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Ella frunció el ceño.

– Aquí vive una adolescente.

– ¿Eso significa pocas veces?

– Casi nunca.

– ¿Hace la colada ella?

– Es adolescente, Myron. No hace nada.

– ¿Quién lo hace?

– Tenemos criada. Se llama Rosa. ¿Por qué?

– Las fotografías -dijo.

– ¿Qué pasa?

– Tiene un novio que se llama Randy, ¿no?

– Randy Wolf. Es muy buen chico.

– ¿Y llevan tiempo juntos?

– Desde el segundo año. ¿Por qué?

Volvió a indicarle el espejo.

– No hay fotos de él. He buscado en toda la habitación. No hay fotos de él en ninguna parte. Por eso te preguntaba cuándo habías entrado en la habitación por última vez. -Se volvió-. ¿Había fotos de Randy?

– Sí.

Él indicó varios puntos vacíos en la parte baja del espejo.

– Esto parece no seguir una secuencia, pero diría que arrancó las fotos de aquí.

– Pero si fueron juntos a la fiesta hace… hace tres noches.

Myron se encogió de hombros.

– Tal vez se pelearan allí.

– Dijiste que Aimee parecía angustiada cuando la recogiste, ¿no?

– Sí.

– Tal vez acabaran de romper -dijo Claire.

– Podría ser -dijo Myron-. Pero desde entonces ella no ha estado en casa y las fotografías del espejo han desaparecido. Eso querría decir que habían roto al menos un día o dos antes de que yo la recogiera. Otra cosa.

Claire esperó. Myron le mostró la lencería de Bedroom Rendezvous.

– ¿Lo habías visto?

– No. ¿Lo has encontrado aquí?

Myron asintió.

– En el cajón de abajo. Parece sin estrenar. Aún lleva la etiqueta.

Claire se quedó en silencio.

– ¿Qué?

– Erik le dijo a la policía que Aimee se había comportado de un modo raro últimamente. Yo se lo rebatí pero la verdad es que es cierto. Se ha vuelto muy reservada.

– ¿Sabes qué más me ha parecido raro en esta habitación?

– ¿Qué?

– Aparte de la lencería, que puede ser relevante o no, lo opuesto a lo que acabas de decir: no hay nada reservado. Teniendo en cuenta que estaba en el último año del instituto, debería haber algo, ¿no?

Claire se lo pensó.

– ¿Por qué crees que no lo hay?

– Es como si se esforzara mucho por ocultar algo. Tenemos que mirar otros sitios en donde hubiera podido guardar objetos personales, un sitio donde tú y Erik no pudierais fisgar. Como la taquilla de la escuela, tal vez.

– ¿Quieres que vayamos ahora?

– Prefiero hablar primero con Randy.

Ella frunció el ceño.

– Su padre.

– ¿Qué le pasa?

– Se llama Jake. Todos le llaman Big Jake. Es más alto que tú. Y su esposa es una ligona. El año pasado Big Jake se metió en una pelea en uno de los partidos de fútbol de Randy. Destrozó a un pobre desgraciado delante de sus hijos. Es un imbécil total.

– ¿Total?

– Total.

– Uf. -Myron fingió que se secaba el sudor de la frente-. Un medio imbécil me preocuparía. Un imbécil total, es lo mío.

20

Randy Wolf vivía en la nueva sección de Laurel Road. Las nuevas y relucientes casas de ladrillo visto tenían más metros cuadrados que el aeropuerto Kennedy. Había una verja de falso hierro forjado. Estaba abierta y Myron la cruzó. El jardín estaba excesivamente cuidado, el césped era tan verde que parecía que alguien hubiera enloquecido con un aerosol de pintura. Había tres todo terreno aparcados en la entrada. A su lado, centelleando por un encerado reciente y una posición bajo el sol igual de perfecta, había un pequeño Corvette rojo. Myron se puso a tararear la canción de Prince. No pudo evitarlo.

Se oía el inconfundible sonido del rebote de una pelota de tenis en el patio. Myron se dirigió hacia allí. Vio a cuatro gráciles damas jugando a tenis. Llevaban todas colas de caballo y ropa ajustada de tenis. Myron era un gran admirador de las mujeres vestidas con ropa de tenis. Una de las gráciles damas estaba a punto de servir cuando le vio. Tenía unas piernas estupendas, observó Myron. Volvió a comprobarlo. Sí, estupendas.

Mirar piernas bronceadas probablemente no le proporcionaría ninguna pista, pero ¿por qué perder una oportunidad?

Myron saludó con la mano y ofreció a la mujer su mejor sonrisa. Ella se la devolvió y dijo a las otras que la dispensaran un momento. Fue trotando hacia él. Su cola de caballo se balanceaba. Se paró muy cerca de él. Respiraba aceleradamente. El sudor le pegaba la ropa al cuerpo. También la volvía un poco transparente -Myron sólo se mostraba observador, claro- pero no parecía importarle.

– ¿En qué puedo ayudarle?

Apoyaba una mano en la cadera.

– Hola, me llamo Myron Bolitar.

Regla número cuatro del Libro de Elocuencia de Bolitar: apabulla a las mujeres con una primera frase deslumbrante.

– Su nombre -dijo-. Me suena.

Movía mucho la lengua al hablar.

– ¿Es la señora Wolf?

– Llámeme Lorraine.

Lorraine Wolf tenía esa forma de hablar en la que todo sonaba con un doble sentido.

– Busco a su hijo Randy.

– Mala respuesta -dijo ella.

– Lo siento.

– Debía decir que parecía demasiado joven para ser la madre de Randy.

– Demasiado obvio -dijo Myron-. Una mujer inteligente como usted habría visto mis intenciones.

– Buena recuperación.

– Gracias.

Las otras mujeres se juntaron en la red. Llevaban toallas al cuello y bebían algo verde.

– ¿Por qué busca a Randy? -preguntó ella.

– Necesito hablar con él.

– Bueno, sí, ya me lo imagino. Pero tal vez podría decirme sobre qué.

Se abrió la puerta trasera con un sonoro bang. Un hombre grandote -Myron medía metro noventa y cinco y pesaba noventa y cinco kilos y ese tipo medía al menos siete centímetros y pesaba doce kilos más que él- salió por la puerta.

Big Jake Wolf, dedujo Myron, estaba en casa.

Llevaba el pelo negro peinado hacia atrás. Y sus ojos entornados le daban una expresión mezquina.

– Vaya, ¿no es Steven Seagal? -preguntó Myron, en voz baja.

Lorraine Wolf sofocó una risita.

Big Jake se acercó como una tromba, mirando furiosamente. Myron esperó unos segundos, después guiñó el ojo y le hizo su saludo de cinco dedos estilo Stan Laurel. Big Jake no parecía complacido. Se situó al lado de Lorraine, le pasó el brazo alrededor del hombro y tiró de ella hacia él.

– Hola, monada -dijo, sin dejar de mirar a Myron.

– Vaya, hola -dijo Myron.

– No hablaba con usted.

– Entonces ¿por qué me mira?

Big Jake frunció el ceño y apretó más a su mujer. Lorraine se estremeció un poco, pero le dejó hacer. Myron había visto tales comportamientos otras veces. Una rabiosa inseguridad, sospechaba. Jake dejó de mirarle el tiempo suficiente para besar en la mejilla a su esposa y volver a apretarla. Después volvió a mirarle furiosamente, sujetando con fuerza a su mujer.

Myron se preguntaba si Big Jake se mearía sobre ella por marcar su territorio.

– Vuelve a tu partido, mi amor. Yo me encargo.

– Ya estábamos acabando.

– Entonces ¿por qué no entráis todas a tomar algo?, ¿eh?

La soltó. Parecía aliviada. Las mujeres se fueron hacia la casa. Myron volvió a mirarles las piernas. Por si acaso. Ellas le sonrieron.

– Eh, ¿qué está mirando? -gritó Big Jake.

– Posibles pistas -dijo Myron.

– ¿Qué?

Myron se volvió hacia él.

– No importa.

– ¿Qué quiere?

– Me llamo Myron Bolitar.

– ¿Y?

– Buena réplica.

– ¿Qué?

– No importa.

– ¿Es un humorista o qué?

– Prefiero que me llamen «actor cómico». A los humoristas se les encasilla.

– ¿Qué diablos…? -Big Jake se paró y se recompuso-. ¿Siempre hace lo mismo?

– ¿Hacer qué?

– Presentarse sin ser invitado.

– Es la única manera de que la gente me reciba -dijo Myron.

Big Jake entornó los ojos un poco más. Llevaba vaqueros estrechos y una camisa de seda con demasiados botones desabrochados. Entre los pelos del torso le asomaba una cadena de oro. No se oía «Stayin' Alive» de fondo, pero debería.