El coche paró detrás del suyo. Myron reconoció el Benz plateado incluso antes de que bajara Erik Biel, el padre de Aimee. La luz era escasa, pero Myron notó la rabia en su cara. Le hacía parecer un chiquillo enfadado.
– ¿Qué demonios haces aquí? -gritó Erik.
– Lo mismo que tú, supongo.
Erik se acercó más.
– Puede que Claire se trague tu historia de que dejaste a Aimee aquí pero…
– Pero ¿qué, Erik?
Él no contestó enseguida. Seguía llevando la camisa y los pantalones bien cortados, pero ya no parecían tan almidonados.
– Sólo quiero encontrarla -dijo.
Myron no dijo nada y le dejó hablar.
– Claire cree que puedes ayudar. Dice que eres bueno en estos asuntos.
– Lo soy.
– Eres como el caballero de Claire de brillante armadura -dijo con más de una pizca de amargura-. No sé por qué vosotros dos no acabasteis juntos.
– Yo sí -dijo Myron-. Porque no nos queremos así. De hecho, desde que conozco a Claire, eres el único hombre a quien ella ha amado de verdad.
Erik se agitó, fingiendo que no hacía caso, sin conseguirlo.
– Cuando he doblado la esquina, estabas bajando del coche. ¿Qué ibas a hacer?
– Iba a intentar seguir los pasos de Aimee para imaginar adónde había ido en realidad.
– ¿Qué quiere decir «en realidad»?
– Hubo una razón para que eligiera este sitio. Utilizó esta casa como distracción. No era su destino final.
– Crees que ha huido, ¿no?
– No creo que fuera un rapto al azar o algo así -dijo Myron-. Me guió hasta este sitio concreto. La cuestión es ¿por qué?
Erik asintió. Tenía los ojos húmedos.
– ¿Te importa que te acompañe?
Sí le importaba, pero Myron se encogió de hombros y se dirigió a la casa. Los ocupantes podían despertarse y llamar a la policía. Myron estaba dispuesto a correr el riesgo. Abrió la verja. Por allí había entrado Aimee. Dio la vuelta como había hecho ella, hacia la parte trasera de la casa. Había una puerta corredera de cristal. Erik se quedó en silencio detrás de él.
Myron intentó abrir la puerta de cristal. Cerrada. Se agachó y deslizó los dedos por la parte baja. Se había acumulado porquería. Lo mismo en todo el marco de la puerta. Hacía tiempo que no se había abierto.
– ¿Qué? -susurró Erik.
Myron le hizo un gesto para que estuviera callado. Las cortinas estaban echadas. Myron continuó agachado e hizo una pantalla con las manos a los lados de la cara. Miró dentro de la habitación. No pudo ver mucho, pero parecía una sala familiar corriente. No era el dormitorio de una adolescente. Fue hacia la puerta trasera. Daba a la cocina.
Tampoco era una habitación de adolescente.
Evidentemente Aimee podía haberlo dicho por decir. Podía haber querido decir que entraba por la puerta trasera para llegar a la habitación de Stacy, no que el dormitorio estuviera allí. Pero, qué caramba, Stacy ni siquiera vivía allí. Así que de todos modos Aimee le había mentido descaradamente. Lo demás…, que la puerta no estuviera abierta y no condujera a un dormitorio, eso era sólo la guinda.
¿Adónde había ido, entonces?
Se puso a cuatro patas y sacó la linterna. Iluminó el suelo. Nada. Esperaba encontrar huellas, pero no había llovido mucho últimamente. Apretó la mejilla contra la hierba e intentó buscar no tanto huellas como alguna marca en el suelo. Tampoco, nada.
Erik se puso a mirar también. No tenía linterna. No había iluminación allí atrás. Pero miró de todos modos y Myron no se lo impidió.
Unos segundos después Myron se incorporó. Mantuvo baja la linterna. El jardín medía medio acre, tal vez más. Había una piscina con otra verja que la circundaba, de casi dos metros de altura, y estaba cerrada. Sería difícil, si no imposible, escalarla. Pero Myron dudaba que Aimee hubiera ido allí a bañarse.
El jardín se fundía con el bosque. Myron siguió la línea hacia los árboles. La bonita verja de madera rodeaba todo un lado de la propiedad, pero cuando se alcanzaba la zona boscosa, la barrera se convertía en alambrada. Era más barata y menos estética, pero allí, mezclada con las ramas y los matorrales, ¿qué más daba?
Myron estaba bastante seguro de lo que iba a encontrar a continuación.
No era diferente del límite Horowitz-Seiden. Puso la mano sobre la verja y siguió avanzando a través de los matorrales. Erik le siguió. Myron llevaba unas Nike, Erik mocasines sin calcetines.
Las manos de Myron tantearon cerca de un pinar descuidado.
Premio, ése era el sitio. Allí la verja formaba un hueco. Lo iluminó con la linterna. Por lo oxidado que estaba, el poste se había hundido hacía años. Myron empujó un poco el alambre y avanzó. Erik lo imitó.
El corte fue fácil de encontrar. No medía más de cinco o seis metros. Hacía años probablemente era un sendero más largo, pero con el valor de la tierra, sólo se utilizaban setos muy finos para tapar la vista. Si el terreno podía utilizarse, se utilizaba.
Acabaron entre dos jardines en otro callejón sin salida.
– ¿Crees que Aimee fue por aquí?
Myron asintió.
– Eso creo.
– ¿Y ahora qué?
– Averigüemos quién vive en esta calle. Intentaremos descubrir si tienen relación con Aimee.
– Llamaré a la policía -dijo Erik.
– Inténtalo. Puede que se interesen o puede que no. Si aquí vive alguien que ella conoce, apoyará la teoría de que es una fugitiva.
– Lo intentaré de todos modos.
Myron asintió. De haber estado en el lugar de Erik, habría hecho lo mismo. Cruzaron el jardín y se situaron en el callejón. Myron estudió las casas como si pudieran darle alguna respuesta.
– Myron…
Miró a Erik.
– Creo que Aimee se ha fugado -dijo. Tenía lágrimas en las mejillas-. Y creo que es culpa mía. Ha cambiado. Claire y yo nos hemos dado cuenta. Algo le pasó con Randy. Ese chico me cae bien. Era perfecto para ella. Intenté hablarle de eso pero no me quiso decir nada. Yo…, y te va a parecer una estupidez, pensé que Randy había intentado presionarla. Ya sabes. Sexualmente.
Myron asintió.
– Pero ¿en qué década creo que vivimos? Hacía dos años que salían juntos.
– O sea que no crees que fuera eso.
– No.
– Entonces ¿qué?
– No lo sé. -Se calló.
– Has dicho que era culpa tuya.
Erik asintió.
– Cuando acompañé a Aimee aquí -dijo Myron-, me suplicó que no os dijera nada a ti y a Claire. Dijo que las cosas no iban bien con vosotros.
– Empecé a espiarla -dijo Erik.
Ésa no fue una respuesta directa a la pregunta, pero Myron no insistió. Erik estaba llegando a algo. Myron tendría que darle tiempo.
– Pero Aimee… es una adolescente. ¿Te acuerdas de esa época? Aprendes a esconder las cosas. Así que era cuidadosa. Supongo que era más hábil que yo. No es que no confiara en ella. Pero forma parte del trabajo de un padre vigilar a sus hijos. No sirve de mucho porque ellos lo saben.
Se quedaron mirando las casas en la oscuridad.
– Pero no eres consciente de que, incluso mientras les espías, a veces ellos le dan la vuelta a la tortilla. Sospechan que algo va mal y quieren ayudar. Y tal vez el hijo acabe vigilando al padre.
– ¿Aimee te espiaba?
Él asintió.
– ¿Qué descubrió, Erik?
– Que tengo una aventura.
Erik casi se desmayó de alivio al decirlo. Myron se sintió vacío un segundo, totalmente. Después pensó en Claire cuando iba al instituto, en la forma como se mordía nerviosamente el labio inferior al fondo de la clase de lengua del señor Lampf. Una oleada de rabia se apoderó de él.
– ¿Lo sabe Claire?
– No lo sé. Si lo sabe, nunca me ha dicho nada.
– Tu aventura, ¿va en serio?
– Sí.
– ¿Cómo lo descubrió Aimee?
– No lo sé. Ni siquiera estoy seguro de que lo descubriera.
– ¿No te dijo nada nunca?
– No. Pero… como he dicho antes, hubo cambios. Iba a besarla en la mejilla y se apartaba. Casi involuntariamente. Como si le repugnara.