– Da toda la impresión de que alguien quiere impedir que hagamos lo que estamos haciendo, sea ello lo que sea. Puede que tras la restauración de la monarquía haya un intento de hacerse con las riendas del poder.
– Ahora están a miles de kilómetros.
– Gracias a Dios.
– No se me quitan de la cabeza los Maks -dijo ella-. El anciano y su sobrino murieron por sus creencias. ¿Tan importantes son?
Lord tomó un libro de la biblioteca. Akilina observó que en la cubierta iba una foto de Rasputín, la imagen amenazadora de un rostro barbado y unos ojos penetrantes.
– La clave de vuestro futuro como nación puede tenerla este oportunista. Siempre pensé que era un embaucador, que tuvo la suerte de encontrarse en el sitio adecuado, en el momento adecuado. Esta estantería está llena de libros que tratan de él. Llevo años leyendo cosas sobre Rasputín, sin creer en ningún momento que fuera una persona de más talla que mi padre.
– ¿Y ahora qué piensas?
Lord suspiró profundamente.
– No sé qué pensar. Todo esto es increíble. Félix Yusúpov se las compuso de algún modo para traerse dos hijos de los Romanov a Estados Unidos.
Se situó junto a otra estantería.
– Tengo varias; biografías de Yusúpov. La imagen que trazan de él no es la de un tipo manipulador y listo. Más bien de un entrometido, que no era capaz ni de matar a un enemigo como es debido.
Ella se acercó y le quitó el libro de las manos, para mirar luego fijamente los ojos de Rasputín en la portada.
– Siguen siendo impresionantes, aun ahora.
– Mi padre decía que los designios de Dios son inescrutables. Siempre pensé que con ello sólo pretendía ganarse la lealtad de sus seguidores, que no pudieran apartarse de él si querían seguir escuchando la palabra de Dios. Ahora, lo que espero es que estuviera equivocado.
Los ojos de ella tropezaron con los de él.
– No es bueno odiar al padre.
– Nunca he dicho que lo odiara.
– No hace falta que lo digas.
– Le guardo rencor por lo que nos hizo. El lío en que nos dejó. Su hipocresía.
– Pero podría ser que le pasara igual que a Rasputín, que su herencia sea más importante de lo que tú crees. Puede que tú seas esa herencia. El Cuervo.
Te crees de veras toda esa historia, ¿no?
En la tranquilidad del cálido apartamento, Akilina empezaba a relajarse.
– Lo único que sé es que desde el momento en que entraste en mi compartimento del tren me vengo sintiendo distinta. Es difícil de explicar. Soy una mujer de familia humilde. Mataron a mi abuela, destruyeron la vida de mis padres. Llevo toda la vida viendo sufrir a la gente y preguntándome si podía hacer algo al respecto. Ahora quizá pueda cambiarlo todo.
Lord se metió la mano en el bolsillo y sacó la llave de latón procedente de la caja metálica. Las iniciales C.M.B. y el número 716 se leían con toda claridad.
– Antes tendremos que localizar la Campana del Infierno y averiguar qué es lo que abre esta llave.
– Confío en que lo haremos entre los dos.
– Menos mal que uno de los dos confía -dijo, meneando la cabeza.
Moscú, 16:20
Hayes estudiaba a Stefan Baklanov. El Presumible Heredero se alzaba frente a los diecisiete miembros de la Comisión del Zar, encaramado a una mesa cubierta con un paño de seda. El Gran Salón del Palacio de las Facetas estaba lleno de espectadores y periodistas, y el ambiente era una especie de neblina azulada, procedente de los comisionados, que parecían disfrutar continuamente del tabaco en cualquiera de sus manifestaciones.
Baklanov llevaba un traje oscuro y no daba la impresión de inmutarse ante las preguntas de los comisionados, por largas o complicadas que fueran. Ésta era su última aparición en público antes de la votación de la mañana siguiente en que se elegiría entre los tres candidatos finales. En principio fueron nueve. Tres de ellos quedaron descartados de entrada. Otros dos eran cuestionables. Cuatro eran fuertes aspirantes, por su parentesco de sangre y por su cumplimiento de los requisitos establecidos en la Ley de Sucesión de 1797. La ronda inicial de los debates se centró en los matrimonios posteriores a 1918 y la disolución de linajes que en algún momento fueron muy dignos de tenerse en cuenta. Cada uno de los nueve candidatos pudo defender su caso ante la comisión y contestar a las preguntas que se le hicieran. Hayes había tomado las medidas necesarias para que Baklanov fuera en último lugar.
– Pienso muy a menudo en mi antecesor -dijo Baklanov ante el micrófono, en tono bajo, pero muy potente-. En este mismo salón del Palacio de las Facetas se reunieron los boyardos en enero de 1613 para elegir nuevo Zar. El país se hallaba en estado de gran agitación, porque el trono llevaba doce años vacío. Este grupo estableció unos requisitos muy concretos, como ustedes han hecho ahora. Tras largos debates y tras haber rechazado a diversos pretendientes, los boyardos escogieron por unanimidad a un muchacho de dieciséis años: Miguel Romanov. Es importante señalar que lo encontraron en el monasterio de Ipatiev. Allí empezó la dinastía de los Romanov, y en otra casa de los Ipatiev, la de Usos Especiales, trescientos años más tarde, vio su final.
Tras una pausa, añadió:
– Al menos, por el momento.
– Pero ¿no es verdad que Miguel fue elegido porque se comprometió a no tomar ninguna decisión sin consultarla antes con los boyardos, convirtiendo así la Duma en una asamblea nacional de facto? ¿Piensa usted hacer algo parecido? -preguntó uno de los comisionados.
Baklanov se removió en su asiento, pero su rostro conservó la expresión de afabilidad y franqueza.
– Ésa no fue la única razón de que eligieran a mi antecesor. Antes de proceder a la votación, la asamblea hizo una especie de encuesta y confirmó que Miguel Romanov gozaba de amplio apoyo popular. Lo mismo es cierto ahora, Comisionado. Todas las encuestas de ámbito nacional indican que la gente apoya mi restauración. Pero, respondiendo directamente a su pregunta, le recordaré que los tiempos de Miguel Romanov eran muy distintos a los nuestros.
»Rusia ha intentado antes la democracia, y ya ven ustedes los resultados. Somos un país acostumbrado a no confiar en el gobierno. La democracia implica un constante desafío, y nuestra historia no nos ha preparado para ello. Aquí, la gente espera que el gobierno se involucre en sus vidas. Las sociedades occidentales preconizan lo contrario.
»No ha habido grandeza alguna en nuestro país desde 1917. Nuestro imperio fue una vez el mayor de la Tierra y ahora, por el contrario, nuestra existencia depende de la generosidad de las naciones extranjeras. Es algo que me pone enfermo. Nos hemos pasado casi ochenta años fabricando bombas y equipando ejércitos, mientras la nación se venía abajo. Ha llegado la hora de invertir el proceso.
Hayes era consciente de que Baklanov actuaba para las cámaras. Las sesiones estaban retransmitiéndose en directo para Rusia y el mundo entero: la CNN, la CNBC, la BBC y la Fox se ocupaban de la cobertura occidental. Su respuesta podía considerarse casi perfecta. Baklanov había eludido la verdadera pregunta, pero había aprovechado la ocasión para dejar sentado un principio global de actuación. Quizá no fuera capaz de gobernar, pero, desde luego, sabía cómo halagar los oídos del público.
Otro comisionado preguntó:
– El padre de Miguel, Filaret, si recuerdo bien la Historia, fue quien de hecho llevó el país durante gran parte del reinado de su hijo. Miguel era un mero títere. ¿Es ésa una preocupación que el país debe sentir en su caso? ¿Serán otros quienes controlen sus decisiones?
Baklanov negó con la cabeza.
– Tenga usted por seguro, Comisionado, que no me hará falta nadie para tomar mis decisiones. Pero con ello no quiero decir que no acudiré a mi Consejo de Estado en requerimiento de opinión y sabio asesoramiento. Soy plenamente consciente de que todo autócrata debe contar con el apoyo de su gobierno y de su pueblo para salir adelante.