Bajé a la cubierta de coches, me puse tras el volante del Nova y estuve dispuesto cuando el hombre de naranja nos hizo señas para que bajásemos por la rampa. La escena que había fuera podría haber sido tomada en las calles de Londres. Había los suficientes abrigos negros, sombreros negros y paraguas negros como para llenar Picadilly. Manos sonrosadas sostenían maletines y ejemplares matutinos del Wall Street Journal. Con los ojos mirando inmóviles al frente. Los labios cerrados con determinación hosca. Cuando la puerta al pie de la pasarela se abrió, se movieron en procesión, cada hombre en su lugar, cada brillante zapato negro alzándose y descendiendo en respuesta a un tambor invisible. Un escuadrón de caballeros perfectos. Una brigada de caballeros…
Justo más allá del puerto de Brindamoor había una pequeña plaza de pueblo, construida alrededor de un enorme olmo y festoneada de tiendas: un banco con ventanales de cristal ahumado, una gestoría, tres o cuatro sastres de aspecto muy caro, con maniquíes sin rostros y muy conservadoramente vestidos en sus vitrinas, una tienda de ultramarinos, un carnicero, una tintorería que también albergaba la estafeta de correos local, una librería, dos restaurantes, uno francés y el otro italiano, una tienda de regalos y una joyería. Todas las tiendas estaban cerradas, las calles vacías y, exceptuando a una bandada de palomas que convergía bajo el olmo, desprovistas de vida.
Seguí las instrucciones de Harm y hallé la calle Charlemagne sin problemas. A un millar de metros de la plaza la calle se estrechaba y oscurecía, entre las sombras de heléchos, hiedra venenosa y matorrales de arce. El verdor quedaba roto por algún portalón ocasional, de hierro forjado o madera gruesa, acostumbrando a estar reforzados los primeros por una plancha de acero. No había buzones para el correo en la calle, ni una exhibición pública de nombres. Las mansiones parecían estar separadas entre sí por varias hectáreas de campos. Algunas veces tenía una súbita visión de las propiedades que había detrás: cantidad de campos de césped, senderos pavimentados con piedras o ladrillos, las casas grandes e imponentes: estilo Tudor, Regencia, Colonial… y los aparcamientos repletos de Rolls Royces, Mercedes y limusinas Cadillac, así como sus primos, más utilitarios, de cuatro ruedas: rancheras tapizadas con falsa madera, Volvos, compactos. Una o dos veces vi jardineros trabajando bajo la lluvia, con sus tractores miniatura estornudando y eructando.
La calle continuaba durante casi otro kilómetro, haciéndose más grandes las propiedades, y cada vez las mansiones más alejadas de los portalones. Se terminó, de un modo abrupto, en un seto de cipreses. No había puerta alguna, no había modo visible alguno de entrar, y por un momento creí que me habían dado mal las instrucciones. Me puse la gabardina, me subí el cuello y salí. El suelo estaba tapizado por una gruesa capa de pinaza y hojas húmedas. Fui hasta el seto y atisbé a su través, por entre las ramas. A unos siete metros por delante, casi totalmente oculto por el excesivo crecimiento de las ramas entrelazadas y la vegetación chorreante, se hallaba un corto sendero de piedra que llevaba hasta un portalón de madera. Los árboles habían sido plantados allí para bloquear la entrada; y por el tamaño de los mismos al menos tendrían veinte años de edad. Descontando la posibilidad de que alguien se hubiera tomado la molestia de trasplantar una docena de cipreses bien desarrollados poniéndolos en aquel lugar, supuse que hacía largo tiempo que no se llevaban a cabo por allí las actuaciones normales del vivir de los humanos.
Me abrí camino hasta la puerta y probé a abrirla. La habían cerrado con clavos. Le di una buena mirada: dos hojas de madera dura, pulimentadas y trabajadas, sostenidas con bisagras de un marco de ladrillos. Y éste estaba conectado a una verja de alambre entrecruzado, sobre la que se habían enrollado enredaderas espinosas. No se veía que estuviera electrificada. Logré un apoyadero en una roca húmeda, resbalé un par de veces, pero finalmente logré escalar el portalón.
Aterricé en otro mundo: hectáreas de tierras salvajes se extendían ante mí; lo que antes había sido un jardín formal ahora era un cenagal de hierbajos, matorrales y rocas. El suelo se había hundido en varios lugares, creando charcas de agua que se habían estancado y suministrado oasis para los mosquitos y los tábanos que volaban por encima. Árboles, otrora nobles, habían sido reducidos a tocones o a abatidos troncos en putrefacción, cubiertos de hongos. Piezas de auto oxidadas, viejos neumáticos y latas de botellas abandonadas estaban dispersas por lo que no era ya otra cosa sino un vertedero semiinundado; la lluvia caía sobre el metal y hacía un sonido hueco, tamborileante.
Caminé por un sendero pavimentado con ladrillos rojos, repleto de hierbas y cubierto por resbaladizo musgo. En los lugares en los que las raíces se habían abierto paso, los ladrillos surgían del suelo como dientes sueltos en una mandíbula rota. Aparté de una patada a un ratón de campo ahogado y chapoteé hacia la antigua residencia del clan Hickle.
La casa era maciza, una estructura de tres plantas en piedra tallada a mano que se había ennegrecido con el paso del tiempo. No me lo podía imaginar como hermosa en ningún momento, pero sin duda en otro tiempo había sido grandiosa: una tristona mansión techada con pizarra, de una decoración muy recargada, festoneada con aleros y aguilones y rodeada por grandes porches de piedra. En el porche delantero había mobiliario de exterior en hierro forjado, que estaba oxidado, una puerta catedralicia de unos tres metros de alto y una veleta en la cima más alta con la forma de una bruja volando sobre una escoba. La vieja hechicera giraba al viento, segura por encima de aquella desolación.
Subí los escalones de la puerta delantera. Las malas hierbas habían crecido hasta llegar a la puerta, que también estaba clausurada con clavos. Las ventanas estaban a su vez cerradas y aseguradas con tablones claveteados… A pesar de su tamaño, o quizá a causa del mismo, la casa parecía patética, como una solterona olvidada, abandonada hasta tal punto que ya no le importaba cómo se la veía y sentenciada a un destino de ir decayendo en silencio.
Forcé el paso a través de los tablones podridos, que habían sido amontonados a modo de barrera ante la puerta cochera. La casa tenía al menos cincuenta metros de largo y me llevó un tiempo comprobar todas las ventanas: cada una de ellas había sido clausurada.
La parte trasera de la propiedad era otra hectárea y media de pantano. Un garaje para cuatro coches, diseñado como si fuera una miniatura de la mansión también resultaba inaccesible: cerrado y claveteado. Una piscina de quince metros estaba vacía, a excepción de unos centímetros de agua embarrada sobre la que flotaba una armada de residuos orgánicos. Los restos de un emparrado y un rosal en glorieta sólo resultaban evidentes por una maraña de madera repelada y piedra desmoronada, que soportaban un nido de ramitas secas. Estatuas y bancos de piedra se hallaban inclinados o rotos por sus bases. Era como Pompeya tras la erupción del Vesubio.
La lluvia comenzó a caer más fuerte y fría. Me puse las manos en los bolsillos de la gabardina, que por aquel entonces ya estaba totalmente calada, y busqué refugio. Necesitaría herramientas: martillo y escoplo, para lograr entrar en la casa o el garaje, y no había ningún árbol grande del que pudiera fiarme que no iba a derrumbarse en cualquier momento. Estaba al abierto, como un vagabundo atrapado por una tormenta.
Vi un relámpago de luz y me preparé para una tormenta eléctrica. No hubo trueno y la luz centelleó de nuevo. La gruesa lluvia hacía difícil el ver nada, pero a la tercera vez que apareció la luz fui capaz de situarla y caminar en su dirección. Varios chapoteantes pasos después pude ver que había llegado a un invernadero de cristal en la parte trasera de la propiedad, justo detrás de la glorieta bombardeada. Los cristales estaban opacos por la suciedad, una parte de la cual corría en goterones negros, pero parecían intactos. Corrí hacia allí, siguiendo la luz que parpadeaba, danzaba, desaparecía y luego parpadeaba de nuevo.