– Es muy extraño -me dijo Raquel-, el volver aquí en un coche tan espectacular.
– ¿Cuánto hace que se fue usted de aquí?
– Un millar de años.
No parecía desear decir más de ello, así que lo dejé correr. En la Fairbanks Place me dijo que girara a la izquierda. La casa de los Gutiérrez estaba al extremo de un callejón retorcido, que llegaba hasta una cima y luego se convertía en un sendero de tierra que llevaba más allá de la colina. Medio kilómetro más y podríamos haber sido los únicos seres humanos del universo.
Me fijé en que tenía la costumbre de morderse: los labios, los dedos, los nudillos, cuando estaba nerviosa. Y ahora se estaba mordisqueando el pulgar derecho. Me pregunté qué clase de hambre satisfacería aquello.
Conduje cuidadosamente, apenas si había espacio para un solo vehículo, pasando junto a jóvenes vestidos con camisetas y trabajando en viejos coches con la dedicación de sacerdotes en santuarios, y niños chupándose los dedos pringados de caramelo. Hacía mucho, la calle había estado plantada con olmos que habían crecido hasta hacerse enormes. Sus raíces deformaban la acera y en las grietas crecían hierbas. Algunas ramas rozaban el techo del coche. Una vieja con piernas inflamadas envueltas de harapos empujaba un carrito de supermercado lleno de recuerdos hacia arriba de una cuesta que no tenía nada que envidiar a las de San Francisco. Las pintadas cubrían cada centímetro cuadrado de espacio libre, proclamando la inmortalidad de Little Wille Chacón, los Echo Parque Skulls, Los Conquistadores, los Lemoyne Boys y la lengua de María Paula Bonilla.
– Allí -señaló a una casa, estilo cabaña, pintada de verde claro y techada con papel asfáltico de color marrón. El patio delantero era seco y marrón, pero estaba circundado por esperanzados planteles de geranios y grupos de amapolas naranjas y amarillas. En la base de la casa había una hilera de piedras y sobre la entrada un pórtico que daba sombra a un viejo porche de madera en el que se encontraba sentado un hombre.
– Ése es Rafael, el hermano mayor. El que está en el porche.
Encontré un lugar de aparcamiento junto a un Chevy sin ruedas y colocado sobre montones de ladrillos. Giré las ruedas hacia la acera y puse el freno de mano. Salimos del coche y el polvo hizo remolinos alrededor de nuestros tacones.
– ¡Rafael! -llamó ella y saludó con la mano. El hombre del porche tardó un minuto en alzar la vista, tras lo que levantó la mano… parecía que con debilidad.
– Yo antes vivía justo al doblar la esquina -dijo ella, haciéndolo sonar como si fuera una confesión. Me guió media docena de escalones arriba y luego a través de una puerta mosquitera metálica, abierta.
El hombre del porche no se había levantado. Nos contemplaba con aprensión, curiosidad y algo más que no podía identificar. Era pálido y delgado, hasta el punto de ser esquelético, con la misma curiosa mezcla de facciones hispánicas y coloración clara que su difunta hermana. Sus labios no tenían sangre, sus ojos eran de párpados pesados. Parecía ser víctima de alguna enfermedad del sistema. Vestía una camisa blanca de manga larga y llevaba las mangas arrolladas hasta justo los codos; le hacía globo alrededor de la cintura, porque era varios números demasiado grande. Sus pantalones eran negros y parecían como si en otro tiempo hubieran sido parte del traje de un hombre gordo. Sus zapatos estaban cuarteados en las puntas y los llevaba sin anudar, con las lengüetas saliendo y mostrando unos gruesos calcetines blancos. Su cabello era corto y lo llevaba peinado hacia atrás.
Estaba a mitad de los veinte, pero tenía el rostro de un anciano, una máscara cansina y desconfiada.
Raquel fue hasta él y le dio un beso ligero en lo alto de la cabeza. Él alzó la vista hacia ella, pero no se movió.
– Hola, Rocky.
– ¿Cómo estás, Rafael?
– Okey -asintió con la cabeza y por un momento pareció como si ésta se le fuera a despegar del cuello. Dejó que sus ojos se clavasen en mí; tenía dificultades para enfocarlos.
Raquel se mordió el labio.
– Venimos a verte, y a Andy, y a tu mami. Éste es Alex Delaware, trabaja con la policía. Está dedicado a la investigación del caso… de Elena.
El rostro mostró alarma, luego las manos se apretaron a los brazos del sillón. Después, como respondiendo a la indicación de un director escénico para que se relajase, me sonrió, se arrellanó un poco y me hizo un guiño.
– Vale -dijo.
Tendí mi mano. Él la miró, desconcertado, la reconoció como la de un amigo largo tiempo perdido, y extendió su propia y delgada garra.
Su brazo estaba penosamente desnutrido, un montón de palos sostenidos juntos por el papel de envolver. Mientras nuestros dedos se tocaban, su manga se fue más hacia atrás y vi las señales de punzadas. Había montones. La mayoría tenía aspecto de ser antiguas, como hinchadas manchas de carbón, pero algunas eran frescas y sonrosadas. Una, en particular, no era ninguna antigualla, mostrando aún una gotita de sangre en el centro.
Su apretón de manos era húmedo y trémulo. Lo solté y el brazo cayó inerte a su costado.
– Hola, amigo – dijo, apenas si audible -. Qué bueno que viniste.
Se volvió, perdido en su propio sueño-infierno atemporal. Por primera vez escuché la música de otro tiempo que salía de una radio a transistores barata, que estaba en el suelo junto a su sillón. La mala caja de plástico reverberaba con la estática. La reproducción del sonido era atroz, la música tenía la cualidad fangosa de unas notas que hubieran sido filtradas a través de un kilómetro de barro. Rafael tenía la cabeza echada hacia atrás, estaba en éxtasis. Para él era como si el Coro Celestial le estuviera trasmitiendo directamente a sus lóbulos temporales.
– Rafael -sonrió ella.
Él la miró, sonrió, asintió con la cabeza y ya estuvo ido. Se lo quedó mirando, con lágrimas en los ojos. Me moví hacia ella y se apartó, airada y avergonzada.
– Maldita sea.
– ¿Cuánto tiempo hace que se pincha?
– Años, pero pensé que lo había dejado. La última noticia que tuve era de que lo había dejado -alzó la mano hacia su boca, se tambaleó como si se fuera a caer. Yo me coloqué para cogerla, pero ella se afianzó-. Se quedó colgado en el Vietnam. Volvió a casa con una adicción muy fuerte. Elena empleó montones de horas y de dinero para tratar de ayudarle a salir de eso. Lo intentó una docena de veces, pero cada vez volvía a caer de nuevo. Pero ahora ya llevaba un año sin pincharse, y Elena estaba muy contenta. Incluso había conseguido un trabajo para hacer paquetes en Lucky's, en Alvarado.
Se enfrentó a mí, con las aletas de su nariz vibrando, los ojos flotando como lirios negros en un estanque salado, los labios temblando como cuerdas de un arpa.
– Todo se está viniendo abajo.
Se agarró el poste del porche para sostenerse. Yo me puse tras ella.
– Lo siento.
– Siempre fue el más sensible. Silencioso, nunca tenía citas con chicas, no tenía amigos. Le pegaban muchas palizas. Cuando su padre murió, trató de hacerse cargo, de ser el hombre de la casa. La tradición dice que debe de hacerlo el hermano mayor. Pero no funcionó, nadie le tomaba en serio. Se reían de él. Todos lo hacíamos. Así que lo dejó correr, como si hubiera fallado en algún tipo de examen final. Dejó de ir a la escuela, se quedaba en casa y leía cómics o miraba la televisión todo el día… se limitaba a mirar a la pantalla. Cuando el Ejército dijo que lo necesitaba, pareció contento. Cruz lloró al verlo marcharse, pero él era feliz…
Lo miré, sentado tan bajo que casi estaba paralelo al suelo. Tragado por el sueño de los drogotas, su boca estaba abierta y roncaba sonoramente. La radio tocaba la canción «Papaíto está en casa».
Raquel se atrevió a darle otra mirada y luego apartó la cabeza, disgustada. Tenía una expresión de noble sufrimiento, como la de una virgen azteca que estuviese haciendo acopio de valor para el sacrificio final.