Oscar tiene dos y Maja seis meses.
– Son preciosos. ¿Cuánto tiempo llevas casado?
– Ya ha hecho tres años. Te cuesta creer que me haya convertido en padre de familia, ¿verdad?
Patrik rió de buena gana.
– Sí, he de reconocerlo; eras un auténtico ligón.
– Bueno, ya sabes, cuando el diablo se hace viejo, se vuelve religioso. ¿Y tú, qué ha sido de ti? Seguro que tienes una buena prole a estas alturas.
– Pues no, la verdad. Lo cierto es que estoy separado. Sin hijos, lo que, dadas las circunstancias, puede considerarse una suerte.
– Vaya, lo siento.
– Bueno, no está tan mal. Tengo entre manos una historia que parece muy prometedora, así que ya veremos.
– Cuéntame, ¿cómo es que te presentas aquí como por arte de magia, después de tantos años?
Patrik se movió nerviosamente en la silla, otra vez con el punto de remordimiento que le producía el no haber llamado en tanto tiempo y ahora presentarse para pedir un favor.
– He venido a la ciudad por un asunto policial y, de pronto, me acordé de que tú trabajabas aquí, en medicina legal. Necesito resolver un escollo y, sencillamente, no puedo esperar a que pase el trámite administrativo habitual. Me llevaría semanas obtener una respuesta y no tengo ni el tiempo ni la paciencia necesarios.