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Hubo otro momento de vacilación.

– Puede que tenga -dijo Rochester.

– Eso sería tope. La tecnología digital mola. Todo lo de la alta definición, claro. En fin, ¿tiene un plan o algo así?

– Esperaré hasta que llegue a casa -dijo Dominick Rochester-. Le diré que quiero hablar con él. Entramos. Vosotros también.

– Radical.

– ¿Adónde va ahora?

Orville miró el navegador del coche.

– Eh, bueno, a lo mejor me equivoco, pero creo que vamos a casa de Bolitar.

21

Myron estaba a dos manzanas de casa cuando sonó el teléfono.

– ¿Te he hablado alguna vez de Cingle Shaker? -preguntó Win.

– No.

– Es detective privada. Si fuera más guapa, se te derretirían los dientes.

– Me alegro, en serio.

– Me la he tirado -dijo Win.

– Te felicito.

– Volví para una segunda vez. Y todavía nos hablamos.

– Qué barbaridad -dijo Myron.

Que Win hablara todavía con una mujer con la que se había acostado más de una vez, en términos humanos, era como si un matrimonio celebrara las bodas de plata.

– ¿Hay alguna razón para que me cuentes este tierno suceso ahora? -Entonces Myron recordó algo-. Un momento, una detective llamada Cingle. Hester Crimstein la llamó mientras me interrogaban, ¿no?

– Exacto. Cingle ha reunido más información sobre las desapariciones.

– ¿Has quedado para una reunión?

– Te espera en Baumgart's.

Baumgart's, el restaurante preferido de Myron desde hacía mucho, que servía comida china y estadounidense, acababa de abrir una sucursal en Livingston.

– ¿Como la reconoceré?

– Es lo bastante guapa para que se te derritan los dientes -dijo Win-. ¿Cuántas mujeres encajan con esta descripción en Baumgart's?

Win colgó. Cinco minutos después Myron entraba en el restaurante. Cingle no le decepcionó. Era toda curvas, con un cuerpo como una heroína de cómic hecha realidad. Myron fue a saludar a Peter Chin, el dueño. Peter le miró con el ceño fruncido.

– ¿Qué?

– No es Jessica -dijo Peter.

Myron y Jessica iban continuamente a Baumgart's, es decir, al original de Englewood. Peter no había superado la separación. La regla tácita era que Myron no llevaría a otras mujeres allí. Había mantenido la regla siete años, más por sí mismo que por Peter.

– No es una cita.

Peter miró a Cingle, miró a Myron, hizo una mueca que decía: «Me vas a engañar a mí».

– No lo es. -Y después-: Te das cuenta, por supuesto, que no he visto a Jessica en años.

Peter levantó un dedo.

– Los años pasan, pero el corazón se queda.

– Maldita sea.

– ¿Qué?

– Ya has vuelto a leer galletas de la fortuna, ¿eh?

– Están llenas de sabiduría.

– Te diré una cosa: lee el New York Times del domingo, para variar. La sección de Estilo.

– Ya lo he leído.

– ¿Y?

De nuevo Peter levantó un dedo.

– No se pueden montar dos caballos con otro detrás.

– Eh, ésa te la dije yo. Es yiddish.

– Lo sé.

– Y no pega.

– Siéntate. -Peter le despidió con un gesto-. Y pide tú sólito. No voy a ayudarte.

Cuando Cingle se levantó para saludarle, los cuellos no es que se volvieran a mirarla, sino que se quebraron. Se saludaron y se sentaron.

– Así que eres el amigo de Win -dijo Cingle.

– Ese soy yo.

Ella le estudió un momento.

– No pareces psicótico.

– Me gusta pensar que soy su contrapeso.

No había papeles frente a ella.

– ¿Tienes el informe policial? -preguntó él.

– No hay ninguno. Ni siquiera hay una investigación oficial todavía.

– ¿Qué tienes, entonces?

– Katie Rochester sacó dinero de un cajero. Después se largó. No hay pruebas, aparte de lo que dicen los padres, que sugieran que pasara otra cosa.

– La investigadora que fue a buscarme al aeropuerto… -empezó Myron.

– Loren Muse. Es buena, francamente.

– Sí, Muse. Me hizo muchas preguntas sobre Katie Rochester. Creo que tienen algo sólido que me vincula con ella.

– Sí y no. Tienen algo sólido que relaciona a Katie y a Aimee. No creo que te relacione directamente a ti.

– ¿Es decir?

– Sus últimos cargos de cajero.

– ¿Qué pasa?

– Las dos chicas usaron el mismo Citibank de Manhattan.

Myron calló, intentando asumirlo.

Se acercó el camarero. Era nuevo. Myron no le conocía. Normalmente Peter hacía que el camarero le trajera algunos aperitivos. Esta vez no.

– Estoy acostumbrada a que los hombres me miren -dijo Cingle-. Pero el dueño no deja de mirarme como si me hubiera meado en el suelo.

– Echa de menos a mi ex novia.

– Qué bonito.

– Adorable.

Cingle miró a Peter a los ojos, agitó los dedos enseñándole una alianza y gritó en su dirección:

– Está a salvo. Ya estoy casada.

Peter se volvió.

Cingle se encogió de hombros y le habló de los cargos de cajero. Aimee aparecía claramente en la cámara de seguridad. Myron intentó entenderlo. No se le ocurrió nada.

– Hay algo más que deberías saber.

Myron esperó.

– Una mujer, Edna Skylar. Es doctora en el St. Barnabas. Los polis lo mantienen en secreto porque el padre de Rochester es un pirado, pero parece que la doctora Skylar vio a Katie Rochester en la calle, en Chelsea.

Le contó la historia, que Edna Skylar había seguido a la chica al metro, que iba con un hombre, y que Katie le había pedido que no se lo dijera a nadie.

– ¿Lo ha investigado la policía?

– ¿Investigar qué?

– ¿Han intentado averiguar dónde está Katie, quién era el hombre o algo?

– ¿Por qué? Katie Rochester tiene dieciocho años. Cogió dinero antes de largarse. Tiene un padre con conexiones que probablemente abusaba de ella de alguna forma. La policía tiene otras preocupaciones. Delitos de verdad. Muse se encarga de un doble homicidio en East Orange. Tienen pocos hombres. Y lo que vio Edna Skylar confirma lo que ya sabían.

– ¿Que Katie Rochester se fugó?

– Sí.

Myron se echó atrás.

– ¿Y el detalle de que usaran el mismo cajero?

– O es una asombrosa coincidencia…

Myron meneó la cabeza.

– Ni hablar.

– Estoy de acuerdo. Ni hablar. O eso o planearon la fuga las dos. Había una razón para que las dos eligieran ese cajero. No sé cuál. Pero tal vez lo planearan juntas. Katie y Aimee iban al mismo instituto, ¿no?

– Sí, pero no he hallado ninguna relación entre las dos.

– Tienen dieciocho años, se gradúan en el mismo instituto, son de la misma ciudad. -Cingle se encogió de hombros-. Tiene que haber algo.

Estaba en lo cierto. Necesitaba hablar con los Rochester para enterarse de lo que sabían. Tendría que ser cuidadoso. No quería abrir esa caja de Pandora. También quería hablar con la doctora Edna Skylar y conseguir una buena descripción del hombre que acompañaba a Katie Rochester, saber exactamente dónde la había visto, qué metro había cogido y en qué dirección.

– La cuestión es -dijo Cingle- que si Katie y Aimee son fugitivas, tiene que haber una razón.

– Yo pensaba lo mismo -dijo Myron.

– Puede que no quieran que las encuentren.

– Cierto.

– ¿Qué vas a hacer?

– Encontrarlas de todas maneras.

– ¿Y si quieren seguir ocultas?

Myron pensó en Aimee Biel, también en Erik y en Claire. Buena gente. De fiar, sólidos. Se preguntó por qué motivo habría huido Aimee de ellos, qué habría sido tan malo para que hiciera algo así.

– Cruzaré ese puente cuando llegue -dijo.

Win estaba sentado solo en un rincón del poco iluminado club de striptease. Nadie le molestaba. Le conocían. Si quería que se acercara alguien, ya se lo haría saber.