– El doctor Delaware es un psicóloco infantil, Jim. Está haciendo una visita a la casa como posible Caballero.
– Me encanta haberle conocido, doctor, y espero que se una a nosotros. Esto es muy bonito, ¿no le parece? – extendió un largo y moreno brazo hacia el cielo de Malibú.
– Maravilloso.
– Jim trabajaba antes en plena ciudad -dijo Kruger -. En la Escuela Superior de Artes Manuales. Luego supo lo que más le convenía.
Halstead se echó a reír.
– Tardé demasiado en descubrirlo. Soy un tipo tranquilo, pero cuando un mono con cuchillo te amenaza porque le mandas que hagas unas flexiones, entonces dices basta.
– Estoy seguro de que esas cosas no pasan aquí – comenté.
– Ni hablar -retumbó-. Los chicos son estupendos.
– Lo que me hace recordar, Jim, que tengo que hablar contigo de un programa que tendremos que preparar para Rodney Broussard -le interrumpió Kruger-. Algo para ayudarle a que tenga confianza en sí mismo.
– Cuando quieras.
– Luego hablamos, Jim.
– De acuerdo. Vuelva por aquí, Doc.
El peludo cuerpo entró en el agua, un rápido torpedo, y nadó como una foca hasta el fondo de la piscina.
Dimos un paseo de medio kilómetro alrededor de la periferia de la institución. Kruger me mostró la enfermería, una pequeña habitación inmaculadamente blanca con una mesa de exámenes y un camastro, de cromados resplandecientes y hediendo a antiséptico. Estaba vacía.
– Tenemos una enfermera a media jornada, que trabaja por las mañanas. Por razones obvias no nos podemos permitir un doctor.
Me pregunté si Majestic Oil u otro benefactor no podría donar el salario de un médico empleado a parte de su tiempo.
– Pero tenemos la suerte de contar con un cuadro de doctores voluntarios, algunos de los mejores de la comunidad, que trabajan de modo rotatorio.
Mientras íbamos caminando nos cruzábamos con grupos de chicos y consejeros. Kruger les saludaba con la mano y los consejeros le devolvían el saludo. La mayor parte de las veces los chicos no respondían. Como Olivia había predicho y Kruger confirmado, la mayoría de ellos tenían claros hándicap, físicos o mentales. Los chicos parecían superar a las chicas en tres por una, la mayoría de los pequeños eran negros o hispánicos.
Kruger me hizo entrar en la cafetería, que era de techo alto, paredes estucadas y meticulosamente limpias. Unas mujeres mejicanas que no hablaban nada, se encontraban tras una partición de cristal, impasibles, y servían con tenacillas en las manos. La comida era la típica de las instituciones: estofado, carne picada usada de un modo creativo, gelatina, verduras demasiado cocidas y salsa espesa.
Nos sentamos en una mesa estilo de las de picnic y Kruger fue por detrás del mostrador de la comida a una salita trasera. Emergió con una bandeja con café y pastas danesas. Las pastas parecían de primera calidad. No había visto nada similar tras el cristal, en el mostrador.
Al otro lado de la sala, un grupo de niños estaban sentados en una mesa comiendo y bebiendo bajo los ojos vigilantes de dos consejeros estudiantes. En realidad, hubiera sido más correcto decir que estaban intentando comer. Aun desde la ditancia podía ver que sufrían de parálisis cerebral, algunos de ellos estaban espásticamente rígidos, otros se estremecían en movimientos involuntarios de cabeza y miembros, y tenían que luchar para llevar la comida de la mesa a su boca. Los consejeros los miraban y, a veces, les animaban verbalmente. Pero no les ayudaban físicamente y buena parte de la gelatina y la pasta estaba yendo a parar al suelo.
Kruger mordió con mucho gusto una pasta de chocolate. Yo tomé una de canela y jugueteé con ella. Él sirvió los cafés y me preguntó si tenía que explicarme algo más.
– No. Todo parece muy impresionante.
– Muy bien. Entonces, déjeme que le hable acerca de la Brigada de Caballeros.
Me dio una historia resumida del grupo de voluntarios, insistiendo en la sabiduría que había mostrado el Reverendo Gus al lograr el apoyo de las empresas locales.
– Los Caballeros son individuos maduros, de éxito. Ellos representan la única posibilidad que tienen estos chicos de encontrarse con un modelo de rol masculino estable. Ellos son personas que han logrado situarse, la crema de nuestra sociedad y, como tales, les dan a nuestros chicos una poco común ojeada de lo que es el éxito. Les enseñan que, desde luego, es posible lograr ese éxito. Pasan tiempo aquí en La Casa con los crios, y se los llevan fuera… a acontecimientos deportivos, películas, obras de teatro, a Disneylandia. Y a sus casas para comidas en familiar. Esto da a los niños acceso a un estilo de vida que jamás han conocido. Y también es muy valioso para los hombres. Pedimos un compromiso por seis meses y un sesenta por ciento se apuntan a una segunda o tercera ronda.
– ¿Y no puede ser frustrante para los chavales -le pregunté -, el probar lo que es esa buena vida que está fuera de su alcance?
Estaba preparado para ésta.
– Buena pregunta, doctor. Pero nosotros no ponemos énfasis en que nada esté fuera del alcance de nuestros niños. Queremos que sientan que lo único que los limita es su propia falta de motivación. Que tienen que responsabilizarse de sí mismo. Que pueden alcanzar el cielo… ése es el título de un libro escrito por el Reverendo Gus para los chicos: Tocar el cielo. Tiene historietas, juegos, páginas que colorear. Les enseña un mensaje positivo.
Era como Norman Vicent Peale con un toque de jerga psicológica humanista. Miré más allá y vi a los niños paralíticos batallando con su comida. Ninguna cantidad de contacto con los miembros de las clases privilegiadas les iba a conseguir a ellos el llegar a ser miembros del Club de Yates, una invitación para el Baile de Debutantes de la más alta sociedad de San Marino o un Mercedes en el garaje.
Hay límites al poder del pensamiento positivo.
Pero Kruger tenía su guión y se adhería al mismo. Yo debía de admitir que era muy bueno en ello, que había leído todas las publicaciones adecuadas y que podía citar estadísticas como uno de los genios de la Rand Corporation. Era el tipo de plática que estaba destinada a hacer que la mano de uno se le fuese sola hacia la cartera.
– ¿Quiere alguna otra cosa? -me dijo tras acabar una segunda pasta. Yo ni había tocado la primera.
– No, gracias.
– Entonces regresemos. Son casi las cuatro. Pasamos rápidamente por el resto del lugar. Había un corral para pájaros en el que una docena de gallinas picoteaban las barras como palomos skinnerianos, una cabra atada al extremo de una larga cuerda que estaba comiendo basura, hamsters corriendo incesantemente en norias de plástico y un basset que ladraba medio a desgana al cielo que oscurecía. La escuela había sido en otro tiempo un cuartel, el gimnasio un almacén de la Segunda Guerra Mundial, según me informó. Ambos habían sido remodelados, artística y creativamente, por muy poco dinero, por alguien que tenía una mano maestra para el camuflaje. Felicité al diseñador.
– Es obra del Reverendo Gus. Su mano puede notarse en cada centímetro cuadrado de este lugar. Es un hombre muy singular.
Mientras nos dirigíamos a la oficina de McCaffrey volví a ver, de nuevo, los edificios de color ceniza, al borde del bosque. Desde más cerca podía ver que se trataba de cuatro estructuras, con techos de cemento, sin ventanas y semienterradas en tierra, como si fueran bunkers, con rampas como túneles que descendían hasta puertas de hierro. Kruger no daba ninguna muestra de que fuera a explicarme lo que eran, así que se lo pregunté.
Miró por encima de su hombro.
– Almacenes -dijo casualmente-. Venga. Regresemos.
Habíamos hecho un círculo completo, volviendo al edificio administrativo, cubierto de cúmulos. Kruger me escoltó hacia el interior, me estrechó la mano, me dijo que esperaba tener noticias mías y que me prepararía los materiales selectivos mientras yo estaba hablando con el Reverendo. Luego me entregó a las buenas manos de la Abuela, la recepcionista, que se despegó de su Olivetti y me suplicó dulcemente que esperase unos pocos instantes al Gran Hombre.