– Allí vive su novio -dijo Myron-. Pero no estaba en casa.
– ¿Cree que tiene algo que ver con esto?
Myron no fue tan tonto para decir que sí.
– Estoy hablando con los amigos de Aimee para saber en qué estaba metida. ¿Quién mejor que su novio?
– ¿Y el restaurante?
– Había quedado con un informador. Quería saber qué tenía la poli sobre su hija y Aimee. Intento hallar una relación entre ellas.
– ¿Y qué ha averiguado hasta ahora?
– Acabo de empezar.
Rochester lo pensó un poco más. Después meneó la cabeza lentamente.
– Por lo que me han dicho, recogió a la chica Biel a las dos de la madrugada.
– Es cierto.
– A las dos -repitió.
– Ella me llamó.
– ¿Por qué? -Se le puso roja la cara-. ¿Es que le gusta recoger a colegialas?
– No es eso.
– Ah. ¿Va a decirme que fue todo inocente?
– Lo fue.
Myron notó que le aumentaba la rabia. Lo estaba perdiendo.
– ¿Vio el juicio del pervertido de Michael Jackson?
La pregunta confundió a Myron.
– Un poco, sí.
– Duerme con chiquillos, ¿no? Lo reconoce. Y luego dice: «Pero era algo inocente».
Entonces Myron vio adónde quería ir a parar.
– Y usted hace lo mismo, me dice que recoge a chicas bonitas a altas horas de la noche, a las dos de la madrugada. Y luego añade: «Oh, pero es algo inocente».
– Escúcheme…
– No, creo que ya he escuchado bastante.
Rochester hizo un gesto con la cabeza a los Gemelos para que se pusieran manos a la obra.
Había pasado tiempo suficiente. Myron esperaba que Win estuviera en posición. Probablemente estaba esperando una última distracción. Myron no podía moverse, así que intentó otra cosa.
Sin avisar, Myron soltó un grito.
Gritó lo más largo y fuerte que pudo, incluso después de que Orville Profesor de Arte le pegara un puñetazo en los dientes.
El grito surtió el efecto deseado. Por un segundo, todos le miraron. Sólo por un segundo. No más.
Pero fue suficiente.
Un brazo agarró a Rochester del cuello mientras una pistola aparecía en su frente. La cara de Win se materializó junto a la de Rochester.
– La próxima vez -dijo Win, arrugando la nariz-, por favor no se compre la colonia en la estación de servicio Exxon.
Los Gemelos se movieron rápidos como un rayo. Saltaron de encima de Myron en un segundo. Profesor de Arte se situó en el rincón más lejano. Lazo Mordiscos se deslizó detrás de Myron y lo hizo poner de pie, utilizándolo como escudo. También tenía un arma en la mano. La apoyó contra el cuello de Myron.
Tablas.
Win mantuvo el brazo alrededor del cuello de Rochester. Le apretó la tráquea. La cara de Rochester se fue poniendo roja a medida que el oxígeno disminuía. Se le pusieron los ojos en blanco. Unos segundos después, Win hizo algo sorprendente: aflojó el apretón en la tráquea. Rochester tuvo arcadas y cogió aire. Utilizándolo de escudo, Win mantuvo la pistola junto a la nuca del hombre pero apuntando hacia Profesor de Arte.
– Le he cortado el suministro de aire. Con esa colonia asquerosa -dijo Win, a modo de explicación-, he sido demasiado compasivo.
Los Gemelos observaron a Win como si fuera un animalito gracioso que hubieran encontrado por casualidad en el bosque. No parecían temerle. En cuanto Win apareció en escena, habían coordinado sus movimientos como si ya lo hubieran hecho antes.
– Aparecer así -dijo Profesor de Arte Hippy, sonriendo a Win-. Tío, ha sido algo total.
– Aparta -dijo Win-. Venga, zumbando.
Él frunció el ceño.
– ¿Estás de broma, tío?
– Genial. Guay. Las flores al poder.
Profesor de Arte miró a Lazo Mordiscos como diciendo: «¿Te lo puedes creer?»
– Ay tío, que me parece que no sabes con quién te has metido.
– Bajad las armas -dijo Win- u os mato a los dos.
Los Gemelos sonrieron un poco más, disfrutando.
– Tío, ¿has dado mates alguna vez?
Win miró a Profesor de Arte con ojos inexpresivos.
– Sí, tío.
– Mira, tenemos dos pistolas. Tú tienes una.
Lazo Mordiscos apoyó la cabeza en el hombro de Myron.
– Tú -dijo a Win, excitado, lamiéndose los labios-. No deberías amenazarnos.
– Tienes razón -dijo Win.
Todos los ojos estaban en la pistola que apretaba la sien de Rochester. Ése fue el error. Era como un truco de mago. Los Gemelos no se habían preguntado por qué Win había aflojado el apretón del cuello de Rochester. Pero la razón era simple. Era para que Win -utilizando el cuerpo de Rochester para tapar la vista- pudiera sacar la segunda pistola.
Myron ladeó la cabeza un poco hacia la izquierda. La bala de la segunda pistola oculta detrás de Rochester dio a Lazo Mordiscos en medio de la frente. Murió al instante. Myron sintió algo húmedo salpicarle la mejilla.
Al mismo tiempo, Win disparó la pistola con que apuntaba a la cabeza de Rochester. Esa bala alcanzó a Profesor de Arte en el cuello. Él cayó, con las manos agarradas a lo que había sido su caja de resonancia. Podía estar muerto o al menos desangrándose mortalmente. Win no se arriesgó. La segunda bala dio al hombre entre los ojos.
Win se volvió hacia Rochester.
– Una tontería y acabarás como ellos.
Rochester se obligó a mantenerse imposiblemente quieto. Win se agachó junto a Myron y empezó a arrancarle la cinta adhesiva. Miró el cadáver de Lazo Mordiscos.
– Que aproveche -dijo Win al cadáver. Se volvió hacia Myron-. ¿Lo pillas? Los mordiscos, que aprovechen.
– Hilarante. ¿Dónde está la señora Seiden?
– Está a salvo. Fuera de la casa, pero tendrás que inventar algo que explicarle.
Myron se lo pensó.
– ¿Has llamado a la policía? -preguntó.
– Todavía no. Por si querías hacer alguna pregunta.
Myron miró a Rochester.
– Habla con él abajo -dijo Win, entregando una pistola a Myron-. Meteré el coche en el garaje y me pondré a limpiar.
24
La limpieza.
Myron tenía una ligera idea de lo que decía Win, aunque no hablaran de ello directamente. Win tenía propiedades por todas partes, incluido un pedazo de tierra de tres hectáreas y media en una zona aislada del condado de Sussex, Nueva Jersey. La mayor parte eran bosques vírgenes. Si alguien intentaba localizar al propietario, topaba con una empresa de las islas Cayman. No encontraba nombres.
Hubo una época en la que Myron se angustiaba por lo que Win había hecho. Hubo un tiempo en el que habría manifestado su oposición moral. Daba a su viejo amigo largos y complicados discursos sobre la inviolabilidad de la vida y los peligros de ser un vigilante y todo eso. Win le miraba y soltaba tres palabras.
Ellos o nosotros.
Win probablemente podría haber alargado las «tablas» un minuto o dos más. Los Gemelos y él podrían haber llegado a un acuerdo. Os vais, nos vamos, nadie sale herido. Algo así. Pero eso no iba a pasar.
Los Gemelos ya estaban muertos en cuanto Win entró en escena.
La peor parte era que Myron ya no sentía nada por eso. Se lo sacudía de encima. Y cuando empezó a sentirse así, cuando supo que matarlos era lo más prudente y sus ojos ya no le obsesionarían durante la noche…, fue cuando supo que había llegado la hora de dejarlo. Rescatar personas, moverse en esa línea tenue entre el bien y el mal te iba despojando poco a poco del alma.
O puede que no.
Tal vez moverse en esa línea, ver al otro lado de ella te hacía más realista. El hecho es que un millón de Orville, el Profesor de Arte o Jeb el Lazos no valían la vida de un solo inocente, de una Brenda Slaughter, una Aimee Biel o una Katie Rochester, o, en el extranjero, la vida de su hijo soldado, Jeremy Downing.
Sentir esto puede parecer amoral, pero era así. También aplicaba esta forma de pensar a la guerra. En sus momentos más sinceros, en los que no se atrevía a hablar en voz alta, Myron no se angustiaba mucho por los civiles que se buscaban la vida en algún desierto dejado de la mano de Dios. No le importaba que obtuvieran la democracia y la libertad, que sus vidas mejoraran. Lo que le importaba de verdad eran los chicos como Jeremy. Que maten a cien, a mil del otro bando, si es necesario. Pero que nadie haga daño a mi hijo.