– Nuestro trabajo consiste en efectuar cambios. Es algún tipo de alquimia. Y es por esto que los suicidios… cualquier tipo de suicidio, me entristecen tan profundamente. Pues todos los hombres son capaces de salvarse. Ese hombre era un perdedor, en el sentido más definitivo de la palabra. Pero, naturalmente -bajó la voz -, el que abandona se ha convertido en el arquetipo del hombre moderno, ¿no es así doctor? Se ha puesto de moda el alzarse de hombros en signo de impotencia, tras una mínima simulación de esfuerzo. Todo el mundo desea soluciones rápidas y sin esfuerzo.
Incluyendo, no cabía duda alguna, aquellos que se jubilaban a los treinta y dos.
– Cada día suceden milagros, justo en este lugar. Chicos que habían sido dados por casos perdidos ganan un nuevo sentido de sí mismos. Un crío que no sabe dominarse aprende a controlar sus tripas -hizo una pausa, tal cual un político tras una frase que merece un aplauso -. Los niños llamados retrasados aprenden a leer y escribir. Milagros pequeños, quizá, cuando se los mide con los del Hombre caminando sobre la Luna, o quizá no.
Sus cejas se arquearon, los gruesos labios se abrieron para mostrar unos dientes de caballo, muy separados entre sí.
– Naturalmente, doctor, si usted cree que la palabra milagro es indebidamente sectaria, podemos sustituirla por éxito. Ésa sí es una palabra con la que puede identificarse el americano medio: el éxito.
Viniendo de cualquier otro, podría haber sido un sermón de baratillo, propio de uno de esos predicadores dominicales de tres al cuarto. Pero McCaffrey era bueno y sus palabras tenían la convicción de alguien que ha sido ordenado para que lleve a cabo una misión sagrada.
– ¿Podría preguntarle -me interrogó con tono placentero-, por qué se retiró usted?
– Quería tener un cambio de ritmo, Reverendo. Tiempo para ordenar mi tabla de valores.
– Le comprendo. La reflexión puede ser profundamente valiosa. Sin embargo, espero que no se ausente usted por demasiado tiempo de su profesión. Necesitamos gente buena en su campo.
Aún estaba predicando, pero ahora estaba mezclando el sermón con una dosis de masaje a mi ego. Comprendí por qué lo apreciaban tanto los jefazos de las grandes empresas.
– De hecho, he empezado a echar en falta el trabajar con niños. Que es el motivo por lo que me he puesto en contacto con ustedes.
– Excelente, excelente. La pérdida de la psicología será en nuestro beneficio. Usted trabajó con el Pediátrico del Oeste, ¿no es así? Creo recordar haberlo leído en el periódico.
– Allí y en una consulta particular.
– Es un hospital de primera. Enviamos allí a muchos de nuestros niños cuando surge la necesidad de cuidados médicos. Estoy relacionado con varios de los médicos de su plantilla y muchos de ellos han sido muy generosos… en la entrega de sí mismos.
– Son unos hombres muy ocupados, Reverendo; debe usted de ser muy persuasivo.
– En realidad no; no obstante, me doy perfecta cuenta de la existencia de una necesidad humana básica de dar, o si lo prefiere, de una motivación altruística. Sé que esto choca de frente con la psicología moderna, que limita la noción de la motivación a la autogratificación, pero estoy convencido de que tengo la razón. El altruismo es algo tan básico como el hambre y la sed. Usted, por ejemplo, satisfizo sus propias necesidades altruísticas dentro de los límites de su profesión elegida. Pero, cuando dejó de trabajar, volvió ese hambre. Y -abrió los brazos -, aquí está.
Abrió un cajón de su escritorio, sacó un opúsculo y me lo entregó. Era muy deslumbrante y estaba muy bien hecho, tan cuidado como el informe trimestral de un conglomerado industrial.
– En la página seis podrá ver una lista parcial de nuestro directorio.
La hallé. Para ser una lista parcial era impresionante, extendiéndose a todo lo largo de la página y en letra pequeña. Y resultaba deslumbradora: incluía dos supervisores del condado, un miembro del consejo municipal, el alcalde, jueces, filántropos, grandes nombres del mundo del espectáculo, abogados, hombres de negocios y muchos médicos, algunos de cuyos nombres reconocí. Como L. Willard Towle.
– Todos esos son hombres muy atareados, doctor. Y, sin embargo, hallan el tiempo necesario para nuestros niños. Porque sabemos llegar hasta el recurso interno, la fuente del altruismo.
Fui pasando páginas. Había una carta de recomendación del gobernador, muchas fotos de chavales pasándoselo bien, y aún más fotos de McCaffrey. Su enorme masa aparecía con un traje de mil rayas en el show televisivo de Donahue, con smoking en una gala benéfica en el Music Center, con chandal y un grupo de sus jóvenes en la línea de llegada de las Olimpiadas Especiales. McCaffrey con personalidades de la televisión, con líderes del movimiento por los derechos civiles, con cantantes de música country y presidentes de bancos.
A mitad del folleto encontré a McCaffrey fotografiado en una sala que reconocí como el salón de conferencias del Pediátrico del Oeste. Junto a él, con el cabello cano brillando, estaba Towle. Al otro lado había un hombrecillo, con aspecto de rana, cuadrado, hosco incluso cuando sonreía. Era el tipo con ojos a lo Peter Lorre cuya fotografía había visto en la consulta de Towle. El texto bajo la foto lo identificaba como el Honorable Edwin G. Hayden, juez supervisor del Tribunal de Protección de Menores. La ocasión era la charla que había dado McCaffrey al equipo médico sobre: «La asistencia social a los niños: pasado, presente y futuro».
– ¿Está muy implicado en La Casa el doctor Towle? – pregunté.
– Pertenece a nuestro Comité y es uno de los médicos que hacen un trabajo rotatorio. ¿Lo conoce usted?
– Nos hemos visto. De un modo casual. Pero le conozco muy bien por su reputación.
– Sí, es toda una autoridad en la pediatría del comportamiento. Sus servicios nos son muy valiosos.
– Estoy seguro de ello.
Pasó el siguiente cuarto de hora enseñándome su libro, un volumen impreso localmente, de tapas blandas y lleno de lugares comunes muy edulcorados y una parte gráfica de primer orden. Le compré un ejemplar, por quince pavos, después de que me largó una versión más sofisticada de la petición de dinero envuelta en palabrería que antes me había soltado Kruger. El ambiente de la oficina, con sus muebles que parecían comprados en un saldo, daba credibilidad a su petición. Además, me había aprobado en lo que a pensamiento positivo se refería y aquél parecía un precio bajo por un descanso en el acoso.
Tomó los tres billetes de cinco dólares, los dobló y los metió ostentosamente en un cepillo para limosnas que tenía sobre su escritorio. El receptáculo estaba empapelado con el dibujo de un niño de aspecto solemne con unos ojos que rivalizaban con los de Melody Quinn en tamaño, luminosidad y la habilidad de proyectar una sensación de dolor interno.
Se puso en pie, me dio las gracias por haber venido y tomó mi mano entre las dos suyas.
– Espero verle pronto de nuevo, doctor. Ahora era mi turno de sonreír.
– De eso puede estar seguro, Reverendo.
La Abuela me estaba aguardando y, en cuanto entré en la sala de espera vino con un montón de impresos unidos por grapas y un par de lápices del número dos y punta muy afilada.
– Puede llenar esto aquí mismo, doctor Delaware – me dijo dulcemente.
Yo miré mi reloj.
– Uff, es mucho más tarde de lo que me imaginaba. Tendré que irme a toda prisa.
– Pero… -enrojeció.
– ¿Qué le parece si me da todo eso, para que me lo lleve a casa? Los llenaré y se los mandaré por correo.
– ¡Oh, no! ¡No puedo permitírselo! ¡Éstos son tests psicológicos! -apretó los papeles contra su pecho-. Las reglas dicen que tiene usted que llenarlos aquí.