La canción de la máquina de discos era una de las más pútridas de los ochenta, «Broken Wings» de Mr. Misten Myron aseguraba que era la peor canción de la década. Win consideraba que «We Built This City on Rock-n-Roll» de Starship era peor. La discusión duró una hora sin resolverse. Así que, como hacían a menudo en esa clase de situaciones, acudieron a Esperanza para desempatar, pero ella optó por «Too Shy» de Kajagoogoo.
A Win le gustaba sentarse en ese reservado del rincón, mirar y pensar.
Había un gran equipo de béisbol de la liga en la ciudad. Varios jugadores habían ido al «club de caballeros», un eufemismo realmente inspirado para un local de striptease, a pasar el rato. Las chicas trabajadoras se volvieron locas. Win observó a una stripper de una edad cuestionablemente legal trabajarse a uno de los mejores pitchers del equipo.
– ¿Cuántos años has dicho que tenías? -preguntó la stripper.
– Veintinueve -dijo el pitcher.
– Uau. -Ella meneó la cabeza-. No pareces tan mayor.
Win dibujó una sonrisa melancólica. Juventud.
Windsor Horne Lockwood III había nacido rico. No fingía que no. No le gustaban los multimillonarios que se jactaban de su perspicacia empresarial habiendo empezado con los millones de papá. El genio es prácticamente irrelevante de todos modos para obtener enormes riquezas. De hecho, puede ser un estorbo. Si eres lo bastante listo para ver los riesgos, puedes intentar evitarlos. Esa clase de pensamiento -el razonamiento- nunca ha hecho ganar grandes riquezas.
Win empezó la vida en los lujos de la aristocracia de Filadelfia. Su familia pertenecía a la junta de la Bolsa desde sus inicios. Tenía un antepasado directo que había sido primer secretario del Tesoro del país. Win no sólo había nacido con una cuchara de plata en la boca, sino con un suelo de plata a sus pies.
Y se le notaba.
Ése había sido su problema. Desde sus primeros años, con cabello rubio, piel saludable y delicados rasgos, con una expresión naturalmente fija que parecía de desdén, la gente le odiaba a primera vista. Mirabas a Windsor Horne Lockwood III y veías elitismo, riqueza inmerecida, alguien que siempre te miraría desde arriba con su nariz perfectamente esculpida y todos tus fallos aparecían en una ola de resentimiento y envidia frente a aquel chico aparentemente blando, mimado y privilegiado.
Le había acarreado incidentes desagradables.
A los diez años, Win se había separado de su madre en el zoo de Filadelfia. Un grupo de estudiantes de una escuela pública de la ciudad le encontró con su americana azul del emblema en el bolsillo y le pegaron una paliza. Le habían hospitalizado y casi pierde un riñón. El dolor físico fue duro. La vergüenza de ser un niñito asustado fue peor.
No quería volver a experimentarlo.
La gente hace juicios rápidos basados en la apariencia. No hay mucho que decir. Sí, también estaban los prejuicios obvios contra los afroamericanos, judíos o lo que fuera. Pero a Win le preocupaban más los prejuicios de tipo doméstico. Si, por ejemplo, ves a una mujer con sobrepeso comiéndose un donut, te repugna. Haces juicios rápidos: es indisciplinada, perezosa, dejada, probablemente estúpida y sin duda le falta autoestima.
Curiosamente, pasaba lo mismo cuando veían a Win.
Tenía alternativas: Quedarse al otro lado del seto, a salvo en su nido de privilegios, llevando una vida protegida aunque temerosa, o hacer algo al respecto.
Había elegido la última.
El dinero lo hace todo más fácil. Curiosamente, Win siempre había pensado que Myron era un Batman de verdad, pero la Cruzada de la Capa había sido un modelo en la infancia de Win. El único superpoder de Bruce Wayne era una inmensa riqueza que utilizó para hacerse un luchador contra el crimen. Win hizo algo parecido con su dinero. Contrató a antiguos integrantes de la Fuerza Delta y de los Boinas Verdes y le entrenaron como a su mejor élite. Buscó a los mejores instructores del mundo en armas de fuego, cuchillos y combate cuerpo a cuerpo. Se procuró los servicios de artistas marciales de una amplia variedad de países y volaron todos a la finca familiar de Bryn Mawr o fueron al extranjero. Pasó un año aislado con un maestro de artes marciales en Corea, en lo alto de las montañas del sur del país. Aprendió sobre el dolor y cómo infligirlo sin dejar marcas, tácticas de intimidación, electrónica, sistemas de cierre, bajos fondos y procedimientos de seguridad.
Lo absorbió todo. Era una esponja cuando se trataba de aprender nuevas técnicas. Trabajaba duramente, con absurda intensidad, entrenándose al menos cinco horas al día. Tenía unas manos naturalmente rápidas, el ansia, el deseo, la ética de trabajo, la frialdad, todos los ingredientes.
El miedo desapareció.
En cuanto estuvo suficientemente entrenado, empezó a frecuentar los rincones infestados de drogas y crimen de la ciudad. Acudía allí con americanas azules con emblemas, polos rosas o mocasines sin calcetines. Los otros le veían y se relamían, con odio en los ojos. Le atacaban. Y Win respondía.
Podía haber mejores luchadores que él, asumía Win, sobre todo ahora que se hacía mayor. Pero no muchos.
Sonó su móvil. Lo descolgó y dijo:
– Al habla.
– Tenemos escucha de un tipo llamado Dominick Rochester.
La llamada era de un viejo colega del que Win no sabía nada desde hacía tres años. No importaba. Así era como funcionaba su mundo. La escucha telefónica no le sorprendió. Se suponía que Rochester tenía relaciones mafiosas.
– Adelante.
– Alguien ha filtrado la relación de tu amigo Bolitar con su hija.
Win esperó.
– Rochester tiene un teléfono más seguro. No lo sabemos con certeza. Pero creemos que ha llamado a los Gemelos.
Hubo un silencio.
– ¿Les conoces?
– Sólo de oídas -dijo Win.
– Pon lo que has oído y añádele esteroides. Uno de ellos tiene una enfermedad rara. No siente el dolor, pero no veas cómo le gusta infligirlo. El otro se llama Jeb y, bueno, no sé cómo te sonará esto, le gusta morder.
– No me digas -dijo Win.
– Una vez encontramos a un tipo que se había trabajado Jeb con los dientes. El cuerpo…, bueno, era una masa rojiza. Le había arrancado los ojos de un mordisco, Win. No puedo dormir cuando me acuerdo.
– Deberías comprarte una luz piloto.
– No creas que no lo he pensado. Les tengo pánico -dijo la voz del teléfono-, como tú.
Eso era el mejor cumplido que podía hacer aquel hombre a los Gemelos.
– ¿Y tú crees que Rochester les ha llamado después de saber lo de Myron Bolitar?
– Pocos minutos después, sí.
– Gracias por la información.
– Win, escúchame bien. Están como una puta cabra. En una ocasión les contrató un pez gordo de la mafia de Kansas City, pero no funcionó. El caso es que el pez gordo les cabreó, no sé por qué. El tío, que no era idiota, intentó hacer las paces pero no hubo manera. Los Gemelos se llevaron a su hijo de cuatro años. Se lo devolvieron mordido a pedacitos. Y después…, no te lo pierdas, después de hacerlo, aceptaron el dinero, la misma cantidad que se les había ofrecido, ni un penique más. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Win colgó. No había necesidad de contestar. Lo entendía perfectamente.
22
Myron tenía el móvil en la mano, a punto de llamar a Ali por el impulso de saludar, cuando advirtió un coche aparcado frente a su casa. Guardó el móvil y entró en el paseo.
Había un hombre fornido sentado en la acera frente al jardín. Se puso de pie cuando le vio acercarse.
– ¿Myron Bolitar?
– Sí.