Cuando Myron entró en la casa, Erik ya se había ido.
– Está dando vueltas en coche -dijo Claire, acompañándole por el pasillo-. Cree que si va a los sitios que frecuentaba, la encontrará.
Se pararon frente a la puerta de Aimee. Claire la abrió.
– ¿Qué buscas? -preguntó ella.
– No tengo ni idea -dijo Myron-. ¿Conocía Aimee a una chica llamada Katie Rochester?
– Es la otra chica desaparecida, ¿no?
– Sí.
– No lo creo. De hecho, se lo pregunté cuando salió en las noticias.
– Ya.
– Aimee dijo que la había visto por ahí pero que no la conocía. Katie iba al instituto en Mount Pleasant. Aimee iba al Heritage. Ya sabes cómo va.
Lo sabía. Cuando se llegaba al instituto, los vínculos ya estaban solidificados.
– ¿Quieres que haga unas llamadas y pregunte a sus amigos?
– Podría ser útil.
Ninguno de los dos se movió durante un rato.
– ¿Quieres que te deje solo? -preguntó Claire.
– Ahora mismo, sí.
Ella se marchó y cerró la puerta. Myron echó un vistazo. Había dicho la verdad -no tenía ni idea de lo que estaba buscando- pero imaginaba que aquél podía ser un buen primer paso. Era una adolescente. Tenía que tener secretos en su habitación, ¿no?
También se sentía bien estando allí. Desde que había hecho su promesa a Claire, toda su perspectiva había empezado a cambiar. Sus sentidos estaban extrañamente afinados. Hacía tiempo que no hacía esto -investigar- pero el músculo de la memoria se puso en marcha e hizo efecto. Estar en la habitación de la chica hizo que todo volviera. En el baloncesto, tienes que llegar a la zona para hacer lo que sabes. En esta clase de cosas, la sensación era similar. Estar allí, en la habitación de la víctima, lo desencadenaba. Le situaba en la zona.
Había dos guitarras en la habitación. Myron no sabía nada de instrumentos, pero era evidente que una era eléctrica y la otra acústica. Un póster de Jimi Hendrix en la pared. Púas de guitarra clavadas en bloques de plastilina. Myron los leyó. Eran púas de coleccionista. Una pertenecía a Keith Richards, otras a Nils Lofgren, Erik Clapton, Buck Dharma.
Sonrió. La chica tenía buen gusto.
El ordenador seguía encendido, con un salvapantallas de un acuario. Él no era un experto, pero sabía lo suficiente para empezar. Claire le había dado la contraseña de Aimee y le había dicho que Erik había revisado sus mensajes. De todos modos echó un vistazo. Se conectó e introdujo la contraseña.
Sí, todos los mensajes habían sido borrados.
Buscó Windows Explorer y puso los archivos por orden cronológico, para ver en qué había trabajado recientemente. Aimee había estado componiendo canciones. Pensó en esa joven tan creativa y en dónde estaría ahora. Echó una ojeada a los documentos de texto más recientes. Nada especial. Intentó ver sus descargas. Había algunas fotografías recientes. Las abrió. Ella con un grupo de compañeros de escuela, pensó. No había nada especial en ellos a primera vista, pero tal vez Claire podía encontrar algo.
Sabía que los adolescentes perdían el seso por los mensajes instantáneos en línea. Desde la calma relativa de sus ordenadores, mantenían conversaciones con docenas de personas, a veces al mismo tiempo. Myron conocía a muchos padres que se lamentaban de esto, pero en sus tiempos se habían pasado horas al teléfono cotilleando unos con otros. ¿Era peor el correo electrónico?
Sacó su lista de compañeros. Había al menos cincuenta nombres en la pantalla como SpazaManiacJackII, MSGWatkins y YoungThang Blaine 742. Los imprimió. Haría que Claire y Erik los repasaran con algunas de las amigas de Aimee, a ver si algún nombre se salía de lo normal, si alguno era desconocido. Era un tiro a ciegas, pero les mantendría ocupados.
Soltó el ratón del ordenador y se puso a buscar a la antigua usanza. Primero la mesa. Miró en los cajones. Bolígrafos, papeles, blocs de notas, pilas de recambio, un montón de cedés de programas de ordenador. Nada personal. Había varias facturas de un lugar llamado Planet Music. Myron miró las guitarras. Tenían adhesivos de Planet Music en la parte posterior.
Menudo hallazgo.
Pasó al siguiente cajón. Más de nada.
En el tercer cajón algo le llamó la atención. Metió la mano y lo levantó suavemente para verlo mejor. Sonrió. Protegida con un plástico… estaba la tarjeta de baloncesto de novato de Myron. Se miró a sí mismo de joven. Myron recordaba la sesión de fotos. Había posado en varias posturas absurdas -saltando, fingiendo un pase, en la antigua posición «triple amenaza»- pero se decidieron por una de él agachándose y regateando. El fondo era un campo vacío. En la foto llevaba su jersey verde de los Boston Celtics, una de las pocas veces que se lo había puesto en su vida. La empresa de cromos había impreso varios miles antes de su lesión. Ahora eran objetos de coleccionista.
Era agradable saber que Aimee tenía uno, aunque no estaba seguro de lo que podía deducir de ello la policía.
Lo devolvió al cajón. Ahora sus huellas estarían allí, pero de hecho estarían por toda la habitación. Daba igual. Siguió. Quería encontrar un diario. Eso es lo que pasaba siempre en las películas. La chica lleva un diario, y escribe sobre su novio secreto y su doble vida y todo eso. Eso funcionaba en la ficción. En la vida real a él no le sucedía.
Encontró un cajón con ropa interior. Se sintió fatal pero perseveró. Si ella pensaba esconder algo, ése podía ser el lugar. Pero no había nada. Su gusto parecía el normal en una adolescente sana de su edad. Los sujetadores eran vulgares. Sin embargo en el fondo encontró algo especialmente picante. Lo sacó para mirarlo. Llevaba una etiqueta de Bedroom Rendezvous, una tienda de lencería del centro comercial. Era blanco, transparente, y parecía algo salido de una fantasía con enfermeras. Frunció el ceño y no supo qué pensar.
Había algunas muñecas de cabeza oscilante. Un iPod con auriculares blancos sobre la cama. Comprobó la música. Tenía a Aimee Mann. Se lo tomó como una pequeña victoria. Él le había regalado Lost in Space de Aimee Mann hacía unos años pensando que el nombre despertaría su interés. Ahora tenía cinco cedés de Aimee Mann. Le gustó.
Había fotografías pegadas a un espejo. Eran todas fotos de grupo: Aimee con una serie de amigas. Dos del equipo de voleibol, una en la pose clásica y otra de celebración habiendo ganado la competición. Varias de su banda de rock del instituto con ella a la guitarra. Miró su cara tocando. Su sonrisa era conmovedora, pero ¿qué chica a esa edad no tiene una sonrisa conmovedora?
Encontró el anuario escolar. Empezó a hojearlo. Los anuarios habían cambiado mucho desde su graduación. Por ejemplo ahora incluían un dvd. Lo miraría si tenía tiempo. Buscó la entrada de Katie Rochester. Ya había visto aquella fotografía en las noticias. Leyó lo que decía de ella. Echaría de menos salir con Betsy y Craig los sábados por la noche al Ritz Diner. Nada significativo. Volvió a la página de Aimee Biel. Aimee mencionaba a muchos de sus amigos; sus profesores favoritos, la señorita Korty y el señor D; su entrenador de voleibol, el señor Grady y todas las chicas del equipo. Acababa con «Randy, tú has hecho muy especiales los dos últimos años. Sé que estaremos siempre juntos.»
Pobre Randy.
Buscó la entrada de Randy. Era un chico guapo con unos tirabuzones despeinados, casi rastas. Llevaba perilla y tenía una sonrisa muy blanca. En su escrito hablaba sobre todo de deportes. También mencionaba a Aimee y lo mucho que había «enriquecido» sus días de instituto.
Mmm.
Myron pensó en eso, volvió a mirar el espejo y por primera vez se preguntó si habría encontrado una pista.
Claire abrió la puerta.
– ¿Algo?
Myron señaló el espejo.
– Esto.
– ¿Qué pasa?
– ¿Con qué frecuencia entras en esta habitación?