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Puse mis manos en sus hombros y ella se echó hacia atrás entre mis brazos. Se quedó así, tensa y sin ceder un ápice, permitiéndose una mísera ración de lágrimas.

– Esto es un comienzo realmente infernal – dijo. Inhalando profundamente, soltó luego el aliento con un aroma de té del Canadá. Se secó los ojos y se dio la vuelta-. Debe de pensar usted que lo único que hago es llorar. Venga, vamos dentro.

Abrió la puerta mosquitero, que dio un fuerte golpe contra la madera de la puerta de la casa.

Entramos en una pequeña habitación-recibidor, amueblada con reliquias viejas pero bien cuidadas. Era cálida y oscura, con las ventanas cerradas y cubiertas con amarillentas persianas de pergamino… era una habitación poco acostumbrada a los visitantes. Unas gastadas cortinas de encaje estaban recogidas con lazos, a ambos lados de las ventanas y unos cobertores a juego cubrían los brazos de los asientos: un sofá y un sillón, que estaban tapizados en pana de color verde oscuro, con los puntos desgastados brillantes y del color de loros de la jungla; y dos mecedoras de enea. Una pintura de los dos hermanos Kennedy muertos, en terciopelo negro, colgaba encima de la chimenea. Y sobre las mesillas de al lado de los sillones, también cubiertas con mantelillos de encaje, se veían tallas en madera y ónice mejicano. Había dos lámparas de pie, con pantallas de cuentas, un Jesús agonizante, en yeso, que colgaba de la pared encalada junto a una naturaleza muerta consistente en una cesta de naranjas. Retratos familiares en adornados marcos cubrían otra pared y, suspendida muy por encima de éstos, se encontraba una gran foto de la graduación de Elena. Una araña corría por donde la pared y el techo se unían.

Una puerta hacia la derecha revelaba un pedazo de mosaico blanco. Raquel fue hasta allí y atisbo.

– ¿Señora Cruz?

La apertura de la puerta se agrandó y una baja y gruesa mujer apareció, con el trapo de secar platos en la mano. Llevaba un vestido azul estampado, sin cinturón, y su cabello gris-blanquecino estaba recogido en un moño y aguantado por una peineta de imitación de tortuga. De sus orejas colgaban pendientes de plata y puntos salmón de colorete marcaban sus mejillas. Su piel tenía el aspecto delicado, suave como de bebé, común a las mujeres mayores que han sido hermosas.

– ¡Raquelita!

Dejó el trapo, salió y ambas se abrazaron durante largo rato.

Cuando me vio sobre el hombro de Raquel, sonrió.

Pero su rostro se cerró tan firmemente como la caja fuerte de un prestamista. Se soltó y me hizo una pequeña reverencia.

– Señor -dijo con demasiada deferencia y miró a Raquel, enarcando una ceja.

– Señora Gutiérrez.

Raquel habló con ella rápidamente en español. Yo capté las palabras «Elena», «policía» y «doctor»; y acabó con una pregunta.

La anciana escuchó educadamente, y luego negó con la cabeza.

– No -algunas cosas son iguales en cualquier idioma. Raquel se volvió hacia mí.

– Dice que no sabe nada más de lo que ya le dijo a la policía en la primera ocasión.

– ¿Puede preguntarle acerca del chico ese, Nemeth? De eso no le preguntaron la otra vez.

Se volvió para hablar, pero se interrumpió.

– ¿Por qué no nos lo tomamos con calma? Ayudaría mucho si comiéramos algo, si la dejásemos ser nuestra anfitriona, que nos invite.

Yo tenía verdadera hambre y se lo reconocí. Ella le pasó el mensaje a la señora Gutiérrez, que asintió con la cabeza y regresó a su cocina.

– Sentémonos -dijo Raquel.

Yo tomé el sillón y ella se puso en un rincón del sofá. La señora volvió con galletas y fruta, y café caliente. Le preguntó algo a Raquel.

– A ella le gustaría saber si esto es bastante, o si preferiría algo de chorizo hecho en casa…

– Haga el favor de decirle que esto está muy bien. No obstante, si cree que caso de aceptar el chorizo las cosas irán mejor, entonces estaré muy contento de hacerlo.

Raquel habló de nuevo. Unos momentos más tarde, me enfrentaba a un plato de salchicha con pimentón, arroz, judías refritas y ensalada aliñada con aceite y limón.

– Muchas gracias, señora – dije en español y ataqué el plato.

No podía entender mucho de lo que estaban hablando, pero sonaba a chismorreos. Las dos mujeres se toqueteaban mucho, dándose palmaditas en las manos, acariciándose las mejillas. Sonreían y parecían haberse olvidado de mi presencia.

De repente cambió el viento y las risas se transformaron en lágrimas. La señora Gutiérrez salió corriendo de la habitación, buscando el refugio de su cocina.

Raquel agitó la cabeza.

– Estábamos hablando de los viejos tiempos, cuando Elena y yo éramos niñitas. Como jugábamos a secretarias entre los matorrales, haciendo ver que eran escritorios y máquinas de escribir. Fue demasiado para ella.

Eché el plato a un lado.

– ¿Cree que deberíamos irnos? -le pregunté.

– Esperemos un poco -me llenó la taza de café y se sirvió otra ella-. Será más respetuoso.

A través de la mosquitera podía ver la rubia coronilla de Rafael sobre el borde de su sillón. Su brazo había caído, de forma que sus uñas tocaban el suelo. Estaba más allá del placer o el dolor.

– ¿Ha hablado de él? -pregunté.

– No. Como ya le he dicho, es más fácil negar la realidad.

– Pero, ¿cómo puede estar sentado ahí afuera, pinchándose, justo delante de ella, sin ocultarlo en absoluto?

– Antes acostumbraba a llorar mucho por eso. Pero, al cabo de un tiempo aceptas el hecho de que las cosas no van a ser tal como a ti te gustaría que fueran. Y, créame, ella ya ha tenido mucho entrenamiento en ese respecto. Si uno le pregunta acerca de él, dirá que está enfermo. Tal cual si tuviera un constipado, o la viruela. Es sólo cuestión de hallar la cura adecuada. ¿Ha oído usted hablar de los curanderos?

– Sí. Muchos de los pacientes hispánicos del hospital los usaban al mismo tiempo que la medicina convencional.

– Pero, ¿sabe cómo actúan? A base de preocuparse por sus pacientes. En nuestra cultura consideramos al profesional frío y distante como a alguien que no se preocupa, alguien que tanto puede echarte el mal de ojo, como curarte. En cambio, el curandero no ha tenido ninguna educación formal y no dispone de los recursos de la tecnología, si acaso sólo tiene algunas hierbas y polvos de serpiente; pero se preocupa. Vive en la comunidad, es una persona cálida y familiar, tiene una tremenda relación con sus pacientes. En cierto modo, es más un psicólogo popular que un doctor. Es por eso por lo que le sugerí a usted que comiese… para establecer una relación personal. Le he dicho que es usted una persona que se preocupa… de lo contrario ella no hubiera abierto la boca. Hubiera sido muy educada, toda una señora, Cruz pertenece a la vieja escuela, pero le hubiera dejado igualmente a oscuras.

Dio un sorbito de su café.

– Es por eso por lo que la policía no averiguó nada cuando vino aquí, por lo que nunca descubren nada en Echo Park, o el Este de Los Ángeles o San Fernando. Son demasiado profesionales. No importa lo bien intencionados que estén, aquí los vemos como robots anglos. Usted sí que se preocupa, doctor, ¿no?

– Sí.

Me tocó la rodilla.

– La señora Cruz llevó a Rafael a un curandero hace años, cuando empezó a dejar de ir por la escuela. El hombre le miró a los ojos, y dijo que estaban vacíos. Le dijo a ella que era una enfermedad del alma, no del cuerpo. Que el chico tendría que serle entregado a la Iglesia, como sacerdote o monje, para que pudiese hallar un papel útil para él mismo.

– No fue un mal consejo. Volvió a dar otro sorbo a su café.

– No. Algunos de ellos son muy sofisticados. Viven gracias a su talento. Quizá si ella le hubiera hecho caso hubiera evitado que cayera en la adicción, ¿quién sabe? Pero no podía resignarse a perderlo. No me sorprendería que se culpe a sí misma por lo que se ha convertido. Que se culpe por todo.

Se abrió la puerta de la cocina. La señora Gutiérrez entró, llevando un brazalete negro alrededor del brazo y una cara nueva que era algo más que maquillaje. Una cara endurecida para soportar el baño de ácido de un interrogatorio.