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Se sentó junto a Raquel y le susurró algo en español.

– Dice que le puede hacer usted las preguntas que desee.

Asentí, con lo que esperé pareciese obvia gratitud.

– Por favor, dígale a la señora que quiero expresarle mi dolor ante la trágica pérdida y también que aprecio mucho el que tenga tiempo, durante su período de luto, para hablar conmigo.

La anciana escuchó la traducción y aceptó mis palabras con un rápido movimiento de la cabeza.

– Raquel, pregúntele sí Elena hablaba a veces de su trabajo, especialmente durante el último año.

Mientras Raquel hablaba, una sonrisa nostálgica apareció en el rostro de la anciana.

– Dice que únicamente para quejarse que a los maestros no nos pagan lo bastante. Que eran muchas horas de trabajo y que los niños podían mostrarse difíciles.

– ¿Hablaba de algún niño en particular? Una conferencia en susurros.

– Ningún niño en particular. La señora quiere recordarle que Elena era una maestra de un tipo especial, que ayudaba a los niños con problemas para aprender. Todos sus niños tenían dificultades.

Me pregunté si el haberse criado con un hermano como Rafael tendría alguna relación con la elección de especialidad que había hecho la mujer muerta.

– ¿Habló en alguna ocasión del chico que mataron, del tal Nemeth?

Tras oír la pregunta, la señora Gutiérrez asintió, tristemente, y luego habló.

– Sólo lo mencionó una o dos veces. Dijo que estaba muy triste por lo sucedido, que era una tragedia -me tradujo Raquel.

– ¿Nada más?

– Sería muy rudo seguir con eso, Alex.

– De acuerdo, pues pruebe otra cosa; ¿parecía tener Elena más dinero del habitual, recientemente? ¿Compró algún regalo caro para alguien de la familia?

– No. Dice que Elena siempre se estaba quejando de que no tenía bastante dinero. Era una chica a la que le gustaban las cosas bonitas, las cosas buenas. Un minuto – escuchó a la otra mujer, afirmando con la cabeza-. Y esto no siempre era posible, ya que la familia no era rica. Ni siquiera cuando su esposo estaba con vida. Pero Elena trabajaba muy duro y se compraba cosas. A veces a crédito, pero siempre cumplía con los pagos. Jamás tuvieron que llevársele otra vez nada de lo que había comprado. Era una chica de la que una madre podía sentirse orgullosa.

Me preparé para más lágrimas, pero no hubo ninguna. La doliente madre me miraba con una expresión fría y negra de reto. Atrévase, me estaba diciendo, a ensuciar la memoria de mi niñita.

Aparté la mirada.

– ¿Cree que ahora le podemos preguntar respecto a Handler?

Antes de que Raquel me pudiera contestar, la señora Gutiérrez escupió; gesticuló con ambas manos, alzó la voz y lanzó lo que parecía ser una retahila de maldiciones. Acabó la diatriba volviendo a escupir.

– ¿Necesita que se lo traduzca? -me preguntó Raquel.

– No se moleste -repasé en mi mente, buscando una nueva línea de interrogación. Normalmente, lo que yo hubiera hecho hubiera sido empezar hablando de cosas sin trascendencia, naderías y sutilmente ir pasando a las preguntas directas. No estaba satisfecho con el modo tan crudo en que estaba llevando a cabo esta entrevista, pero el trabajar por medio de un traductor es como hacer cirugía usando guantes de jardinero.

– Pregúntele si nos puede decir alguna otra cosa que nos pueda ayudar a cazar al hombre que., dígaselo usted como mejor crea.

La vieja escuchó y contestó vehementemente.

– Dice que nada. Que el mundo se ha convertido en un lugar loco, lleno de demonios. Que un demonio debe de haberle hecho aquello a Elena.

– Muchas gracias, señora -dije en español, y luego a Raquel-: Pregúntele si podría mirar los objetos personales de Elena.

Raquel se lo preguntó y la anciana deliberó. Me miró detenidamente, de la cabeza a los pies, suspiró y se puso en pie.

– Venga -me dijo y me llevó a la parte de atrás de la casa.

Los restos dejados por la marea de los ventiocho años de vida de Elena Gutiérrez habían sido metidos en cajas de cartón y éstas guardadas en un rincón de lo que, en esta pequeña casa, pasaba por ser el porche de la entrada de servicio. Había una puerta con ventana por la que se veía el patio trasero. Allí crecía un albaricoque, retorcido y deforme, extendiendo sus ramas cargadas de frutos sobre el podrido techo de un garaje para un solo coche.

Al otro lado del pasillo había una pequeña alcoba con dos camas, el cuarto de los dos hermanos. Desde donde yo estaba arrodillado podía ver una cómoda de madera y estantes construidos con tablones sin pulir, que descansaban sobre ladrillos. Los estantes contenían un estéreo barato y una modesta colección de discos. Un cartón de Marlboro y un montón de libros de bolsillo compartían la parte de encima de la cómoda. Una de las camas estaba perfectamente hecha, la otra era un lío de sábanas arrugadas. Entre ellas había una solitaria mesilla de noche en pino que contenía una lámpara con pie de plástico, un cenicero y un ejemplar de una revista de desnudos española.

Sintiéndome como un mirón, me acerqué a la primera de las cajas y comencé mi prospección de arqueología moderna.

Cuando hube revisado tres cajas caí en un estado de ánimo totalmente negro. Mis manos estaban sucias de polvo, mi mente llena de imágenes de la chica muerta. No había nada de sustancial, sólo los pedazos rotos que salen a la superficie en cualquier excavación prolongada. Ropa que olía a la chica, semivacías botellas de cosméticos… recuerdos de que alguien había tratado una vez de hacer que sus cejas pareciesen espesas y relucientes, de dar a su cabello aquel lustre Clairol, cubrir sus arruguillas y dar brillo a sus labios, y oler bien en los lugares precisos. Trozos de papel con notas para acordarse de recoger huevos en Vons y vino en Vendóme y otros criptogramas, recibos de la tintorería, comprobantes de la tarjeta de crédito, libros… muchos libros, la mayoría biografías y poesías, recuerdos: un ukelele en miniatura de Hawaii, un cenicero de un hotel en Palm Springs, botas de esquiar, un disco casi lleno de pildoras de control de la natalidad, viejos planes de estudios, memorándums del Director, dibujos de los niños… ninguno de un chaval llamado Nemeth.

Era algo demasiado parecido al robar tumbas para mi gusto y comprendí, más que nunca, por qué Milo bebía en exceso.

Quedaban dos cajas. Me dirigí a ellas, trabajando con más rapidez, y casi había acabado cuando el rugido de una motocicleta llenó el aire y luego murió. Se abrió la puerta trasera y sonaron pisadas.

– ¿Qué coño…?

Tenía diecinueve o veinte, era bajo y muy musculoso, llevaba una camiseta de tirantes marrón, muy sudada, que dejaba ver todos sus músculos, pantalones caqui empapados en grasa y unas botas de trabajo recubiertas de suciedad. Su cabello era espeso y estaba despeinado, colgaba hasta sus hombros y estaba mantenido en su sitio por una cinta de cuero anudada. Tenía unas facciones finas, casi delicadas, que había tratado de ocultar dejándose bigote y barba. El bigote era negro y exuberante, caía sobre sus labios y brillaba como la piel de la marta cibelina. La barba era un breve triángulo de pelusa en su barbilla. Se le veía como al chico que hace de Pancho Villa en la obra de teatro del colegio.

De su cinturón colgaba una anilla llena de llaves y éstas tintinearon cuando vino hacia mí. Sus manos estaban apretadas en sucios puños y olía a aceite de motor.

Le enseñé mi identificación del Departamento de Policía de Los Ángeles. Maldijo, pero se detuvo.

– Escucha, tío. Los tuyos ya estuvieron aquí la semana pasada. Les dijimos que no teníamos nada… – paró y contempló el contenido de la caja de cartón, extendido por el suelo-. Mierda, si ya mirasteis esto la otra vez. Acababa de empaquetarlo, tío, preparándolo para los de la beneficencia…